Los llantos de los pequeños y las canciones de cuna se mezclan aquí con las imágenes bélicas que emite la televisión. / Mikel Ayestaran

Vidas en la muerte

Bebés de vientre de alquiler, a la espera de sus padres extranjeros

Diecisiete recién nacidos y diez cuidadoras se protegen de las bombas en esta clínica improvisada en el bajo de un edificio a las afueras de Kiev

MIKEL AYESTARAN Enviado especial a Kiev

Svetlana canta una nana a Valery. No hay forma de dormir al pequeño, de solo dos semanas. Es uno de los 17 bebés paridos por madres subrogadas que aguardan la llegada de sus padres extranjeros en esta clínica improvisada en el bajo de un edificio a las afueras de Kiev. Valery es el nombre con el que le han bautizado sus cuidadoras ucranianas, que desconocen los nombres reales que las familias han elegido para ellos. «Lo más importante es su seguridad; aquí están a salvo de posibles bombardeos de Rusia y esperamos a sus padres, que son de diferentes países y continentes», explica Svetlana, que lleva tres años trabajando con esta compañía. Hay diez cuidadoras y, debido a los problemas de seguridad, viven en la misma clínica. La guerra ha paralizado Ucrania, pero no puede frenar los embarazos de las madres gestantes que salen de cuentas cada día.

Los llantos y las canciones de cuna se mezclan con las imágenes bélicas que emite la televisión. Le han quitado el volumen, pero allí se suceden las explosiones, el lanzamiento de cohetes, los heridos y discursos del presidente Zelenski. «Son niños nacidos en mitad de una guerra y esto ha complicado todo un proceso que antes se hacía con mucha rapidez», lamenta Svetlana, quien, como el resto de empleadas, tiene un ojo en los bebés y el otro en sus dos hijos que le esperan en casa en estos días tan duros.

La clínica tiene una primera habitación donde se ubica la zona de biberones y los cochecitos para mecer a quienes son más guerreros y una segunda, más grande, para cambiadores y cunas bien repartidas. Todo está impoluto y las cuidadoras demuestran la mano que tienen con los bebés, a quienes son capaces de dormir de tres en tres mientras les cantan en ucraniano.

La responsable del centro, integrado en BioTexCom, la compañía más importante del sector en el país, dice que los nenes pertenecen a familias de Argentina, Alemania, China, Inglaterra e Italia y asegura que se están realizando las gestiones precisas para que se reúnan con ellas «cuanto antes». La maternidad subrogada es una práctica no permitida en muchas naciones, como España, pero legal para parejas casadas y heterosexuales en Ucrania, que se ha convertido en uno de los mayores centros mundiales de vientres de alquiler.

La madre gestante firma la renuncia a la criatura 48 horas después de dar a luz. A partir de ese momento, el bebé está en manos de la empresa intermediaria hasta que lo reciben los padres biológicos. Fuentes consultadas por el diario 'The New York Times' revelaron que, actualmente, puede haber «500 mujeres con embarazos subrogados para clientes extranjeros».

«Aquí estamos, esperando»

«No me gusta la expresión vientre de alquiler; mejor decir subrogación», defiende Gastón, que toma mate junto a María a las puertas de la clínica. Esta pareja argentina no se lo pensó dos veces y el 12 de marzo, en plena contienda, cruzaron la frontera desde Rumanía y se plantaron en Kiev para esperar aquí el nacimiento de su primera hija, Lola, previsto para el 23 de marzo. «No nos la queríamos jugar, no podíamos arriesgarnos a dejarla aquí a merced de una posible invasión de Rusia. Alguien podía llevársela y la perderíamos para siempre, así que aquí estamos, esperando, para viajar luego los tres juntos de regreso a casa», comenta el futuro padre.

A Gastón tampoco le gusta la expresión 'padres de intención'. «Somos los padres biológicos y así hay que llamarlo», defiende. Esta pareja de Buenos Aires comenzó con el tratamiento en 2020 y, después de cinco intentos, no ven el momento de tener a Lola entre sus brazos. Aseguran que el trato con la empresa encargada del proceso ha sido «muy profesional; su eslogan es 'bebé seguro' y cumplen con todo lo firmado en el contrato». La factura final alcanza los 50.000 euros.

María tuvo un problema de salud y un posible embarazo podría poner en riesgo su vida. Por eso decidieron acudir a la subrogación. «Como mujer, le he dado muchas vueltas a la cabeza y mi conclusión es que esto es lo más lindo que una mujer puede hacer por otra. Ella es quien decide qué hacer con su útero y si le ayuda económicamente, mejor», reflexiona entre toma y toma de mate. No son muchos los padres que ahora se arriesgan a hacer el viaje hasta Kiev. La mayoría busca la forma segura de hacer llegar a los pequeños hasta Leópolis, al oeste del país, o la frontera con Polonia, Rumanía o Moldavia. Allí los recogen. Gastón y María ya se han acostumbrado a las explosiones que resuenan en el cielo de la capital y cuentan los días para salir de aquí.

Las nanas y el meneo en el carrito han podido finalmente con Valery, que ha cerrado los ojos y duerme plácidamente sin afectarle los llantos de otros pequeños. El movimiento es constante entre biberones, palmaditas en la espalda para los aires, pañales, paseos en brazos… Fuera hay muerte y destrucción. Aquí, se respira vida.