FALLECE RICARDO LEZCANO

Se apagó la voz de la memoria

15/06/2013
ETIQUETAS:

Como si supiera que en algún momento la memoria le traicionaría, abandonándolo para siempre, Ricardo Lezcano se embarcó, en los últimos años, en rescatar recuerdos personales, poemas, cartas y otros textos que guardaba en su casa de Madrid para entregarlos a la imprenta y, por tanto, preservarlos del olvido en el que sabía que acabarían cayendo de no terciar su empeño. Fruto de esa labor de recuperación fueron libros como Contra esto y aquello, en el que reunió una selección de los artículos publicados en este diario entre 1983 y 2005, Cartas a Ricardo de su hermano Pedro, con las que construyó una autobiografía involuntaria, o el poemario Memorial de luces, sombras y derrotas, en el que confesó sentirse muy joven, eso sí con una juventud que no cura el tiempo, a pesar de andar entonces por encima de los noventa años. Tal era su vitalidad, sus ganas de vivir y su compromiso con el largo tiempo que le tocó vivir, aunque alguna vez reconociera también que arrastraba sus tristezas como el que arrastra un perro muerto.

El viernes, este hombre que no dejaba de repetir que era un afortunado, al que la suerte había acompañado siempre, nos dejó. Murió en Madrid, ciudad en la que residía desde hacía muchos años, en la que nació en 1917 ("Muerte fue el soplo que aventó mi vida./ Muerte fue el precio que pagó tu entraña", versos que dedicó a su madre, que falleció como consecuencia del parto en que nació) y en la que vivía con su eterna compañera, Flora García Ivars, que se fue hace algo más de un año, el 28  de marzo de 2012, y con la que tuvo dos hijas, Silvia y Alicia.

Funcionario de Hacienda, aunque también se licenció en Ciencias de la Información, tal era su pasión por esa literatura de hoja caduca que es el periodismo, Ricardo era canario de ascendencia y adopción. Antes de recalar definitivamente en la capital, pasó largas estancias en Las Palmas de Gran Canaria y también en Barcelona, donde tuvo ocasión de experimentar la fiebre revolucionaria que se vivió en los tiempos de la Segunda República y también la dolorosa derrota del Ejército Popular.

A aquellos años de juventud, tan intensos, en los que sorteó la muerte en varias ocasiones, volvería una y otra vez, como si se resistiera a abandonarlos. Quizás también, por la misma razón, recordaba el breve idilio que le unió a  la escritora Carmen Laforet en el verano de 1939. ("Carmen era una muchacha muy joven. Tenía 17 años y una inocencia encantadora. Tuvimos unas breves relaciones sentimentales", rememoró en más de una ocasión).

Ricardo  Lezcano era, por encima de todo, un intelectual irreductible, de unas firmes convicciones de izquierda que hallamos en las centenares de columnas que dejó escritas en Canarias 7, pero también en La Provincia, Informaciones, Sábado Gráfico, La Actualidad Española o El País. Ahí, como también en las dos investigaciones que publicó (La Ley de Jurisdicciones y El divorcio en la II República), dejó su impronta, su denuncia de las injusticias, su voluntad de construir un mundo mejor y también su dolor por una humanidad que se empeña cada día en perpetuar la violencia y la destrucción.

 Aunque en los últimos tiempos su salud ya se había deteriorado, especialmente tras la pérdida de Flora, no era difícil verlo pasear, siempre erguido,  apoyado en un bastón, con ese toque presumido de quien se sabía atractivo, por la calle Cartagena, cerca de la Avenida de América, o enfilando el Gimnasio Moscardó, al que acudía con regularidad para preservar la buena forma.  Y hasta el final, aunque ya la memoria comenzaba a hacerle unas travesuras contra las que trataba de rebelarse, cultivó generosamente la amistad y el cariño de quienes tuvimos la inmensa suerte de conocerle.