Duelo. El pastor Daniel Myers ora frente a las cruces funerarias de las víctimas de la masacre en la escuela primaria de Robb. / REUTERS

Masacre en una escuela de EE UU

«¿Qué culpa tenían estos niños?»

Traumatizado por la peor masacre infantil de la década en EE UU, el pueblo texano de Uvalde, sumido en el duelo, intenta recuperar la fe

MERCEDES GALLEGO Enviada especial a Uvalde (Texas)

En el resto del mundo son titulares. En Uvalde (Texas), la peor masacre infantil de la última década quedará grabada en la memoria de sus habitantes con sonidos. Primero fue el chirrido de las yantas, al salir el asesino derrapando en la furgoneta de su abuela, que no sabía conducir. Luego, el estruendo de la ranchera al caer en un dique de cemento. Después, y más inquietante, los disparos retumbando por el tranquilo vecindario durante más de media hora. Todos escondidos en sus casas, turbados por las sirenas de la policía y el temor a encontrarse al asesino en su porche. Y por último, los gritos y los llantos desgarradores de las madres.

Las noticias les han ido poniendo nombres. «A los niños muchas veces no los conocíamos, nos hemos ido enterando después quiénes son los padres, y de esos sí sabemos, los adultos nos conocemos todos, aunque sea de oídas», explica Laura Zavala sentada en el porche de su madre. No le hacía falta irse muy lejos.

El vecino de al lado ha perdió a su hija mayor, Amerie Joe Garza, de diez años. El coche está en la puerta pero dentro de la casa se siente un silencio sepulcral. Nadie se ha atrevido a interrumpir su dolor. Unos jóvenes venidos desde San Antonio han dejado flores en la puerta del matrimonio desconocido al que quiere reconfortar. Los vecinos murmuran desde la distancia y miran hacia la casa con ojos enrojecidos.

«Ay, ya mamá, deja de escuchar las noticias, que te pones peor», le conmina Ana a su madre, otra vecina. «Es que cuando una también es madre se le rompe el corazón solo de pensarlo», responde ella entre sollozos.

Uvalde es un pueblo traumatizado que no volverá a ser el mismo. Salvador Ramos, el asesino, se llevó consigo la inocencia de una vida bucólica. Su gente sencilla y bondadosa vive con las puertas abiertas, sonríe a los extraños y sigue contestando con resignación las preguntas de la prensa, que ha caído sobre ellos como una plaga. Por si sirve de consuelo, todas esas cámaras y micrófonos llegados de medio mundo desaparecerán tan rápido como llegaron y se olvidarán de ellos. Sus habitantes se quedarán solos con sus traumas y el miedo en el cuerpo.

«¿Qué le diría a usted a los texanos?», le pregunta un periodista local a Beto Gallegos, un hombre de 82 años, que presenció el comienzo de la masacre al vivir justo en frente de la abuela de Ramos. «Que se deshagan de las armas», contesta sin vacilar. «No las necesitamos. Esto lleva pasando mucho tiempo, no nos hacen falta más armas. Lo que se necesita es Jesucristo».

Los predicadores

Para eso llegaron los predicadores evangélicos de todo el estado, para consolarlos y asegurarles que «Dios los ama», y acogerá en su seno a todas esas «almas pequeñitas» que se han ido. Con la ceremonia religiosa que se llevó a cabo el miércoles por la noche en el rodeo del pueblo vinieron a decirles que «Dios es el refugio y la fuerza» para seguir adelante. «Cuando sientas que ya no puedes más, su gracia te mantendrá», les prometieron, Biblia en mano.

En las gradas había muchos cristianos y católicos, pero también algún sik y hasta musulmanes. Este jueves no importaba de donde venga la fe, porque lo importante es recuperar la fe en esa comunidad que siempre creyeron segura.

LAS FRASES:

  • Mika Menchuaca. «Nos han quitado la alfombra bajo los pies. Ahora nos da miedo todo en lo que confiábamos»

  • Laura Zavala. «Cuando una también es madre se te rompe el corazón solo de pensarlo».

«Es como si nos hubieran quitado la alfombra bajo los pies, todo en lo que confiábamos ahora nos da miedo», confiesa Mika Menchuaca, madre y administrativa en un hospital de San Antonio. «Ahora tenemos mucha ayuda psicológica por aquí, pero pronto se marcharán y nos quedaremos solos». Es lo que buscaban aquellos que salieron del recinto con los ojos tan rojos como la camiseta granate del colegio que vestían. «Que nos dejen en paz, necesitamos llorar sin que nos graben las cámaras y pasar nuestro duelo solos», pedía Ignacio Castillo, un joven de 17 años que conocía a Ramos y se niega a creer que fuera el demonio que todos pintan.

Su amiga Alison García iba a jugar con él a su casa de pequeña y le recuerda como «un niño normal», que hablaba y reía como cualquier otro. Fue solo «en los últimos dos o tres años que cambió y se hizo más retraído», asegura, en respuesta a cómo se burlaban de él. Era víctima de bullying. «Debería de haber más gente con la que hablar, no solo los consejeros de la escuela. Estaba solo y no tenía amigos».

