Nosotros, hijos de las clases medias

Ya superé la nostalgia. Confieso que la llevé conmigo al retornar a Gran Canaria durante un tiempo, sin saber cuánto duró. Pero es verdad que a la par que intentaba abrirme camino e iniciaba una nueva andadura (adulta y profesional) y deshacía las cajas repletas de recuerdos de los años en el Colegio Mayor, caía Lehmon Brothers como símbolo del pistoletazo de salida a la Gran Recesión de 2008. Por supuesto, no supe en ese momento interiorizar la magnitud de la noticia ni tampoco atisbar las múltiples y cruentas adversidades que como país nos aguardaba; pero sí sabía que una fuerte desdicha económica acontecía y que, para sorpresa de algunos, se acababa el relato intergeneracional de prosperidad siempre creciente que había distinguido a España como al resto de Europa desde la bienandanza sesentera. Dicho de otro modo, que a diferencia de la década anterior, ahora vendrían mal dadas.
Volvía a casa, sí, después de varios años; pero yo ya no era el mismo. Mantenía intactas las mismas inquietudes y las ganas de comerme el mundo; pero el paso por el Chaminade me había permitido, a todas luces, afianzar mi personalidad, enriquecerme mutuamente con amistades pluriprovinciales valiosas, muy valiosas, compartir ideas políticas y, cómo no, lecturas a mansalva. Y aquellas tertulias innumerables (cada una con sus anécdotas y perfiles) descargaron en mí, como intuyo que igualmente en los otros, olfato y ambición ennoblecida por saber. Estaba convencido que mi regreso al hogar coincidía con un punto de inflexión, no solo el personal y familiar, que también, sino el de la sociedad en su conjunto. Se había producido una coincidencia caprichosa.
No muy lejos del Chaminade, y por supuesto aún sin construir, un grupo de universitarios de la clase acomodada madrileña abanderaba por primera vez una firme contestación al régimen franquista. Fue en 1956, veinte años después del inicio de la Guerra Civil, ¡veinte años!, cuando surgió la primera crítica a la dictadura. Incompleta y de andar por casa, pero crítica política al fin y al cabo. Aquellos estudiantes (entre los que se encontraban Enrique Múgica, Javier Pradera, Dionisio Ridruejo, Ramón Tamames y tantos otros) firmaron un manifiesto que comenzaba diciendo «Nosotros, hijos de los vencedores y los vencidos» como soporte intelectual a sus reivindicaciones. Ahora, más de medio siglo después, me permito la licencia de retomar esa afirmación como encabezado para subrayar que hay algo que mi generación vivió y, por el contrario, se ha acabado con el riesgo de que quizá tarde otras tantas décadas en volver. A saber, las clases medias como garantes de una cohesión social brindada por el Estado de Bienestar que ahonda en la calidad democrática. En 1956 no la había, pese a la advertencia por tenerla, y hoy por hoy requiere preservarla desde el pensamiento sustentado de razones en el espacio público compartido.
Mis años en el Chaminade, junto a los que rondaron entonces por aquellos pasillos, fueron precisamente los espoleados por el frenesí de la bonanza, el crédito fácil y la riqueza ficticia de los nuevos ricos. Era la España incrustada en la jactancia de la liberalización del suelo y la burbuja inmobiliaria. Se pensaba fatuamente que los jóvenes estábamos destinados, con estudios o sin ellos, a proseguir con la estela de nuestros padres. Es decir, que al rondar los treinta años tendríamos un trabajo (aunque fuera mileurista), nos emparejaríamos de una forma u otra, tendríamos descendencia y rubricaríamos una hipoteca por los siglos de los siglos. Vaya por delante, que ese método de embaucamiento hacia la vida adulta ni es idílico ni sacrosanto; pero ofrecía una gran virtud: la estabilidad dada por los planes vitales inquebrantables al azar. Con todo, lo que prima ahora es la incertidumbre socioeconómica, la ausencia de vislumbrar proyectos a medio plazo y el empleo precario o desempleo recurrente o mutante entre desdichas aleatorias. Carne de cañón del acontecer tornadizo y cotidiano que la eventualidad nos ofrezca.
Una tarde de septiembre de 2002, sin cumplir aún los 18 años, llegué al Chaminade. Como pretendido universitario ir a Madrid y poder estudiar aquello que hacía tiempo que fervientemente deseaba fue una gran oportunidad que, pasado el tiempo, considero que supe aprovechar y saldar con el destino trascendental de la vida. Como canario fue la ocasión, nada fácil, mis paisanos bien lo saben, de romper con la insularidad. Me lanzaba en el momento adecuado y de la manera más fraternal posible; rodeado de semejantes, cobijado en el Colegio Mayor y todos decididos a cumplir con metas y desempeños similares.
