Diego P.V. fue acusado de golpear, quemar y agredir sexualmente a la pequeña Aitana, que terminó falleciendo como consecuencia de las lesiones. Partes médicos, notas policiales y la difusión en los medios de comunicación del hecho motivó un juicio paralelo que resolvió la condena pública de quien nada había hecho. La autopsia a la pequeña, de tres años e hija de su pareja, fue determinante. Nada de lo dicho hasta entonces era cierto. La verdad era la que había manifestado y mantenido desde el primer momento el detenido, acusado y condenado, sin que se respetase su derecho a la presunción de inocencia. Aitana recibió un fuerte golpe al caerse de un columpio mientras jugaba, él se preocupó de cuidarla, de salvarla y para ello demandó asistencia médica.

La suma de errores obliga a ir más allá que a una sincera petición de disculpas de cuantos, de una u otra manera, hemos participado o sido cómplices en este linchamiento público. El estremecimiento inicial, tras conocer la realidad de los hechos, ha de dar paso a una reflexión y debate sobre nuestros comportamientos y la ligereza con que estigmatizamos a unos y otros. Y cuando hablo de nuestros comportamientos, no me refiero sólo al de la prensa y al de los que en ella trabajamos, que nos hemos apurado en hacer acto de contrición; sino, también, a la totalidad de las administraciones públicas y al del conjunto de la sociedad, inmersa en un juego de espejos en el que participan unos medios de comunicación que reflejan lo que dice la gente y una gente que dice lo que reflejan los medios de comunicación. ¿Después de experiencias como ésta no es momento de preguntarse si no habrá que quebrar ese espejo, si no habrá que corregir no pocos fundamentos de esta civilización del espectáculo en la que nos regodeamos y en la que, como ha dicho Mario Vargas Llosa, «priman las formas sobre los contenidos, la diversión como supremo valor de la vida» y en la que la miseria, humana y material, es un objeto de consumo que brinda morboso placer. ¿No es tiempo de poner fin a la rueda de la sospecha sobre todo y todos? ¿No habrá que demandar que prime lo cierto antes que lo interesante?

Puede ser que la capacidad de hacer mal que tiene un periodista sea devastadora, como advertía Jean Daniel y, tal vez, que para un periodista, como proclamara el humorista norteamericano Fred Allen, un ser humano no sea más que una historia con piel alrededor, porque, como los definiera Javier Reverte, los periodistas suelen ser como una especie de voyeurs de un espanto que les es ajeno consiguiendo, como le pasase a Baudelaire, que resulte casi imposible tocar un periódico sin estremecerse; pero, en el caso de Diego P.V. todo parte de unas evaluaciones médicas erróneas, con detallado comunicado de las supuestas barbaridades cometidas, paseíllo ante las cámaras de un joven esposado de mirada perdida y conmocionada, que no asesina como quedaría demostrado más tarde, entre los insultos de unos cuantos e indignación de todos que, es verdad que fueron confundidos con informaciones erróneas, pero aquí, cada uno, sin considerar la presunción de inocencia, libremente condenó. Aquí no vale la obediencia debida. Aquí no vale exculparse, algo muy común en esta cultura nuestra. Aquí somos todos responsables. Aquí toca corregir demasiados comportamientos.