Terrorismo anarquista en España

Nicolás Guerra Aguiar
NICOLÁS GUERRA AGUIAR

Afirma sin dubitaciones el señor Cosidó, director general de la Policía Nacional, que pueden producirse atentados en España a manos de lo que él llama el «terrorismo anarquista» (los anarcos defienden la desaparición del Estado y de todo poder. El Estado, dicen, no puede tener el monopolio de la fuerza). Como punto de partida, y con todos mis respetos, me parecen absolutamente imprudentes las afirmaciones públicas del señor Cosidó y, también, el sitio elegido para pregonarlas. Tal impactante mensaje impresiona a los ciudadanos, a fin de cuentas se refiere a posibles actos terroristas; y muy presente está el de Atocha, 2004. Por tanto, supongo que el señor Cosidó no habla por hablar, sino que tiene absolutas e irrebatibles pruebas de tales posibilidades (¿probabilidades?). Deduzco, pues, que aquella información capaz de desestabilizar emocionalmente le fue dada al señor director general por brigadas policiales especializadas. Y que antes, claro, fue comprobada, contrastada y corroborada por los servicios de información españoles y, por supuesto, europeos y norteamericanos. No sé si es mucho suponer, pero tengo la impresión de que las investigaciones debían mantenerse en el más riguroso secreto: uno, para no dar pistas al enemigo; dos, para no alterar a la población. Por tanto, me sorprende que el señor Cosidó hiciera públicos sus resultados (salvo interesada estrategia) y, además, en un desayuno organizado por Executive Forum y patrocinado por Ombuds, empresa de seguridad con fuertes intereses privados en la vigilancia exterior de cárceles españolas, leo en algunos medios informativos. Pues si España está en el punto de mira de las bombas anarquistas me perpleja que tal información se suelte en una reunión privada y no se pusiera en estado de alerta a Protección Civil, por ejemplo, o se comunicara al Congreso, donde reside la voluntad popular. Porque lanzadas en un desayuno organizado por una empresa cuyo negocio es, precisamente, la seguridad contratada me parece, como poco, inapropiado, en cuanto que podría sospecharse la potenciación de aquella sociedad comercial cuya actividad es, qué coincidencias, la seguridad privada. Sus afirmaciones, pues, son altamente preocupantes: el terrorismo anarquista no actúa, precisamente, con voladores o bombas fétidas. La historia recuerda que en siglos pasados hubo en España atentados anarquistas contra Alfonso XII (1878); una bomba acabó con la vida de catorce personas en una procesión del Corpus Christi (Barcelona,1896); otro se realizó para acabar con Alfonso XIII (1906) y significó la muerte de veintiocho personas; atentados anarquistas asesinaron a tres presidentes del Consejo de Ministros -Cánovas del Castillo (1897); Canalejas (1912); Dato (1921)-. Y aunque no fue etiquetado como «anarquista», recordemos aquel del 11 de marzo de 2004: el atentado en la estación de Atocha deja ciento noventa y una personas muertas y más de mil ochocientos heridas, víctimas de la barbarie asesina de grupos fundamentalistas islámicos ligados a Al Qaeda a los cuales el Gobierno del señor Aznar, desde el primer momento, identificó como ETA. Hay albas, por tanto, en que uno no debería levantarse de la cama. Muy al contrario, lo recomendable es meterse en las interioridades del colchón. Porque ya tiene mérito echarse a la calle a tales horas cuando estamos emocionalmente desestabilizados tras haber leído y escuchado que pueden producirse atentados anarquistas (¿estarán prevenidos quienes pasan a mi lado?). Y quien da la voz de alarma recuerda la bomba que estalló en la basílica del Pilar (Zaragoza) el año pasado: se produjo una fuerte detonación, pero sin heridos (recuerdo que hubo varios detenidos, todos extranjeros). Se podría, por supuesto, echar mano a la historia para saber de aquellas filosofías que defienden la desaparición del Estado y de todo poder. Tales ideas surgen en pensamientos del siglo XIX que se identifican con Bakunin, Proudhon (son llamados «padres del pensamiento anarquista») e incluso con Kropotkin, quizás el ideólogo del «comunismo libertario», otra variante frente al centralismo estatal. Sin embargo, ¿los anarquistas a los que se refiere el señor Cosidó y que pueden atentar en España, dice- son directos seguidores de los ideólogos nombrados o, acaso, los identificaríamos con aquellos grupos minoritarios que aprovechan pacíficas y reivindicativas manifestaciones ciudadanas para ejercer lo que se denomina «violencia callejera», es decir, rotura de mobiliario urbano (prenden fuego a contenedores, rompen cristales, farolas), destrozan escaparates, incendian cajeros y responden con piedras a pelotas de goma, gases e impecables movimientos profesionales de la policía? Porque, a lo peor, hay ligeras confusiones en el señor Cosidó, y este considera como anarquistas a quienes, en realidad, son componentes de movimientos callejeros antisistema (interesada denominación también al uso), algunos de ellos profesionales del altercado cuya única satisfacción es esa, la desestabilización de marchas pacíficas, el insulto, la agresividad contra la policía aunque unos pocos, como en Barcelona, resultaron ser mossos d’escuadra disfrazados de civiles. Sin embargo, hace tres días fue desarticulada una red internacional que captaba a yijadistas para su posterior envío a Irak, quizás restos de aquella organización que realizó el miserable atentado de la estación de Atocha. En casos como este es de encomio la tarea realizada por agentes de la Comisaría General de Información de Madrid bajo la coordinación de un juez y la fiscalía de la Audiencia Nacional, aunque la estructura yijadista considere a España como enemigo. (Y puesto que están en plena actividad, ya de paso podría ser interesante que se investigue (leo en elconfidencial) a una supuesta secta con la plataforma integrista católica Hazte Oír, razón por la cual la Justicia ha llamado a declarar como testigo al señor Rouco Varela.) El señor Cosidó, en fin, pone en alerta ante la posibilidad de atentados terroristas. Si lo afirma, razones tendrá, es obvio. Pero mientras, ¿qué hacemos los ciudadanos? ¿Nos quedamos en casa o contratamos seguridad privada?