EFE

India, la superpotencia con pies de barro

Ya es el quinto país más rico del mundo, pronto superará a China como el más poblado, el año que viene presidirá el G20 y su primer ministro se puede permitir decirle a Putin que «no es tiempo para la guerra». Así es el auge lleno de contrastes de la India

ZIGOR ALDAMA

A ras de suelo, cuesta creer que India pueda ser algún día una superpotencia capaz de tutear a Japón o China. De hecho, en las mugrientas calles flanqueadas por edificios desconchados de cualquiera de sus ciudades a nadie le sorprende encontrarse con unas vacas chupando carteles pegados en una farola en medio de un caos circulatorio que desafía la razón. Y no muy lejos siempre hay algún tullido mendigando, o un grupo de niños semidesnudos chapoteando en aguas fétidas.

Al fin y al cabo, es el país de Asia Oriental con el mayor porcentaje de población con ingresos inferiores a 3,2 dólares diarios. Y en las zonas rurales aún es peor: los agricultores se suicidan porque lo que cobran no les da para alimentar a sus familias, la población vive una media de 4,7 años menos que en las ciudades -una diferencia que va en aumento-, un 36% de las mujeres sufre violencia machista y las niñas son entregadas en matrimonio por sus progenitores a pesar de que la ley lo prohíbe.

Sin embargo, a vista de pájaro sobre el tablero geopolítico, India cada vez tiene más peso: este mes ha adelantado al Reino Unido para convertirse en la quinta economía mundial, pronto superará a China como el país más poblado con una media de edad notablemente inferior, y el año que viene presidirá el selecto grupo del G20. Es, además, una potencia nuclear que cuenta incluso con un programa espacial y que lidera el desarrollo de 'software'.

Por si fuese poco, aunque la angustia se ha apoderado de la economía global, el gigante indio vaticina un crecimiento del 7,4% para este año. Parece un objetivo accesible si se tiene en cuenta que, mientras el mundo coquetea con la recesión, cerró el segundo trimestre con una expansión del 13,5%. Si las previsiones del Fondo Monetario Internacional se cumplen, acabará 2022 con un PIB de 3,54 billones de dólares, frente a los 3,38 billones de la antigua metrópoli. Culminará así una década en la que ha escalado seis puestos en el ranking mundial, y puede que en solo un lustro sobrepase a Alemania para hacerse con el diploma olímpico en su ambición por subir al podio.

«Hemos dejado atrás a quienes nos gobernaron durante 250 años para escalar en la economía mundial. Ahí reside nuestra alegría, más que en pasar del sexto al quinto puesto. Dejamos atrás milenios en los que se nos ha esclavizado para aprovechar la oportunidad que se nos presenta ahora. No vamos a parar», anunció orgulloso Narendra Modi, el primer ministro que se puede permitir decirle a la cara a Vladimir Putin que «no es tiempo para la guerra». Para eso ha multiplicado por cuatro sus importaciones de combustibles rusos y por ocho las de sus fertilizantes desde que el exagente de la KGB puso en marcha su 'operación militar especial' en Ucrania. Y pagando en rublos, como quiere Putin.

India está aprendiendo a jugar sus bazas como miembro del BRICS -el heterogéneo grupo de los países en vías de desarrollo más pujantes, que comparte con Brasia, China, Sudáfrica y la propia Rusia- y como país no alineado, lo que le permite hacer amistades tanto en Washington como en Moscú. No en vano, se calcula que con las compras de petróleo ruso a precio de saldo India ha ahorrado unos 4.370 millones de euros. «Es el mejor trato que puede hacer el país», justificó Subrahmanyam Jaishankar, ministro de Asuntos Exteriores, sin que nadie le achaque, como se hace con China, financiar de esta forma la invasión de Ucrania.

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Fábrica de balones de fúbol en la ciudad de Jalandhar, en el Punjab indio. / AFP

India y China

Los dos países más poblados y sus caminos divergentes

En 1961, el PIB de India y China era casi idéntico. Y, hasta la década de 1990, los ingresos de los indios superaban de media a los de los chinos. No obstante, tras las reformas que acabaron con el maoísmo a partir de 1979, China inició el meteórico despegue que embelesa al mundo. El año pasado China anunció el fin de la pobreza extrema y ahora su renta per cápita multiplica por cinco a la de India. Todos los indicadores sociales son también mucho más favorables al país comunista: desde los seis años más que viven sus habitantes, hasta la alfabetización casi total de su población –frente al 25% de analfabetos en India–, pasando por todos los indicadores de salud.

