Varios ciudadanos aguardan este domingo delante de una mesa electoral en Managua a que quede registrado su voto. / efe

Ortega se aferra al poder en Nicaragua con su última farsa electoral

El régimen se atribuye un 75% de apoyo con un 65% de participación en las elecciones, celebradas con la oposición encarcelada o en el exilio

MIGUEL PÉREZ

Daniel Ortega ha salido este domingo de su retiro, pero no de su laberinto. Dispuesto a seguir al frente de Nicaragua durante los próximos cinco años, el polémico presidente votó en las elecciones y no se privó de lanzar un duro alegato contra los opositores que ha enviado a la cárcel en los últimos meses. El antiguo dirigente sandinista, otrora héroe de la revolución y ahora gobernante desprestigiado que busca el poder perpetuo junto a su esposa, Rosario Murillo, se jactó de haber desarticulado a un grupo de «demonios» cuyo objetivo era conspirar contra el país para evitar los comicios, «tomar el poder» y «sembrarlo de muerte». Nadie le dijo que en una jornada electoral no es elegante y, normalmente, tampoco legal hacer política.

El líder sandinista apenas cuenta con un 19% de apoyo según las encuestadoras serias. Pese a ello el organismo electoral ha divulgado unos primeros resultados parciales que otorgaban un respaldo del 75% a Ortega con una participación del 65%. Cifras que contrastaban con la escasa afluencia detectada en los colegios durante la jornada electoral. El mandatario había diseñado para este 7 de noviembre una votación rodeada de opositores cómodos. La convocatoria fue considerada una farsa por la oposición y la comunidad internacional. La organización Urnas Abiertas difundió que según sus 1.450 observadores repartidos por el país la abstención fue del 81,5% en promedio.

Más de 4,4 millones de nicaragüenses fueron convocados a las urnas en 3.106 centros de votación. Desde primera hora de la mañana, el Consejo Supremo Electoral instó a acudir a los colegios. Las autoridades han «estado garantizando este ejercicio en tranquilidad, en paz y armonía, como se ha hecho desde el inicio de la apertura de estas elecciones», declaró la titular de este organismo, Brenda Rocha, bautizada por el sandinismo como «la sonrisa de la revolución» tras perder una mano en un ataque de la 'contra' en 1982. Hasta 30.000 policías y soldados vigilaron la jornada.

Como ella, jueces y antiguos líderes del movimiento intentaron agitar la participación, máxime después de que la oposición en el exilio reclamara la abstención como una manera de denunciar el «fraude». «Ni un paso atrás. Este es el Gobierno más democrático que hemos tenido», afirmaba a la agencia AFP un veterano mientras mostraba orgulloso su dedo manchado de tinta, señal de que ya había votado en su mesa del barrio San José Oriental. Una mujer se preguntaba a unos metros «¿y para que han metido a tantos opositores presos? Esto es un circo». Miles de nicaragüenses respondieron también en diferentes lugares del mundo, entre ellos España, Costa Rica y EE UU, a la petición de manifestarse contra la «estafa» electoral y exigir sanciones internacionales sobre Ortega.

«Violencia política»

Al cierre de esta información todavía escaseaba cualquier cifra de asistencia, que algunos medios gubernamentales consideraron «enorme». Doscientos «acompañantes electorales» y periodistas siguieron la jornada desde el centro de congresos de Managua. El observatorio independiente Urnas Abiertas aseguró que se trataba de «militantes sandinistas» que reemplazaron a los representantes internacionales.

Urnas Abiertas ha detectado 1.656 episodios de «violencia política» durante la campaña, entre los que figuran el encarcelamiento de todos los candidatos críticos con el régimen de Daniel Ortega; más de 150 detenidos entre quienes se encuentran Juan Sebastián Chamorro, Arturo Cruz, Tamara Dávila o Walter Gómez, aspirantes que tenían una sustancial adhesión de votantes. En la madrugada de ayer, la oposición informó de una nueva oleada de arrestos, entre ellos los de ocho políticos desafectos al régimen y dos periodistas.

Todo hace predecible que el antiguo comandante, de 78 años, volverá a ser el presidente del país centroamericano por mayoría absoluta. Y que Rosario Murillo ejercerá la vicepresidencia. Sus rivales ayer se quedaron reducidos ayer a cinco candidatos de bajo voltaje, considerados títeres del Gobierno para legitimar los comicios. Unas elecciones donde solo vota el presidente no suelen resultar fiables. Aun así, el final comenzó a escribirse esta pasada noche con el recuento de votos.

Posibles sanciones

Los resultados electorales de este domingo, además de quedar muy en duda por su aparente escasa representatividad, pueden llevar aparejada una cascada de sanciones internacionales. El presidente de EE UU, Joe Biden, tiene previsto firmar una batería de medidas de presión sobre el nuevo gabinete en caso de una victoria sandinista y la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos podría plantear la suspensión de Nicaragua en este grupo. «Ninguna potencia» va a «intimidarnos», replicó el canciller nicaragüense, Denis Moncada.

Y Ortega, entre tanto en su laberinto, acusó a los opositores detenidos de promover el «golpe de Estado terrorista» de 2018 -en referencia a las manifestaciones de abril causadas por su reforma de la seguridad social que dejaron más de 300 muertos en una dura represión- y dijo que «iban a tomar el poder». «Aunque se vistan como se vistan, son demonios que no quieren paz», añadió el líder sandinista, para quien todos ellos son «sembradores de muerte» y de «odio» que han conspirado para frustrar los comicios. «Por lo tanto estas elecciones son gracias a Dios una señal, un compromiso de la inmensa mayoría de los nicaragüenses de votar por la paz».

La abstención, clave

La opositora Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia señaló anoche que la abstención estaba siendo muy alta porque el «pueblo no ha querido legitimar esta comparsa». Sin embargo, el Gobierno nicaragüense liderado por Daniel Ortega dijo todo lo contrario.

En estos comicios tenían que ser elegidos hasta 90 diputados de la Asamblea Nacional, aparte del propio presidente, la vicepresidenta y veinte representantes del Parlamento Centroamericano.