Un miembro de los equipos de seguridad de los talibanes vigila una calle de Herat tras producirse el atentado. / afp

El Estado Islámico golpea a la cúpula talibán al asesinar a un importante imán afín al Gobierno

Un atentado suicida contra la mezquita de Herat acaba también con la vida de veinte fieles durante la ceremonia del viernes de oración

MIKEL AYESTARAN CORRESPONSAL. ESTAMBUL

El terror acudió a su cita con los viernes de oración en Afganistán y al menos veintiún personas perdieron la vida ayer en un atentado suicida registrado en Herat, al oeste del país, y dirigido a un importante religioso vinculado con los talibanes. El ataque tuvo lugar en la mezquita de Guzargah, situada a las afueras de la ciudad, justo en el momento en el que llegó el imán del templo, Mujib Rahman Ansari. El suicida «se inmoló cuando fue a besarle las manos», informó Mahmoud Rasooli, portavoz de la Policía en Herat. Líderes del movimiento islamista como Zabihullah Mujahid condenaron «el martirio de un religioso valiente y fuerte».

Ansari tenía 38 años y a primera hora de la mañana se había reunido con el mulá Abdul Ghani Baradar, cofundador de los talibanes y actual viceprimer ministro. Los autores del ataque esperaron a que llegara a la mezquita para atacar justo antes del comienzo de la oración. Un golpe directo al movimiento que desde hace un año manda en Afganistán, que se produce menos de un mes después del asesinato Rahimullah Haqqani, víctima de otro ataque suicida en su madrasa (escuela coránica) en Kabul. Haqqani era conocido por sus discursos contra el grupo yihadista Estado Islámico (EI), que luego se atribuyó la responsabilidad del atentado.

El portal afgano Khaama Press recordó la figura de un Ansari que en junio ocupó titulares en la prensa tras proclamar en una gran reunión de religiosos de todo el país organizada por los talibanes que «quien se rebele contra el Emirato debe ser decapitado». En las oraciones de los viernes, que dirigía desde el anterior Gobierno, también predicaba en contra de los hombres cuyas esposas no se cubren en público y les llamada «cobardes», aconsejaba apedrear a adúlteros o cortar las manos de los ladrones. A lo largo de la pandemia, defendía que se trataba de «un castigo divino para la erradicación de los no musulmanes».

Este enviado especial entrevistó en varias ocasiones al mulá Ansari en su humilde casa a las puertas de la mezquita de Herat, ciudad donde estaba desplegado parte del contingente español. Era un religioso muy joven con más poder en esta provincia del oeste del país que el gobernador o los jefes de policía y ejército.

«No tenéis fe»

La última conversación fue en octubre de 2009, pocos días después de la muerte del cabo español Cristo Ancor Cabello, de 25 años, tras una explosión al paso de su blindado en las proximidades de Shinwashan, al este de Herat. «Los talibanes, como musulmanes, piensan que cuando entregan su vida irán al cielo. ¿Me puedes decir a dónde va un soldado extranjero cuando muere? Vuestras iglesias están vacías, no tenéis fe, solo el camino del Islam os salvará de un infierno seguro», fueron sus palabras para no decir directamente que el destino de los «infieles» es el infierno.

De ojos azules, barba poblada y gesto tranquilo, nunca permitió a este periodista hacerle una fotografía y su excusa siempre era la misma: «el día que seas mi hermano y te conviertas al Islam, entonces nos haremos fotos». Los talibanes pierden a uno de los religiosos que más hicieron para mantener vivo su mensaje entre los fieles durante las dos décadas de presencia de las tropas internacionales en el país.

El tipo de operación sigue el patrón empleado por el EI, que en el último año ha multiplicado sus operaciones de los viernes contra los talibanes y contra mezquitas de la minoría hazara, perteneciente a la secta chií del Islam. Los talibanes insisten en que la seguridad es uno de sus grandes logros desde que retomaron el poder en Kabul, pero el Estado Islámico les responde con las mismas tácticas que ellos emplearon durante dos décadas para sembrar inestabilidad.