Trump pronuncio un discurso durante la convención de America First Agenda en Washington / efe

Trump se presenta en Washington como el salvador de la «carnicería» demócrata

El expresidente tiene la vista puesta en volver a la Casa Blanca, pero el departamento de Justicia investiga su papel en el intento de cambiar los resultados electorales

MERCEDES GALLEGO Corresponsal en Nueva York

Vuelve el mundo distópico y apocalíptico de Donald Trump. Como el día en que tomó juramento, sobre el mismo Capitolio que al final desacralizarían sus huestes, ayer aterrizó en Washington por primera vez desde que dejase la Casa Blanca, con la promesa de detener la «carnicería americana» que traduce en términos todavía más tajantes que en 2017: «Nuestro país se está yendo al infierno rápidamente», advirtió ayer.

Para ganar las elecciones por segunda vez no basta con explotar la inflación galopante, el astronómico precio de la gasolina o la inmovilidad del Congreso. En su primer discurso público en la capital desde aquel 6 de enero en el que prendió la llama de la insurrección, Trump describió las ciudades gobernadas por los demócratas como «zonas de guerra» gobernadas por «drogadictos y vagabundos», con calles «plagadas de jeringuillas y empapadas con la sangre de víctimas inocentes» en las que miembros de sectas «satánicas» se aprovechan de los niños que salen de la cárcel bajo fianza.

Su receta, pena de muerte para los traficantes de drogas, a la filipina, más dinero para la policía, severas sentencias de cárcel para los inmigrantes indocumentados, expulsar a los vagabundos al extrarradio de las ciudades y recuperar algunas de las tácticas policiales más controvertidas, como la detención y el cacheo sin necesidad de demostrar crimen alguno.

«Y ahora algunos dirán que eso es horrible. No, lo que es horrible es lo que está pasando ahora», dijo a la leal audiencia de seguidores y antiguos colaboradores que acudió a la convención sobre la Agenda de América Primero, el think tank que ha convertido en doctrina política su nacionalismo.

A esas horas el diario Washington Post publicaba en exclusiva que el Departamento de Justicia que investiga la insurrección del 6 de enero está centrando las preguntas a los testigos que declaran ante un gran jurado en el intento de Trump de sustituir a los legítimos electores de los estados más críticos recién salidos de las urnas por otros leales a su causa, en lo que hubiera sido un golpe de estado. Nunca en la historia de EEUU se ha acusado a un expresidente de crimen alguno, pero el fiscal Merrick Garland ha prometido seguir la pista del delito sin miedo a lo que se encuentre. «Lo que quieren es impedirme que vuelva a trabajar por todos ustedes», replicó Trump desde el púlpito.

La insurrección

Le rodeaban los mismos acontecimientos con los que se marchó. La comisión que investiga la insurrección del 6 de enero terminó la temporada de audiencias públicas el jueves con las revelaciones más devastadoras: queda demostrado, fuera de toda duda, que durante más de tres horas Trump no movió un dedo para frenar la violencia que tuvo en jaque al Capitolio. Ese día murieron cuatro de sus seguidores. En los siguientes cinco agentes fallecieron por las heridas físicas o emocionales de aquellos acontecimientos (cuatro se suicidaron) y 140 agentes resultaron heridos. Mientras, el comandante en jefe, veía la televisión.

«Donald Trump carecía del valor para actuar», le criticó públicamente el lunes el presidente Joe Biden, que raramente habla de su sucesor. «Los valientes hombres de azul a lo largo y ancho del país no deberían olvidar eso nunca. No se puede ser pro insurrección y pro policía a la vez», lapidó en un discurso a la Conferencia Ejecutiva de la Organización Nacional de Agentes del Orden Afroamericanos.

Las encuestas dicen que las explosivas audiencias públicas del 6 de enero han cambiado pocas mentes –solo el 7% de los republicanos creen ahora que fue más serio de lo que pensaban, según la encargada por USA Today a la Universidad de Suffolk-, pero el viernes los periódicos del grupo de Rupert Murdoch dieron las primeras muestras de distanciarse del ex presidente. «El silencio de Trump es lo más incriminatorio», titulaba en su editorial el New York Post, favorito de sus seguidores. El rotativo sigue sin estar convencido de que Trump incitase la violencia que aconteció ese día, pero cree que «en los días recientes» ha quedado «claro como el cristal» que «Trump no movió un dedo para parar la violencia que siguió», a pesar de que era el único que podía hacerlo. «Fue una provocación silenciosa», concluyó. «Su único foco ese día era encontrar cualquier medio para impedir la pacífica transición de poder, sin importarle las malditas consecuencias. No hay otra explicación».

Quien esperase una disculpa ayer del ex mandatario, es que no lo conoce. Trump redobló sus acusaciones de fraude, porque sigue centrado en recuperar el poder. Según todas las fuentes de su circulo más cercano, ya ha decidido volver a presentarse a las elecciones en 2024. La única duda es cuándo lo anunciará. Los barones del Partido Republicano quieren que espere hasta después de las elecciones legislativa de medio mandato, que se celebrarán en noviembre, como manda la tradición, pero Trump arde en deseos de recuperar la atención de las cámaras. El magnate cree que cuanto antes lo anuncie mayor será su ventaja. Y si los tribunales van a por él en plena campaña, siempre podrá alegar que es una maniobra del «deep state» para impedirlo. Por eso promete empezar «drenando el pantano» para que nadie se interponga en su camino.

Mike Pence

El aparato del partido, sin embargo, teme que su vuelta a la escena cambie el curso de las elecciones con las que esperan recuperar el control del Congreso. El terreno es propicio. Con la inflación batiendo récords de los últimos 40 años, el precio de la gasolina por las nubes y la popularidad del presidente Biden entre las más bajas de la historia, lo último que quieren es cambiar el foco de la conversación.

Para eso, «para mirar hacia delante en vez de hacia atrás», llegó ayer a Washington en otro avión muy distinto el vicepresidente Mike Pence, a quien Trump culpa de haber tenido que abandonar el poder por no haber impedido la certificación de los resultados electorales el 6 de enero de 2021. «¡Colgad a Mike Pence!», gritaba la turba mientras le buscaba por los pasillos del Capitolio. Ese día los miembros de su comitiva vieron la muerte tan cerca que incluso se despidieron de sus familiares y amigos por radio.

Había casi tanta expectación por lo que Pence tenía que decir como por lo que diría Trump, pero si este último sigue aferrado a la teoría del fraude electoral que le costó la presidencia, Pence solo quiere volver a la Casa Blanca en pleno poder. Ambos se han curzado por todo el país, desde Iowa hasta Arizona, haciendo campaña extraoficialmente mucho antes de anunciar sus candidaturas. Pence evoca el verdadero conservadurismo y llama a la unión del partido como fórmula necesaria para ganar las elecciones y se atribuye el mérito de haber nombrado los más de 300 jueces federales que, junto a los del Supremo, han hecho posible el fin de la sentencia que protegía el aborto.

«No creo que el presidente y yo discrepemos en la agenda, solo en el foco que le ponemos», dijo ayer conciliador. «Las elecciones tratan del futuro, yo no me quedaré atrapado en el pasado», prometió. Eso se lo deja a Trump y a la elección de los votantes.