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Un voluntario ayuda a colocar las decenas de flores, animales de peluche y otros objetos depositados en el memorial ciudadano por las victimas de la masacre de Uvalde (Texas). t. maury / EFE

Estados Unidos revive el salvaje Oeste

La masacre de Uvalde sacude un país donde los civiles manejan 393 millones de armas y la violencia excede ya con mucho el punto de saturación de la sociedad

caroline conejero

Nueva York

Sábado, 28 de mayo 2022

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La idea de diecinueve escolares y dos maestras atrapados indefensos en un aula de la escuela primaria de Uvalde (Texas) junto a su ejecutor, un joven de su propia comunidad algunos años mayor, con tiempo para cambiar los cartuchos de munición, impasible a los gritos de terror a su alrededor, resulta incomprensible. A los detalles escalofriantes de la tragedia le siguen el habitual desfile de vigilias, minutos de silencio y funerales; padres de víctimas de pasados tiroteos escolares traumatizados, periodistas y figuras públicas conmocionados; las declaraciones del presidente, el arduo debate sobre las armas, y el familiar intercambio público de acusaciones y excusas políticas.

La similitud de los tiroteos violentos en los centros escolares revela siempre un mismo factor recurrente: cómo llegan dos armas de asalto a las manos de un chico con los 18 recién cumplidos en un país donde comprar una simple cerveza solo es posible a partir de los 21 años. La respuesta a esta pregunta -el fácil acceso a las armas- no es un enigma, pero la imposibilidad de cambiar las leyes va más allá del constreñido espacio político. El apego a las armas es parte del cordón umbilical cultural e histórico que conecta la identidad nacional con su origen como Estado.

La sociedad civil, agotada emocionalmente, permanece rehén del poder político de los intereses de los fabricantes de armas. Un hartazgo social perfectamente plasmado en la absoluta franqueza del entrenador de los Golden State Warriors de la NBA, Steve Kerr, cuyo equipo jugaba en Texas el día del tiroteo, a unos kilómetros de la tragedia de Uvalde. Durante la rueda de prensa, el técnico se negó a hablar del partido y gritó exasperado con un puñetazo en la mesa: «¿Cuando vamos a hacer algo? ¡Es patético!».

En realidad, cincuenta miembros republicanos del Senado impiden implacablemente al país salir del terror doméstico que, más o menos cada semana, las armas en manos de individuos inestables infligen sobre la población. Desde hace dos años bloquean una legislación básica aprobada por la Cámara baja sobre la revisión de antecedentes penales para la compra de armas. Los responsables del bloqueo, en línea con el todopoderoso lobby de las armas, la Asociación Nacional del Rifle (NRA), ofrecen con cada asesinato múltiple pésames y plegarias, pero la voluntad del 90% de los estadounidenses pasa por el establecimiento de controles como un requisito básico para la adquisición de armas.

En respuesta a matanzas como la de Uvalde se aducen justificaciones como la presunta inestabilidad mental de los violentos o el derecho a la defensa personal como argumento para que cualquier postadolescente pueda portar una pistola. Y se ofrecen soluciones que solo añaden más armas, no menos: armar a los profesores, armar a todo el mundo, como quedó patente en la noche del viernes durante la apertura de la convención de la NRA en Houston con Donald Trump como principal ponente.

Crecimiento imparable

212 tiroteos masivos se han producido en EE UU en lo que va de año. Los peores han ocurrido en Buffalo, con 18 fallecidos, y en Uvalde, con 19 niños y dos profesoras asesinados

Estados Unidos se erige como el país con la mayor cantidad de armas per cápita del mundo. Las cifras hablan por sí mismas. Existen más de 400 millones de pistolas, rifles o fusiles de guerra en manos de la Policía, el Ejército y los civiles. Estos manejan la mayoría: 393 millones. O sea, hay 120 armas de fuego por cada 100 ciudadanos, aunque es un promedio.

Porque la realidad indica que la mitad de todas ellas (unos 200 millones) las tiene el 3% de la población, quienes cuentan con un verdadero arsenal en su propiedad. El perfil tipo de ciudadano armado estadounidense es el que tiene cinco pistolas o escopetas en su casa. Apenas el 22% de los propietarios solo dispone de un arma.

La imagen de las víctimas

Con todo este armamento se producen 100.000 muertes al año en el país, incluidos homicidios, suicidios y accidentes. Cuatro días después de la masacre de Uvalde, expertos y tertulianos debatían ayer en los medios de comunicación si empieza a ser conveniente mostrar las imágenes de las víctimas; una exposición que contraviene la intimidad y la sensibilidad, pero que bastantes voces consideran que fomentaría la concienciación contra las armas, del mismo modo que las fotografías de civiles asesinados en Ucrania han servido a la comunidad internacional para tomar conciencia del infierno de la guerra. Los forenses han debido utilizar las técnicas de ADN para identificar a bastantes de los 19 niños asesinados por Salvador Ramos en la escuela de primaria Robb debido a la destrucción producida por las balas en sus cuerpos. Dantesco.

