El presidente de EE UU, Joe Biden, y su homólogo ruso, Vladímir Putin, en una imagen de archivo. / REUTERS

Biden resucita la Guerra Fría con Rusia

Washington expulsa a diez diplomáticos que considera espías, veta a seis empresas por apoyar ciberataques y dificulta la venta de los bonos de Moscú

MERCEDES GALLEGO Corresponsal. Nueva York

Joe Biden no bromeaba cuando llamó personalmente a Vladímir Putin en los primeros días de su presidencia para advertirle que le pasaría factura por todo lo que Donald Trump dejó correr. La comunicación volvió a repetirse el viernes pasado, también a iniciativa del presidente estadounidense, que «le dejó claro que actuará con firmeza en defensa de sus intereses nacionales para responder a las acciones rusas, tales como las intrusiones cibernéticas y las interferencias electorales», recopiló la Casa Blanca.

El aviso se materializó este jueves con una batería de sanciones que apuntan a 32 individuos y entidades a los que acusa de haber llevado a cabo las órdenes del Gobierno de Moscú de intentar influir en las presidenciales de noviembre pasado -en favor de Trump, sin lograrlo, según la inteligencia estadounidense- y deslegitimar el proceso, además de «otros actos de desinformación e interferencia».

La lista de agravios continúa. La Administración Biden, que dice actuar en bloque «con la comunidad trasatlántica», ha retomado la defensa de Ucrania en su lucha por denunciar la anexión de Crimea y otras fronteras erosionadas por Rusia. Como vicepresidente de Obama se involucró directamente en la reconstrucción de Ucrania tras la Revolución de la Dignidad, de la que algunos culpan a EE UU por haber forzado un movimiento de acercamiento comercial hacia la Unión Europea. Para Biden, Ucrania es personal, no ya porque casi le cuesta a Trump el 'impeachment', sino porque le dedicó buena parte de sus esfuerzos en la Casa Blanca, donde el electorado le ha dado una segunda oportunidad para rematar tareas como ésta o la de Afganistán.

Todavía más personal es la acusación de que Rusia ofreció recompensas a los talibanes para matar a soldados estadounidenses. El presidente que hace cinco años perdió a su primogénito, después de que hubiera servido en Irak, visitó el miércoles el cementerio de Arlington para rendir homenaje a los caídos en esa guerra. Solemne frente a una de las cruces blancas que simbolizan cada vida perdida, Biden admitió consternado no poder visitar esa sección sin acordarse de su hijo Beau, al que parecía prometer en silencio cobrarse la deuda de honor contra sus camaradas.

Con todo, la Casa Blanca se cuidó mucho este jueves de no dar por hecha la acusación de que Rusia alentó los ataques talibanes, que califica de «reportes», con lo que deja la puerta abierta a nuevas sanciones. «Dada la sensibilidad de ese asunto, que involucra la seguridad de nuestra fuerzas, está siendo manejado a través de los canales diplomáticos, militares y de inteligencia», matizó.

«Actividad maliciosa»

Más claro lo tiene con la «actividad maliciosa» de los servicios de inteligencia rusos, a los que culpa «con alto grado de confianza» de haber llevado a cabo los ciberataques que el año pasado utilizaron la plataforma de la empresa informática SolarWind para robar información altamente sensible de al menos 16.000 ordenadores alrededor del mundo. Entre los clientes afectados estaban nueve agencias del Gobierno y un centenar de firmas privadas. El Pentágono, la Casa Blanca, el Departamento del Tesoro y el de Seguridad Doméstica fueron invadidos por piratas informáticos rusos que Washington cita por primera vez como Cozy Bear, The Dukes y APT 29.

Como represalia sanciona a seis compañías rusas que proporcionan apoyo tecnológico al programa cibernético del Kremlin, expulsa a una decena de diplomáticos y prohíbe a las empresas financieras estadounidenses que compren bonos del Banco Central de la Federación Rusa en el mercado primario, lo que hizo caer el rublo un 1%.

Paradójicamente la Casa Blanca deja la puerta abierta a un encuentro personal entre Biden y Putin al estilo de la cumbre de Helsinki que protagonizó Trump en 2018, con el argumento de que desea «una relación estable y predecible» con Rusia. Moscú no ha comprado la tradicional política de los palos y zanahorias que aplica Biden. El Kremlin califica de «ilegales» las acciones estadounidenses y promete reciprocidad, desmereciendo la importancia de las sanciones que, según dice, no afectarán a las deuda rusa porque el 80% está en manos nacionales. «Estamos dispuestos a hablar de ciertas cosas, pero lo que es seguro es que no podremos tener una relación fuerte mientras continúen tomando estos pasos maliciosos», se quejó el portavoz Dimitry Peskov.