"Sé que tengo fecha de caducidad"

Hoy, M.P.I.F. no sabe dónde está su exmarido. El mismo hombre que comenzó a pegarle dos meses después de la boda y que, dos días antes de celebrarse el juicio en el que el Fiscal le pedía cuatro años por malos tratos en el ámbito familiar, huyó a nadie sabe dónde. Eso fue el 15 de febrero de 2010. Desde entonces y hasta hoy, esta mujer continúa recibiendo llamadas telefónicas a cualquier hora del día o de la noche en las que cuelgan sin decir nada, anónimos en los que la amenazan de muerte incluso un ramo de flores con una tarjeta escrita con palabras que sólo conocen ella y su exmarido. «Él me dijo que tenía tres formas de matarme: con sus propias manos, con un brujo porque practica la santería cubana, o poco a poco si se llevaba a mi hijo, porque sabía que eso me iba a ir matando día a día».

Así, está condenada a vivir mirando siempre a su alrededor, vigilante y con una precaución extrema, porque nunca sabe de dónde le puede venir el golpe mortal. Una angustia que esta mujer cree que podría haberse evitado si la Justicia hubiera actuado a tiempo y no hubiera ignorado sus llamadas de socorro. «En una situación tan desesperada y después de conocer el caso de la abogada Josefina Navarrete, a cuyo supuesto maltratador, el empresario José Miguel Suárez Gil, le han colocado un dispositivo electrónico de control, me siento discriminada y agraviada por la Justicia», asegura. «Yo me cansé de pedir esa pulsera, pero siempre se me negó. Me decían que no había o que debían hacerse una serie de comprobaciones antes de ponérsela. Ahora, cuando lo solicita una mujer que conoce bien los resortes de la ley, como ella misma ha admitido públicamente, y tiene los conocimientos necesarios para que se cumplan todos los derechos que la ley le ampara, ese dispositivo se coloca sobre la marcha. Mi exmarido tenía delitos para ir a prisión provisional, como ocurrió con Suárez Gil, pero lo dejaron libre. Me alegro mucho de que alguien con poder y con la posición de Navarrete reconozca que la Justicia no es igual para todos. Su caso demuestra que hasta en el maltrato hay víctimas de primera, de segunda y de tercera clase».

Pero es que, además, M.P.I.F. también tuvo que soportar impotente cómo un juez de Instrucción ignoraba y archivaba las denuncias que interpuso cuando su exmarido quebrantaba las órdenes de alejamiento. «Estos casos deben seguirlos los juzgados de Violencia sobre la Mujer hasta que lleguen al trámite penal o, de lo contrario, suceden barbaridades como que un juez desautorice la sentencia de otro que decretó una orden de alejamiento por la seguridad de una mujer maltratada. Esa actuación judicial dejó a mi ex en la calle y le dio la posibilidad de desaparecer y, lo que es mucho pero, de matarme cuando quiera. Si, es cierto que hoy está en busca y captura, pero yo estoy en peligro de muerte mientras no logren detenerlo». Enamorada y ciega. La historia comienza en 1999, cuando M.P.I.F. conoció a este hombre en la cafetería de un hotel de la capital grancanaria. Él, de origen cubano, tocaba en un grupo de música y cuando tres días se encontraron en una fiesta, ella se enamoró perdidamente». Estuvimos dos años de noviazgo, en los que me trató como cualquier enamorado trata a su pareja y nunca dio muestras de agresividad. Sí notaba que era muy celoso, pero yo lo veía como una señal de amor».

En abril de 2002, se casaron. «Al mes y medio empezó a empujarme. En ese tiempo, él trabajaba en Tenerife y yo iba a verle los fines de semana. Cuando su grupo tocaba, me dejaba encerrada con un candado en la habitación porque decía que yo no tenía que ver sus actuaciones para que no sintiera celos de las mujeres que se acercaban a él. Así fue durante todo ese tiempo. Entonces ni siquiera me di cuenta de que me maltrataba, aunque entre 2003 y 2004, cuando ya vivíamos en Las Palmas de Gran Canaria, los empujones, insultos y agresiones de todo tipo eran muy frecuentes. Pero cuando ya fui consciente de mi situación, mi terror era tan grande que no me atrevía a denunciarle».

Sólo en una ocasión, en el mismo 2004, se decidió a contarle lo que sucedía a un amigo común, del que esperaba obtener ayuda. «Pero él se lo contó a mi marido y ese día recibí una de las palizas más brutales que me ha dado en estos años».

El infierno continuó los dos años siguientes. «Él es boxeador y cinturón negro de judo. Sabía muy bien dónde y cómo me golpeaba. Siempre me pegaba puñetazos en la cabeza y patadas en el estómago, y me solía levantar en peso por los pelos. Aprendí a no dormir, porque nunca sabía cómo iba a llegar y si habría paliza o no. Temía sobre todo los fines de semana, porque bebía bastante y cualquier detalle hacía que soltara los puños. El resto de la semana, yo trabajaba en mi negocio y durante el día estaba más tranquila, pero por las noches volvía a mi calvario particular».

Fue en 2006 cuando, armándose de valor, le contó a su médico de familia que tenía problemas con su marido. «Pero no le dije que me pegaba. Entonces ella me envió a la trabajadora social del centro de salud, y a ella le conté que me levantó la mano alguna vez, que me empujó y que me humilló. Ella me mandó a un centro de terapia y fue cuando se lo conté todo a una psicóloga especializada en violencia de género. Esta vez sí lo hice, porque sabía que no podía decir nada por ética profesional y, sobre todo, porque ya no estaba enamorada. Tras seis sesiones con ella, fui a la Policía y presenté la denuncia contra mi marido».

Sin embargo, no la firmó. «Cuando estaba todo hecho, el policía me dijo que iban a detenerlo, me eché a llorar y no firmé, porque él siempre me decía que si le denunciaba, me mataría. Tuve miedo y volví a mi casa, con mi marido».