Imagen de algunas de las víctimas tras el ataque al colegio de primaria Robb de Uvalde (Texas). / Vídeo: Atlas

«Todos eran niños»

Las balas frustraron las vidas del pequeño que amaba bailar, la «muñeca más feliz del mundo» y la alumna que en un acto de heroísmo trató de alertar a la Policía

M. PÉREZ

«Mi amorcito ahora vuela alto con los ángeles allá arriba». Alfred Garza colgó esta frase en Internet. Agradecía al resto de vecinos de Uvalde su ayuda para tratar de localizar a su hija Amerie Joe tras enterarse del tiroteo ocurrido en su colegio. Durante largo tiempo, el martes no supo nada de ella. «No pido mucho, pero por favor ya han pasado siete horas y no tengo noticias de mi amor», imploró en Facebook. Poco después, escribió: «Gracias a todos por sus oraciones y por ayudarme a encontrar a mi bebé». Amerie Jo, la niña de sonrisa enorme, ya estaba a salvo con los ángeles. A sus diez años murió baleada tras intentar llamar por teléfono al servicio de emergencias mientras se refugiaba infructuosamente de la mirada del diablo. «Cuida a tu hermanito por mí», rogó su padre.

La tristísima historia de la familia Garza recorrió este miércoles Estados Unidos de costa a costa. Y con ella, las de los restantes habitantes de esta pequeña localidad de Texas a quienes uno de sus convecinos, el joven Salvador Ramos, acribilló el alma apenas un día antes de que el colegio iniciara las vacaciones escolares. «Nosotros únicamente llevamos a nuestros hijos a la escuela», repetía angustiada una madre, cuyo vástago regresará ahora a casa en un féretro. «El trauma y el dolor son enormes, inimaginables, y la mayoría de los padres quedará afectado de por vida», explicaba este miércoles en la televisión un experto que trabajó durante años con los allegados de las víctimas de la tragedia de Parkland, en Florida.

En esa ocasión, un individuo solo un año mayor que Ramos asesino a 17 personas en un instituto. Un informe del 'Washington Post' señalaba este miércoles que 330 centros educativos, entre escuelas y campus universitarios, han sido escenario de enfrentamientos armados desde la masacre de Columbine en 1999, cuando dos estudiantes mataron a tiros a doce compañeros y un profesor. En estos veintitrés años, 185 niños, profesores y personal docente han muerto, 369 han resultado heridos y varios miles padecen secuelas psicológicas debido a estos crímenes. Al menos, 311.000 estudiantes han estado expuestos a la violencia armada durante el horario lectivo, según la misma investigación periodística.

La tía del adjunto al sheriff

«Todos eran niños», musitaba este miércoles un oficial de Policía en el escenario de la última masacre. Cientos de agentes, forenses y personal especializado trabajaron durante toda la jornada recogiendo evidencias de la masacre. Las risas infantiles no resonaron en las aulas ni en los pasillos. Si acaso, algunos sollozos y el ruido de cristales rotos rebotando contra paredes y suelos aún con manchas de sangre. La sangre de un niño cuya máxima ilusión era ser bailarín de mayor, de Ellie «la muñeca más feliz del mundo», según recordaba su padre en Facebook. Andaba contento estos días hasta que un perturbado le segó el amor bajo sus pies. «¡Iba a hacer de DJ para ella en su fiesta!», exclamaba.

El adjunto al sheriff fue una de las primeras personas en asomarse al infierno después de que Ramos cayera abatido. Allí se enteró de que su tía Eva Mireles era una de las dos profesoras fallecidas. Ejercía la docencia desde hace 17 años, amaba «correr y caminar», estaba casada y tenía una hija graduada. La encontraron abrazada a sus alumnos.