Un agente de policía de Estados Unidos. / EP

Bebés capaces de disparar un arma en Estados Unidos

La muerte de un vecino de Florida por un disparo accidental de su hijo de dos años sacude el país y pone de relieve una vez más el peligroso acceso de los menores a los arsenales domésticos de sus padres

MIGUEL PÉREZ

La muerte de un vecino de Florida a causa de un disparo efectuado por su hijo de dos años ha convulsionado de nuevo a Estados Unidos, un país aún conmocionado por la reciente matanza de la escuela elemental de Texas y que vive bajo el peso de un constante serial de asesinatos con armas de fuego. La Policía considera la tragedia como un accidente tras descartar que el hombre se hubiera suicidado y que el pequeño actuase de modo consciente. Pero sí ha detenido a la madre por homicidio involuntario debido al descuido de los progenitores con el arma. La pistola estaba cargada, lista para disparar y tirada en el suelo dentro de una mochila, una muestra más de la peligrosa «naturalidad» con la que miles de ciudadanos tratan las armas de fuego en Estados Unidos, según los críticos sobre su comercio indiscriminado. Una pesadilla dentro del infierno.

Los hechos ocurrieron el pasado día 26 en una vivienda de Orlando, en el centro de Florida, aunque las autoridades no han ofrecido la información hasta esta mañana, cuando se ha cerrado la investigación. La Policía recibió una llamada de emergencia alertando de un tiroteo. Al llegar al domicilio, encontraron a una mujer, Marie Ayala, al lado del cuerpo de su marido agonizante, Reggie Mabry, de 26 años, tendido en el suelo. Una ambulancia trasladó a la víctima al hospital donde falleció poco después.

La primera hipótesis apuntó al suicidio. Principalmente porque cualquier otra parecía increíble en un hogar con dos niños de cinco y dos años, y una niña de cinco meses, y una madre víctima de un ataque de auténtica ansiedad que anulaba su posible autoría. Pero la teoría se disipó en cuanto los agentes entrevistaron a la mujer y los hijos. Según el sheriff del condado de Orange, John Mina, el mayor de ellos explicó que su hermano había disparado a su padre mientras éste jugaba a un videojuego. Los policías llegaron a la conclusión de que el niño actuó evidentemente sin ser consciente de lo que hacía. Simplemente, encontró la pistola en una mochila que el propio Reggie había dejado tirada en el suelo de la habitación, la cogió y apretó el gatillo.

Eso sí, quedan cuestiones para el asombro. Cómo un niño de dos años es capaz de entender el funcionamiento de un arma y utilizarla con rapidez y sin atisbo de duda (toda la familia estaba en la misma habitación y nadie tuvo tiempo de reaccionar) sigue siendo un misterio de la investigación. O se trató de una fatal casualidad, o el pequeño replicó los movimientos que pudo haber visto en la televisión y en los videojuegos, o bien resulta una desgraciada consecuencia –una más– de una cultura de país que prima el conocimiento incluso despreocupado de las armas de fuego.

El pequeño autor del disparo procede de una familia desestructurada. Sus padres habían pasado por correcionales debido a delitos de consumo de drogas y negligencia infantil. Cómo podían disponer de un arma siendo convictos es otra incógnita. Posiblemente la más leve en un país con un poderoso mercado negro y bastante laxitud en los controles, según demuestra la geografía de los tiradores activos de las últimas décadas. La madre regresa ahora a la cárcel. Aparte de una acusación de tenencia ilegal de armas, Marie Ayala se enfrenta a un cargo de homicidio involuntario porque la pistola «no estaba bien guardada» y se encontraba cargada y preparada para disparar. «De hecho, era fácilmente accesible incluso para un niño de dos años», señala el sheriff. Mina ha recordado que «los propietarios que no aseguran bien sus armas están a una fracción de segundo de que ocurra una de estas tragedias en sus hogares».

Más allá de su carácter accidental, el homicidio ha provocado una nueva conmoción por la inédita edad de su autor, apenas un bebé. Sin embargo, no es el único caso. En 2011, un niño de dos años se mató en su casa de Washington al descerrajarse un tiro en la cara con un revólver de su padre. En 2016, Bryson Mees-Hernández, de cuatro años, también murió al descubrir una pistola bajo la almohada de la cama de su abuelo y dispararse accidentalmente con ella. Ese mismo año, Cameron, de 6 años, quitó la vida de su hermano de cuatro en un motel de Indiana con un arma de fuego. Y la lista sigue. Lo curioso de todos esos casos es que no despertaron ninguna reacción pública ni política.

