Una foto de indios sioux tomada en 1877. / Wikimedia

«El genocidio de los indios no funcionó porque aún estamos aquí»

De modo parecido a las escuelas del terror de Canadá, miles de niños nativos murieron en los centros creados para «civilizarlos» en Estados Unidos

CAROLINE CONEJERO Nueva York

Los indígenas norteamericanos han sobrevivido a siglos de guerra y masacres, reubicaciones territoriales fuera de sus tierras originales, tratados unilaterales y políticas gubernamentales discriminatorias, además de expropiaciones y hasta la asimilación forzosa en el siglo XX. Y de todo ese tortuoso pasado continúan aflorando dantescos episodios cada cierto tiempo. El descubrimiento este pasado mayo de fosas comunes de cientos de niños nativos en escuelas de internamiento en Canadá movió a la secretaria de Estado Deb Haaland a iniciar también una investigación en Estados Unidos para entender el alcance y la gravedad del genocidio indígena.

Se estima que 150.000 menores fueron separados de sus familias y comunidades por la fuerza para ser «civilizados» en escuelas de integración vinculadas a programas del Gobierno estadounidense en virtud de la Ley de Civilización India y del Bienestar del Niño Indio. Abuso sexual, agresiones físicas, privación de alimento y abrigo, enfermedad, trabajos forzados y, en ocasiones, su utilización como siervos para familias blancas formaban parte de estos planes a finales del siglo XIX

Era cuando las fuerzas norteamericanas habían masacrado y dejado en sus niveles más bajos a las comunidades tribales de 48 Estados. Aquella normativa no tiene nada que ver con la actual Ley de Bienestar del Niño Indio, aprobada en 1978 y que promueve que las familias nativas y sus descendientes continúen unidas.

Una supervivencia difícil

Canadá adoptó pronto aquellos programas de Estados Unidos y de 1870 a 1960 entre 10.000 y 25.000 menores, incluidos niños de corta edad, perecieron en las instituciones del terror. En Estados Unidos, las estimaciones más crudas apuntan a que pudo haber 40.000 infantes fallecidos en estas siniestras escuelas.

El esfuerzo por llevar a los niños nativos a los internados fue descomunal y en muchos casos atroz. En 1900 había 20.000 pequeños ingresados en ellos. Hacia 1925 sobrepasaban ya los 60.000 menores, que por entonces representaban el 83% de toda la progenie indígena. Los indios americanos marchaban rápidamente hacia la extinción cultural y existencial. Las familias libraron una resistencia generalizada contra el secuestro de sus hijos por lo que algunos llegaron incluso a ser encarcelados. El propio Gobierno federal expresaba su sorpresa, en varios documentos gubernamentales de la década de 1930, de que los nativos americanos hubieran sobrevivido.

«En EE UU los blancos no están acostumbrados a escuchar a los indígenas, no piensan en nosotros, actúan como si no estuviéramos aquí y con frecuencia creen que pueden hablar por nosotros. Lo que estamos tratando de hacer es enseñarles a escuchar nuestras voces, algo que ha sido una verdadera lucha», exclama la activista a favor de los derechos de las comunidades tribales de Nueva Inglaterra Mahtowin Munro. Muchos niños nativos escaparon de las instituciones y lograron regresar a sus comunidades. Como dijo recientemente Deb Haaland, «claramente, la parte del genocidio cultural no funcionó, porque todavía estamos aquí».

Y cada vez con mayor fuerza. Por primera vez, Boston será mañana otra de las capitales que se sume a la corriente revisionista iniciada por grandes ciudades como Los Angeles y Washington, donde el Día de Colón ha perdido fuelle en beneficio del dedicado a los indígenas. En otras, el Columbus Day mantiene su reconocimiento a los inmigrante, sobre todo italianos, que ayudaron al desarrollo americano.