Rusia se queda sola en el Consejo de Seguridad

Todos los miembros condenaron los referendos, aunque cuatro se abstuvieron de votar a favor de la resolución que Rusia vetó

MERCEDES GALLEGO

«Elegir la neutralidad frente a una situación de injusticia es elegir el lado del opresor», lapidó el arzobispo surafricano Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz. Por eso los cuatro países que se abstuvieron ayer de apoyar la resolución de condena a los falsos referendos celebrados en cuatro regiones de Ucrania para justificar su anexión a Rusia se apresuraron después a justificar su abstención con el argumento de que «no contribuye a facilitar un alto al fuego negociado», dijeron China, Brasil, India y Gabón en sus intervenciones.

Daba igual, la resolución no hubiera salido adelante ni con el voto unánime de todos los miembros que no fueran Rusia, 14, porque el país que dirige Vladimir Putin tiene un asiento permanente y derecho a veto en el máximo órgano de la ONU. Su representante, Vasily Alekseevich, acusó a EEUU y Albania, autores de la resolución, de haberle tendido una trampa forzándole a usar su derecho a veto «para poder decir después que abusamos de él». La realidad es que la invasión de Ucrania ha puesto al descubierto las debilidades de la organización multilateral, cuyo pecado capital son esos cinco asientos permanentes que ocupan Rusia, EEUU, China, Francia y el Reino Unido.

Si su existencia siempre ha supuesto el inmovilismo de la organización frente a los grandes problemas del mundo, la presencia de Rusia, que ocupa el asiento de la antigua Unión Soviética, es todavía más polémica. El embajador de Ucrania recordó que la ONU se saltó en 1991 todos los protocolos de adhesión a la organización a petición del entonces presidente ruso Boris Yeltsin, que lo calificó «como un simple cambio de nombre».

No lo era, porque países como Ucrania, que se habían desprendido del brazo soviético, se vieron forzados a seguir los protocolos reglamentarios sin la menor posibilidad de adquirir los privilegios que otorga el asiento permanente del Consejo de Seguridad.

Si aquello era «solo un cambio de nombre», dijo el propio Boris Yeltsin, lo mismo quiere Rusia que se diga ahora de la vuelta de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jerson a su órbita. Se trata, recordó la embajadora británica, Barbara Woodward, de la mayor anexión de territorio que se haya llevado a cabo desde la II Guerra Mundial (90.000 kilómetros cuadrados, o el 15% de Ucrania). Algo que, tradicionalmente, «se ha asociado a los capítulos más terroríficos de la historia», evocó.

Para EEUU supone un ataque directo a los principios fundamentales de la Carta Magna de la ONU, y por tanto a la institución misma, ya que según esta «cualquier anexión de un estado o territorio por otro, como resultado de la amenaza o el uso de la fuerza es una violación de los principios de la Carta Magna y la ley internacional», parafraseó la embajadora estadounidense Linda-Thomas Greenfield. A la acusación brasileña de que la resolución de condena había sido «apresurada», sin dar tiempo a los países miembros a debatirla y negociar su lenguaje, la representante estadounidense se limitó a decir que «lo que ha sido apresurado es la anexión ilegal del territorio ucraniano». Nadie, ni siquiera China o India, defendieron a Rusia en ese aspecto.

Washington pretende llevar ahora su resolución al pleno de la Asamblea General de la ONU, un órgano mucho más democrático en el que votan sus 193 países, que carece de carácter vinculante, pero que al manifestarse dejará aún más patente el aislamiento de Rusia en el mundo.

Ucrania, que llegaba a la reunión con la noticia de 30 muertos y 88 heridos en otro ataque a un puesto de control en Zaporiyia, fue aún más lejos y pidió que se extirpe «el cáncer» que supone Rusia en el Consejo de Seguridad, antes de que «se convierta en metástasis y aniquile a toda la organización».