"Sigo porque la jubilación no me da para una caries"

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

Hace tiempo que no hace cine. ¿No le han ofrecido nada que le interese? No es que yo elija o no elija, me guste o no me guste. Simplemente hay una falta de oferta, producto de una situación crítica que es más significativa en el cine. He visto una película yo solo en la sala. La gente no ha dejado de ver cine, pero lo ve en otro formato, en otra situación: en su casa, incluso en el móvil. Ve cine, pero no disfruta de esa cosa maravillosa, que como un amor fiel conservo, con las palomitas, la sala enorme, la pantalla más grande, el sonido... Eso se ha perdido. Pero afortunada y subjetivamente también hay una oferta de teatro donde sí hay un interés en ir a la sala, más que a la de cine. Y eso es lo que vengo haciendo yo. Las ofertas me vienen de tanto en tanto. He trabajado mucho fuera de España, en Italia y en Francia. Eso se fue terminando y hoy estoy asentado en el teatro. Esto es producto de una situación, no porque lo haya elegido. Con 81 años, ¿no piensa retirarse? Yo sigo, es mi trabajo. De la jubilación no hablemos porque no me da ni para una caries. No tengo nada. No puedo vivir de la jubilación. Tengo que pagar cosas, médicos. Vivo con mi mujer. Afortunadamente es psicoanalista, aunque sufre las contingencias de la crisis. A mis hijos, que se dedican a esta profesión, les va bien y tienen su familia propia. Hemos quedado mi mujer y yo. Tenemos una casa producto de todo nuestro trabajo y nada más. Acabamos de acabar de pagar la hipoteca. Pero hay otras cosas que pagar y, si no trabajo, no se pueden pagar. Afortunadamente este trabajo me sigue entreteniendo y me sigue proporcionando la posibilidad de seguir viviendo y pagando cosas, que de eso se trata en esta vida: vivir, pagar y comprar. A su edad, la gira debe ser dura. Me entretiene mucho más que el teatro estable. Eso de ir seis días a la semana a un mismo lugar, hacer el mismo recorrido... Llega un momento en el que la gratificación de tener la sala llena siempre es un aliciente. De cualquier manera, prefiero la gira a la mecánica, la gimnasia repetida. Me permite salpicar distintos lugares y recordar situaciones como las que he vivido en esta sala. Después de tantos años, ¿todavía siente miedo al subir al escenario? Miedo no es. Se va manejando. Pero siempre hay un fantasma que aparece en un momento determinado antes de la función. No me gusta que interfieran cosas 15 o 20 minutos antes. Evito elementos que me puedan perturbar para decir algo que ya he dicho muchas veces. Pero es cuestión de segundos. Aparece algo así y luego lo deshecho. Quince minutos antes, con el telón bajo, voy al escenario y escucho el murmullo del público. Eso es una droga que me proporciona un placer absoluto. Todo eso conlleva que no me preocupe de la repetición. Mientras eso exista, mientras me pueda manejar con mis piernas y mi cabeza, yo sigo. No estoy ocupando espacios que no me pertenecen. El teatro me ofrece personajes acordes a mi edad. Siempre va a haber padres, abuelos y maridos cornudos. ¿Echa de menos el ambiente teatral de Buenos Aires? En estos momentos Buenos Aires es la ciudad más espectáculos ofrece. Más que Nueva York. Los fines de semana se hacen 300 espectáculos de 20 butacas, de 50 butacas, de 200 butacas, de 500... Luego, la gente discute. No digo que todos esos compañeros vivan del teatro, porque no alcanza. Pero hay una vocación, un amor, una necesidad y el público... Una maravilla.

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