La cuestión es que el culto a las armas, un derecho garantizado constitucionalmente, es una característica cultural y política única de Estados Unidos, profundamente imbuida en la identidad del país, que lo singulariza del resto del mundo. En la América armada, revólveres y rifles están por todas partes. De fácil acceso, se pueden adquirir en establecimientos populares como Walmart, mercadillos de fines de semana, por correo o en plataformas digitales. Y también en un mercado negro muy fructífero.

Muchas son adquiridas de forma legal por personas responsables, y otras caen en manos de postadolescentes, ciudadanos con antecedentes penales y, directamente, psicópatas con intenciones letales. Son éstos los que en numerosas ocasiones entran en un comercio, un bar o un supermercado y disparan indiscriminadamente contra quienes tienen delante.

Ese profundo arraigo está vinculado a los orígenes de la nación, y a una particular noción de su espíritu de libertad; de la libertad individual y colectiva. La historia de las armas en EE UU forma parte intrínseca del tejido social y es muy anterior a la creación del Estado. Los pobladores de los primeros asentamientos estaban obligados por ley a poseer armas para asegurar la defensa colectiva y personal de las colonias.

En manos de civiles

El armero doméstico prototípico consta de cinco armas, aunque un 3% de la población tiene grandes arsenales en casa

En la época de la independencia los propios colonos se convirtieron en la primera defensa armada de las Trece Colonias, tanto contra los indios como contra el Ejército de su propio rey. Y así, el derecho de los civiles a defenderse -ya reflejado en las leyes comunes inglesas- acabó introducido de forma natural en la Constitución de 1787 y se plasmó en la Segunda Enmienda.

Debatido hasta la saciedad y sujeto a la interpretación judicial, el texto constitucional incluye otras disposiciones, pero que son frecuentemente ignoradas y establecen que la defensa del Estado será regulada por la ley. En cambio, los denominados 'originalistas' judiciales y el activismo de ultraderecha defienden una interpretación fundamentalista de la enmienda, divorciada por completo de la realidad contemporánea.

El depredador político

La fascinación por las armas impregna todo el relato de la construcción de la identidad nacional y establece un hilo conductor desde sus orígenes hasta el presente pasando por la mitología del salvaje Oeste del siglo XVIII. Pero la beligerancia que sacude el país es mucho más reciente. La relativamente modesta organización de cazadores y entusiastas de las armas del pasado se ha convertido en los últimos treinta años en uno de los depredadores políticos más poderosos de Estados Unidos.

Dos decisiones históricas de la Corte Suprema en 2008 y 2010 invistieron a la Segunda Enmienda de un poder extraordinario al restringir la autoridad del Estado para limitar la posesión de armas. Las sentencias desataron una serie de reformas legales que fortalecieron al poderoso lobby de la Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés).

Esta organización se ha incrustado implacablemente en el espacio político, financia candidatos, en su mayoría republicanos, y destruye cualquier iniciativa de reforma en los tribunales. Ha radicalizado incluso a su solida base con discursos donde afirma que el individuo y su arma son la el escudo ante agresiones políticas y personales, y reforzado el estereotipo del americano blanco, defensor de la familia, la propiedad, la individualidad y la libertad. En cambio, el activista contrario a las armas es un tipo furioso y resentido. Pura filosofía NRA.

Un niño prueba con un arma electrónica en un juego de puntería virtual durante la convención de la Asociación Nacional del Rifle c. o'hare / reuters

Intersticios legales contra la impunidad de los fabricantes

La Asociación Nacional del Rifle tiene la tendencia en cada una de sus manifestaciones, como la convención anual que este fin de semana celebra en Houston, a presentarse como víctima y como héroe en la defensa a ultranza de un derecho atávico como el de portar armas. Recurre a un discurso dirigido al estómago de sus simpatizantes y que intenta sembrar el miedo en el resto de la sociedad: que, de perderse ese derecho, se pondrían en riesgo todas las demás prerrogativas y libertades individuales y políticas de los ciudadanos.

En este escenario, los fabricantes de armas están protegidos de recursos legales o civiles cuando su mercancía se utilizan en un delito violento. Aún así, modestos avances en la legislación se abren camino como en el caso de la decisión tomada en 2019 por la Corte Suprema del Estado de Connecticut a favor de las familias de las víctimas de la escuela de Sandy Hook, el tiroteo que costó la vida a 20 niños menores de 8 años, y a otras 7 personas, incluida la madre del asesino.

Aprovechando un intersticio legal, los abogados pudieron demandar a la casa Remington alegando que el fabricante dirigía su publicidad a los jóvenes y adolescentes apelando a su masculinidad para atraerlos a las armas automáticas.

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