Pero India cuenta con una gran baza a su favor: la distribución por edades de sus 1.380 millones de habitantes continúa teniendo forma de pirámide, mientras que la forma de la china es cada vez más parecida a la de los países desarrollados. La política del hijo único vigente más de tres décadas, sumada al desarrollo del bienestar, ha hecho que la sociedad china envejezca rápido y que su masa laboral caiga.

En India, aunque la natalidad también cae, la base de los más jóvenes sigue siendo más ancha, lo cual le otorga, al menos por un tiempo, una ventaja demográfica que no siempre se puede recortar con aumentos de la productividad o la adopción de tecnología y que puede recortar las diferencias actuales. Además el mayor envejecimiento de China añade lastre a la ya de por sí elevada carga de la juventud por la extrema competitividad existente en el país.

No es oro todo lo que brilla

India siempre ha sido la gran aspirante a superpotencia, pero muchos dudan de que logre hacer realidad esa ambición. Al fin y al cabo, que un país de 1.300 millones de habitantes supere en poderío económico a otro de 67 millones tampoco parece una gesta épica.

Y diferentes acontecimientos han dejado en evidencia que no es oro todo lo que brilla. Por ejemplo, la fuerza de su ejército resulta abrumadora si se compara con la de su archienemiga Pakistán; pero palidece ante la de China, como se demostró ya en la guerra que las enfrentó en 1962 y se confirmó hace dos años, cuando militares chinos mataron a palos, literalmente, a varias docenas de soldados indios en la última escaramuza de la frontera del Himalaya que se disputan.

En un reciente informe, el Instituto Alemán para Asuntos Internacionales y de Seguridad se pregunta sin contemplaciones cómo de sostenible es el auge de India, «Parece un auge sustentado en pies de barro», resalta. Eso sí, la institución considera que India puede jugar un papel clave en el tablero geopolítico y que sus intereses «convergen con los de Europa, sobre todo en la visión de China y de la seguridad en el indo-pacífico y en el fortalecimiento de instituciones multilaterales». No obstante, el Instituto apunta que el impulso hacia la autosuficiencia de India empeorará el entorno para las empresas europeas establecidas allí y que la divergencia en la interpretación que Modi hace de la democracia puede provocar tensiones.

Dos proyectos clave

El primer ministro actual, un ultranacionalista hindú que ha bajado el tono desde que accedió al poder en 2014, es clave para entender un auge que arrancó con la liberalización económica de 1991 y que ha pisado el acelerador con Modi al volante. Él es el artífice de dos grandes proyectos aprobados para dar un salto tanto en el medio urbano como en el rural. Para el primero diseñó, siguiendo los pasos de China, 'Make in India', una batería de subvenciones e incentivos para atraer parte de la industria que se había instalado en el gigante vecino y que busca diversificar para reducir su exposición a los cambiantes designios del Partido Comunista de China a la vez que reduce costes laborales. Uno de los grandes logros ha sido la implantación de multinacionales como Apple, que ya fabrican algunos de sus productos en India.

«El programa está funcionando muy bien para atraer inversiones, desarrollar tecnología, e impulsar también marcas locales como la nuestra», afirma el director de la compañía de teléfonos móviles Intex, Keshav Bansal. «Ahora el reto es retener el talento que se crea y que, a menudo, busca mejores oportunidades en países como Estados Unidos, donde las multinacionales se nutren de muchos directivos de origen indio», añade.

Estos objetivos, que el país de Gandhi podría compartir con los de cualquier país desarrollado, contrastan con los de la Misión Limpiar India, que Modi diseñó con una meta mucho más mundana: lograr que todas las familias dispongan de una letrina y erradicar así la defecación al aire libre, algo que practicaban unos 600 millones de personas en 2014. Cinco años más tarde, tras la construcción de 100 millones de váteres, India afirmó que había erradicado esta lacra, que no solo supone un riesgo sanitario sino que también deja a las mujeres en una situación de vulnerabilidad. No obstante, un informe de la OMS y de Unicef demuestró que el año pasado un 15% de la población aún la practica, sobre todo en zonas rurales.

«El problema no radica solo en construir la infraestructura. También en acabar con hábitos muy arraigados. Porque los indios nos resistimos al cambio. Sucede con el sistema de castas, abolido hace décadas pero que aún perdura y supone una barrera al desarrollo: los intocables siguen siéndolo, sobre todo en el campo», afirma Karanam, uno de los líderes del pueblo de Pendlimanu, en Andhra Pradesh, que saltó a las noticias por haberse convertido en uno de los primeros que construyó letrinas para todos sus habitantes.