Trastero con gas

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

Suele pasar que las casualidades las carga el diablo y así sucede que a los pocos días de la ¿ocurrencia? del alcalde de Las Palmas de Gran Canaria de ofrecer suelo de La Isleta para instalar la planta de gas, sin informe, debate, consulta e información previa a la ciudadanía, este periódico desvela que la multimillonaria inversión, mayor que la de la del proyecto gasístico, prevista para construir una central hidroeléctrica en la cumbre de Gran Canaria para producir energía limpia, se paraliza. Así pues, por muy casual que sean los hechos, cuesta evitar la exclamación: ¡caramba, qué coincidencia!

Y destaco el hecho de que el presupuesto para el salto entre las presas de Chira y Soria es mayor que el de la regasificadora porque en estos tiempos que corren, en los que los números eclipsan las ideas, lo que priman son los discursos que se sustentan en los dineros, que ya se sabe «que la cosa está fatal». Y ante tal verdad, ¡bendita sea cualquiera que sea la inversión! aunque aquí chirríe alguna que otra contradicción.

También es bueno incidir en lo de las energías limpias que, igualmente, parecen querer eclipsar estas apuestas de urgencias gasísticas, lo que resulta tremendamente llamativo en una tierra que, a pesar de que los expertos más reputados la comparan, por su potencial en este alternativo sector energético, con la Arabía Saudí petrolera, tiene, sin embargo, un nivel de dependencia casi absoluto del exterior y arrastra un déficit de desarrollo clamoroso.

Pero, al margen del ¿bucolismo? del que uno puede pecar, que tampoco, y también de la incontestable y belicosa dialéctica del alcalde: «Nos guste o no, tenemos que instalar el gas» y «el no al gas torpedea la ciudad», ¿y por qué no, dinamita?; lo cierto es que tal propuesta alcaldicia, que ahora se quiere maquillar como un ejercicio de valentía para abrir un debate, sólo en su aspecto final -central sí, central no- que pretende forzar, manu militari o interés general mediante, imponerla allá donde cuadre, esconde algunas preguntas que tienen que ver directamente con el futuro de la ciudad y desvela, además, algunos tics que empiezan a resultar hastiantes, en tanto en cuanto se repiten a lo largo de los tiempos en los responsables políticos de la capital grancanaria.

Si el alcalde de Las Palmas de Gran Canaria se apura a brindar suelo en la zona de la Esfinge, descatalogado, por cierto, como Espacio Protegido gracias al apoyo de PP, PSOE y CC, y en esa CC en ese tiempo estaban los que ahora son NC, se supone que renuncia al legítimo e histórico anhelo de la ciudad de recuperar la Base Naval para uso ciudadano, en tanto en cuanto ese era uno de los lugares contemplados para reubicar el Arsenal; de la misma manera que significa desestimar, para siempre, la pretensión de pujar para que el paisaje protegido de La Isleta, ocupado por los militares allá por 1898, pase algún día a ser ese parque periurbano multiuso, de primerísimo valor natural, que desde hace mucho anhela la ciudad.

Y están los tics, a los que antes me refería, que no son otros que valerse de La Isleta para vender humo, como sucediera allá por el año 2000 cuando la corporación municipal, con el hoy alcalde entre sus rectores, anunció una emblemática torre de comunicaciones que proyectaría el mismísimo Norman Foster, o usarla, que es lo más común, como trastero de la ciudad.

Pues, no.