Donald Trump. / cHANDAN KHANNA / AFP

El Ejército creía que Trump estaba loco y quería atacar a China

El jefe del Estado Mayor reunió a la cúpula militar para asegurarse de que rechazarían una orden bélica y llamó a Pekín para garantizar la paz

CAROLINE CONEJERO Nueva York

Dos días después del ataque del 6 de enero al Capitolio, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Mark Milley, tomó personalmente medidas secretas extraordinarias para evitar que Donald Trump pudiera ordenar un ataque o lanzar misiles nucleares. Convencido de la inestabilidad mental del expresidente y extremadamente preocupado por los acontecimientos, el principal asesor militar estableció una autoridad en la sombra y hasta llegó a alertar a China.

Cuando parecía que nada podría sorprender ya sobre el mandato de Trump, un nuevo libro de investigación política del prestigioso periodista Bob Woodward y el veterano reportero del 'Washington Post' Robert Costa expone revelaciones insólitas sobre la convulsa trama política de sus últimos días en el cargo.

'Peligro' relata cómo Milley convocó una reunión secreta en su oficina del Pentágono el 8 de enero para revisar el protocolo de actuación militar, incluido el lanzamiento de armas nucleares. En la sala de guerra ordenó a altos oficiales militares del Centro de Comando Militar Nacional que no siguieran las órdenes de nadie a menos que él estuviera involucrado. «Nunca se sabe cuál podría ser el detonante del presidente», dijo Milley a la cúpula militar, y después de ello, mirando a cada oficial a los ojos, les pidió uno a uno confirmación verbal de su aceptación de la orden, que entendió como un juramento, según escriben los autores.

Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos. / SAUL LOEB / AFP

En la Casa Blanca, un cuasimaníaco presidente Trump en serio declive mental deambulaba por el Ala Oeste gritando a los funcionarios y construyendo su propia realidad alternativa sobre interminables conspiraciones electorales, añaden. Por ello, el general Mark Milley no escatimó precauciones ante las maniobras del presidente para aferrarse al poder tras perder las elecciones. El jefe militar, que ya había realizado dos llamadas telefónicas por un canal secreto de alta seguridad con el jefe del Estado Mayor del Ejército chino, hizo una nueva urgente a su homólogo el general Li Zuocheng, en máxima alerta por el caos estadounidense.

Convulsión

A las siete de la mañana de ese mismo día trataba de reasegurar a Pekín la estabilidad del Gobierno estadounidense a pesar de la percepción de convulsión que ofrecían las imágenes del asalto al Capitolio. La comunicación dejó a ambos más preocupados que aliviados. Durante una hora y media, con mediación de traductores, Milley trató de calmar la aprehensión de Li explicando que la democracia era a veces un poco convulsa, pero que todo estaba bajo control, a sabiendas de que la realidad era muy diferente.

La insistencia de Milley dejó al general chino conmocionado ante un potencial escenario de desastre militar entre las dos naciones. Al final de la llamada, Milley estaba convencido de la extrema gravedad de la situación. El ataque del 6 de enero había sido planeado para desestabilizar al Gobierno e impedir la certificación constitucional de la victoria electoral de Joe Biden y no se podía descartar la posibilidad de una trama de mayor calibre de asalto al poder.

Milley asimismo tuvo que confirmar a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que las armas nucleares estaban seguras. Convencido del imperativo de actuar, el general movilizó a los cabezas de las agencias nacionales de seguridad del Estado para establecer una autoridad de gobierno en la sombra bajo su mando. Rápidamente alertó a sus jefes militares, al director de la Agencia de Seguridad Nacional, Paul Nakasone, y a la entonces directora de la CIA, Gina Haspel, y les pidió que mantuvieran agresivamente la vigilancia 360 grados «todo el tiempo».

Con estas acciones el jefe del Estado Mayor Conjunto excedía los límites de su autoridad y asumía poderes extraordinarios al margen de la Constitución sin conocimiento del Gobierno, del público y del resto del mundo, con la urgente misión de asegurar una transferencia de poder pacífica. Y, eventualmente, de evitar una ruptura histórica con el orden internacional.