Tampoco hay mucho a donde escapar en este pueblo seco y polvoriento de 16.000 habitantes en la ruta de los coyotes. La mayoría se dedica a la agricultura (algodón, cebolla, sandías, pepino, repollo). El nombre más común de las mujeres es María y casi todas ofrecen sus servicios para limpiar casas y cuidar ancianos. Apenas unos cuantos establecimientos de comida rápida y hoteles de cadena repartidos en la calle principal, como el 'Wendy' en el que trabajó Ramos brevemente. No hay dónde ir, Uvalde es la mayor población en muchas millas a la redonda, a una hora de la frontera y hora y media de San Antonio. «Claro, si uno quiere ganar más tiene que irse por ahí a otro lado», admite María.

Conjurar el miedo

Su biznieto estaba el martes en otra clase de la escuela de primaria Robb que Ramos tiñó de sangre, a la que también fueron sus cuatro hijos. Ahora se despierta llorando por la noche, diciendo que no quiere volver más a la escuela. Y ni todas las cerraduras y puertas de seguridad que planean poner las autoridades lograrán conjurar el miedo que se le ha metido en el alma, porque nadie puede dar marcha atrás a la gramola de la memoria para borrar el chirrido de los frenos y los sollozos de las madres.

Sin consuelo. Vecinas de Uvalde lloran juntas durante la vigilia que se celebró en una localidad que nunca volverá a ser la misma. / AFP

Tal vez, eso sí, los evangélicos que han venido a pescar almas en este río revuelto logren devolverles un poco más de confianza en Dios y en sus propios vecinos. Después de cogerse de la mano y rezar juntos en esas instalaciones para ferias de ganado, Mika se siente más segura. «Me he dado cuenta de que hay más gente buena que mala», razona. Y solo así podrá volver a confiar en sus vecinos, aunque se haya cancelado la graduación de su hijo Joziah, prevista para este viernes.

El fracaso y la frustración de Ramos se transformó en un zarpazo de odio contra todos los que vivían en paz a su alrededor, ajenos a su crisis existencial. «¿Qué le habían hecho a él estos niños?», solloza Mika. «¿Qué culpa teníamos nosotros? Nunca sabes lo que pasa en la vida de la gente, no es culpa nuestra», lamenta.

Críticas a la policía

A medida que transcurren las horas, se intensifica el análisis sobre si la intervención de la Policía fue la idónea. Ramos entró armado en la escuela a la vista de varios testigos e incluso se enfrentó con un agente, al que dejó herido. Luego se parapetó en un aula y asesinó a 21 personas antes de que los policías pudieran acercase hasta la clase y abatirle. Entre muchos estadounidenses ha causado indignación un vídeo grabado por uno de los padres que muestra cómo las familias hacían intentos desesperados para entrar en el colegio, frustradas ante la respuesta de los agentes a la tragedia que se desarrollaba en el interior.

Algunos progenitores incluso lograron romper varias ventanas. El Departamento de Seguridad Pública de Texas desmintió, sin embargo, que las fuerzas de seguridad hubieran actuado con demora y afirmó que entre el primer encuentro con Ramos y su muerte solo transcurrieron de 40 a 60 minutos.

El hombre que lo vio todo

Para cuando Gilberto Gallegos (Beto) llegó a Uvalde hace 45 años, Celia Martínez ya vivía allí con su familia. La abuela de Salvador Ramos daba clases como sustituta en la escuela de primaria Robb a la que su nieto entró el martes a tiros, perpetrando la segunda mayor masacre infantil de la historia de EE UU. El hombre de 82 años fue testigo directo de esa sangrienta estampida porque estaba a esa hora en el porche, -«ahí mismo donde estás tú», dijo apuntando a esta reportera-. Tan cerca de la casa de su vecina de enfrente que oyó el disparo que Santos le metió en la cara.

Acto seguido vio salir volando por la puerta una bolsa con munición que se quedaría donde ahora picotean las gallinas, y detrás el muchacho de 18 años como un vendaval. Se metió en la ranchera –«que su abuela nunca le hubiera prestado»- y que «no sabía conducir», pero logró mover la palanca y arrancar con un chirrido en dirección a la escuela. «¡Mira lo que me ha hecho mi nieto!», le dijo la mujer con la cara ensangrentada. Apenas le estaban limpiando la sangre cuando oyeron los disparos procedentes de la escuela. Su esposa llamó a la policía y corrieron a esconderse, no fuera a volver.

Uvalde, cuya población era mayoritariamente anglosajona cuando llegó, estaba teniendo su experiencia más americana con uno de esos furiosos tiroteos masivos que estremecen constantemente al país. Todo se ha americanizado, desde el nombre hasta el apellido. «Uvalde» es como los gringos pronunciaban «Ugalde», nombre que se le dio en 1856 por el gobernador Juan de Ugalde, procedente de Cádiz. A Betto también le cambiaron el apellido a «Gallegas» en su documentos. «Y me costó mucho tiempo y dinero recuperar el mío», se queja. Pero ningún cambio, ni el de los migrantes que ahora vienen traficando con drogas en vez de sueños, le ha resultado tan doloroso como el de ver a su vecina con la cara destrozada de un disparo. «Está bien, me ha dicho su marido, pero va a necesitar muchas operaciones».