El curso 2002-2003 fue precisamente el último del Colegio Mayor masculino. Por tanto, tuve la ocasión de vivir en primera fila el debate que supuso convertirse en mixto. Quizá, lo de debate es un hablar; ya que desde primera hora se oteó que la decisión venía sobradamente impulsada desde la dirección. Con todo, de aquel proceso quedarán las asambleas interminables, las reticencias del equipo de rugby y el sector taurino, las conversaciones recurrentes en el comedor y, las cosas como son, las ensoñaciones de naturaleza juvenil sobre qué chicas vendrían. Fue lo habitual para nosotros. Y, ciertamente, desde entonces el Chaminade fue otro; progresó hacia una nueva dimensión que pronto se consolidaría. Hubo cambios y desapareció la tuna, imagino que no fue casual, pero el avance y el enriquecimiento de la convivencia lo merecieron con creces. El Chaminade se convirtió todavía en más maduro, en un enclave de convivencia acorde a las inquietudes que afloraban en la juventud de aquel momento.
Después de todo, hubo una nota caracterizadora que acusé para bien desde el inicio. La oportunidad, la gran oportunidad, de tropezarme en mi trayectoria vital con un acompañamiento cristiano en el ámbito universitario de carácter abierto, enriquecedor y que cultivó en mí las mejores intenciones espirituales. Un repertorio interior que ha quedado alojado para el resto del tiempo; sobre todo, porque me permitió concordar con un carisma cristiano tolerante, comprometido socialmente y sostenido en sacerdotes (que no lo parecían) ostentadores de un andamiaje intelectual que casaba con las hornadas de jóvenes universitarios que llegábamos. Pronto, se podía constatar que el espíritu rompedor del Concilio Vaticano II no solo había promovido el Colegio Mayor Chaminade en sus comienzos sino que también, y no siendo menos, seguía presente de manera respetuosa y al alcance de cualquiera que quisiera acercarse para vivir de forma directa un cristianismo que, por fortuna, se alejaba del arquetipo imperante del alzacuellos neoconservador.
Es más, a estas alturas del texto en el que estamos entre amigos, tengo una confidencia a compartir: en el Chaminade, en serio, de verdad, por primera vez encontré un espacio recíproco y grato en el que vigorizar mi cristianismo y carisma espiritual. Por fin, me sentía cómodo.
Por otro lado, la pasión política fue la otra clave que desplegué con creces. Tuve el honor como delegado de coordinar el Aula de Política en unos años en los que los actos, las conferencias y las cenas en el comedor de invitados fueron práctica habitual semana tras semana. Fue una oportunidad inolvidable de atestiguar inquietudes con personajes políticos, intelectuales y públicos de primer nivel. Santiago Carrillo, Joaquín Almunia, Juan Carlos Aparicio, José María Fidalgo, Santos Juliá, Jordi Sevilla y tantos otros nombres con sobrada suficiencia intelectual que haría interminable nombrarlos; compartieron veladas entrañables en el Aula de Política. Experiencias, anécdotas y debate, mucho debate, se exprimió en las tertulias de aquel comedor de invitados que facilitaba un contacto diferente al protocolizado y ordinario de la calle. Por no hablar de aquellos conferenciantes, como por ejemplo Gaspar Llamazares, que pronunciaron su conferencia en la misma capilla; una muestra descomunal de librepensamiento inigualable que distingue de por sí la pluralidad del ideario del Chaminade.
Una noche fui a recoger a Marcelino Camacho y a su esposa a su casa del barrio de Carabanchel. Recuerdo que fue prácticamente imposible conseguir un taxi, pues había un partido de fútbol de ámbito europeo que reunía a todos en los bares. Pero al final Camacho compartió con nosotros una cena a pocos días de las elecciones generales de 2004. A la mañana siguiente, en escasas horas tras la velada, se produjeron los atentados de Atocha del 11M. De repente, el silencio y el recogimiento se instalaron en todo el Colegio Mayor. Hasta el domingo en el que se celebraron los comicios, el ambiente estaba por momentos enrarecido y a ratos triste. Por supuesto, muchos participamos (incluido el personal del Chaminade) de la manifestación institucional en el centro de la capital. Pero siempre tendré asociado la matanza de Madrid a la cena la noche anterior con Camacho, como si dos retazos históricos de España casaran en nuestra memoria universitaria y personal.