La muerte de Reggie Mabry, sin embargo, se produce en un contexto de profunda preocupación sobre los tiroteos en Estados Unidos tras una serie de episodios sucesivos que han dejado más de ochenta víctimas mortales –entre ellas los 19 niños de la escuela Robb de Uvalde (Texas)– en apenas un mes. Solo este último fin de semana se han registrado diez muertes en Filadelfia, Chattanooga (Tennessee), Michigan y Carolina del Sur. La inquietud social y la avalancha de crímenes han generado también entre los defensores y detractores de la actual venta de armas a civiles una fractura de envergadura desconocida hasta ahora pese al intenso debate legislativo existente desde la época de Obama o las continuas alertas de organismos como el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, el Centro para la Prevención de Violencia con Armas de Fuego o los diferentes institutos que investigan las muertes con pistolas, escopetas y fusiles de asalto.

Todo ello ha vuelto a poner de actualidad las dimensiones de un problema que ocasiona anualmente una sangría comparable a una guerra civil y que cada vez pone en mayor medida a los menores en el punto de mira. Y la edad importa. Los investigadores exigen estudios más fidedignos sobre el alcance de las muertes en la población menor de 18 años. El lobby de las armas es contrario a cualquier iniciativa de este tipo, consciente de que el dolor de los niños y la especial sensibilidad social que causan las muertes donde los pequeños se ven involucrados pueden ser uno de sus principales puntos flacos; el asidero al que los políticos demócratas y las organizaciones de derechos civiles pueden agarrarse para promover un mayor control de los arsenales y su cuidado. «Los hijos de Reggie y Marie no sólo han perdido efectivamente a ambos padres, ya que ella será encarcelada, sino que el niño que accidentalmente disparó tendrá que crecer sabiendo que sus acciones causaron la muerte de su padre», ha lamentado el Departamento de Policía de Florida sobre el crimen de Orlando.

La disparidad de las estadísticas habla bien a las claras de la falta de profundidad en el estudio de esta pandemia. Un claro ejemplo radica en que, según la Administración de EE UU, en 2014 murieron 74 niños por disparos. Sin embargo, los diferentes institutos sobre la violencia armada detallaron un mínimo de 113 casos claramente vinculados al fácil acceso de los menores a las armas de sus padres, tíos o abuelos. Entre 2016 y los primeros meses de 2017, se contabilizaron 326 fallecimientos. El Gobierno ha mejorado la precisión de sus estudios en este último lustro y medio.

Aparte de aumentar los controles y de frenar la venta de armas consideradas de guerra, uno de los debates abiertos en el Senado trata, precisamente, de averiguar qué sucede en las familias estadounidenses que guardan arsenales en sus casas. Satisface al lobby armamentístico, pero inquieta a los expertos y psicólogos el descenso de la edad en la que los padres introducen a sus hijos en la cultura del gatillo. Hace unos días pudo verse en la convención de la Asociación Nacional del Rifle en Houston, la misma semana en que se produjo la masacre de Uvalde, a miles de niños y adolescentes visitando con sus familias expositores plagados de munición, revólveres y fusiles. No pueden consumir alcohol, pero sí calibrar el peso de una escopeta en sus manos.

Los datos invitan al escalofrío y explican por qué un pequeño de dos años puede convertirse en un pistolero accidental: más de 22 millones de menores de 18 años viven en hogares donde hay, al menos, un arma de fuego. La Academia de Pediatría aconseja que estén bajo llave, descargadas y con la munición guardada en otro lugar de la casa. Sin embargo, solo cuatro de cada diez familias cumplen estos preceptos de seguridad. El resto, en su mayoría, admite que posee una o más armas repartidas por el domicilio con la munición puesta y listas para ser usadas. Y un porcentaje apreciable reconoce que las deja en lugares muy accesibles, en cajones, armarios o mesillas, porque les proporciona una sensación mayor de seguridad y tranquilidad. Aunque casi un bebé pueda tirar del gatillo.