Me tocó desde el Colegio Mayor acontecer al país de la mayoría absoluta de José María Aznar en su segunda legislatura que vino presidida por los rumores continuos sobre quién iba a sucederle y el primer mandato de José Luis Rodríguez Zapatero así como su reelección en 2008. Todo ello, marcado por un ciclo económico de enorme expansión que revivió el espejismo del nuevo rico en una España donde todos éramos clase media, nadie se consideraba trabajador y los peores puestos de trabajo eran ocupados por los inmigrantes. La bonanza campó a sus anchas aquella década y el bipartidismo gozaba de una credibilidad política acorde a la alta legitimación del sistema constitucional de 1978 en el que habíamos nacido y sido educados. Fuimos los últimos. En breve, a la salida del Chaminade, nos encontramos con el comienzo de otra realidad muy diferente y adversa al irrumpir la Gran Recesión de 2008. Por consiguiente, nuestra incorporación al mercado laboral (o su intento) fue abrupto; fuimos una generación que no tuvimos una transición pausada de la etapa estudiantil a la adultez que rinda cuentas (si es que se puede) en su empresa o entorno laboral. Con nosotros se finiquitó el relato de prosperidad intergeneracional que llevaba décadas imperando y, cómo no, crecimos con la convicción de que el futuro que nos aguardaba no solo sería mejor al de nuestros padres sino que también podíamos, y debíamos, encauzarlo aún más para que luego nuestros descendientes recibieran un legado mucho más completo. No ha sido así. Al menos, por ahora. Y todavía desconocemos del todo las consecuencias socioeconómicas y políticas de la crisis de caballo que concierne al país. No tenemos ningún tipo de certidumbre que nos asista. Solo que experimentamos un periodo de brecha histórica, donde todo está en vertiginosa transformación y donde nada volverá a ser lo que fue. Y donde estamos obligados a convivir con la inestabilidad vital y laboral, desamparados de las certezas que brindaron a nuestros progenitores en época del tardofranquismo, la Transición y la consolidación democrática en un país que a la vez, ¡y por fin!, se europeizaba. Pero ni la arquitectura constitucional de 1978 ni la incorporación a la Unión Europea fueron tan idílicas como siempre creímos. Se cometieron excesos y hubo errores congénitos que toca ahora reparar si aún es posible. Tenemos una sensación en España a final de ciclo, que bascula entre el hartazgo cívico y la melancolía fustigadora de corte noventayochista, pero con la autosugestión de que pronto viviremos el arranque de una nueva etapa a modo de realidad que se antoja inexcusable tras el agotamiento histórico-político de un modelo que invoca a ser reformado seriamente o, según algunos, suplantarlo del todo. Se otea un debate colectivo arduo y nada sencillo al que todos estamos convocados. Aunque el lugar para ello es otro y no viene al caso en esta semblanza de un universitario canario en sus años en Madrid y en el Colegio Mayor que enseguida sintió como propio.
Permítanme la licencia de cerrar con un agradecimiento colectivo. A la dirección y personal del Colegio Mayor Chaminade, a todos ellos, uno por uno, por hacer agradable y sentirme recíprocamente querido en mi estancia en la Ciudad Universitaria de Madrid. Un entorno único en el que la memoria histórica de las Facultades y los paseos por el frente de guerra se entremezclaron con las idas y venidas a las librerías. Todos hicieron mucho más fácil que aquel joven canario aprovechara el tiempo y fuese a su vuelta, y para siempre, ya otro. Pero también vaya por delante un abrazo a los amigos, uno por uno, por todo lo que me aportaron y los momentos que juntos vivimos justo en una etapa personal que para todos resultó decisiva.
En fin, demasiadas incógnitas aguardan por ser despejadas. Con el envite de que deben ser resueltas precisamente por nosotros que por oportunidad y formación, tenemos el deber de reemplazar a los cuadros de la estructura nacional en todos sus contornos institucionales, económicos y sociales. A la próxima generación le corresponderá, en su caso, valorar nuestra contribución dentro de las posibilidades y límites que a su vez ahora nos encontramos. Pero esa ya es otra historia. Porque antes, en nuestro Chaminade, tuvimos unos años inolvidables que considero con especial cariño. Sobre todo, porque el Colegio Mayor fue el soporte idóneo para enraizar con Madrid. Y, es verdad, acaso no lo duden, confieso que fui feliz.