Luján Pérez: arte y resistencia

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Juan Ismael, Eduardo Gregorio, Jorge Oramas, Santiago Santana, Abraham Cárdenes, Plácido Fleitas, Felo Monzón... Muchas de las figuras del arte canario nacieron, crecieron y compartieron sus conocimientos en este espacio de  debate y creación, nacido en 1918 y que, con sus altos y bajos, ha conseguido llegar hasta nuestros días.

Durante 96 años, miles de grancanarios han pasado por sus aulas. Actualmente, cerca de un centenar de personas siguen acudiendo de lunes a jueves a la Escuela Luján Pérez, una institución educativa empeñada en ofrecer herramientas para que cualquiera pueda encontrar en el arte su medio de expresión.

«Es una escuela de arte libre», comenta su actual director, el escultor Orlando Hernández Díaz. Y es que la decena de profesores que brindan sus conocimientos en la escuela intentan no contaminar con academicismos la intuición, la imaginación y el conocimiento del alumno. No obstante, sí que se ofrecen conocimientos básicos sobre las materias esenciales de las artes plásticas; las técnicas del dibujo y de la pintura, según reconoce el director de la entidad alojada en las dependencias municipales de la plaza de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, situada al final de la calle Mendizábal, en Vegueta.

La Escuela lleva ocho años en la segunda planta de este inmueble. Inicialmente, en 1918, cuando la fundaron Domingo Doreste Fray Lesco y Juan Carló –su primer director–, se ubicó en la calle García Tello. Luego, se mudó a la calle San Marcos. Estuvo una temporada en Pamochamoso. Y, desde 1956, se radicó en el edificio de Vegueta, aunque en las reducidas dependencias de la primera planta.

A Carló lo siguieron al frente de la dirección de la Escuela Eduardo Gregorio (1927-1947), Santiago Santana (1947-1957), Felo Monzón (1957-1989), Juan Betancor y Agustín Alvarado (1989-1992), Felo Monzón Geara (1993), Agustín Alvarado Janina (1993-2007) y, por último, Orlando Hernández.

«Desde sus orígenes, la Escuela fue un reducto de libertad», comenta el actual director, que resalta el hito histórico que supuso la primera exposición organizada en 1929 por la entidad, que aglutinó a los artistas de un movimiento sin parangón en España; el indigenismo canario. «Hasta entonces la pintura no había buscado una mirada sobre el paisaje insular, ni el trabajo en el campo ni la mujer isleña».

Su papel como espacio de reflexión se acentuó durante la posguerra. De hecho, Hernández sostiene que en los años 50 y 60 fueron muchos los que se matricularon en la escuela y nunca llegaron a pintar. «Venían para hablar de política», reconoce.

En esa época, la libertad que se respiraba en la Escuela no se encontraba en otro sitio. De hecho, el pintor José Luis Vega (Las Palmas de Gran Canaria, 1937), ligado a la escuela desde los 13 años, recuerda con cariño la Neotea, una cacharrería de la calle de la Pelota donde, al cerrar las aulas, se reunían las mentes inquietas en busca de charla y algún ron. «Allí se juntaban curas, gays, republicanos y gente de derechas. Se llamaba Neotea, que era ateneo al revés», explica el veterano pintor, que nunca se ha desligado del lugar en el que tuvo su primer contacto con el arte.

Pero no todo ha sido un camino de rosas. La escuela ha vivido momentos muy críticos. Sobre todo durante la dictadura. «Entre los años 40 y 50  estuvieron a punto de cerrarla. Venía muy poca gente», comenta Hernández. Y ahora tampoco atraviesa su mejor momento. «Con la crisis, la tendencia es a desaparecer. Parece que no hay salida. Además, se nota cierto desapego de la gente joven hacia el arte. Puede que tenga que ver con las nuevas tecnologías y la existencia de otras formas de comunicación», sostiene el director, cuya intención es animar a la gente joven para que se acerque a las aulas de Vegueta.

No obstante, no hace falta ser joven para acudir a la escuela. «La edad no importa. Francis Bacon empezó a pintar a los 40», recuerda sobre el cotizadísimo pintor irlandés. De hecho, actualmente las aulas reciben a alumnos de entre 70 y 12 años. Y los menores de esa edad, disponen de un taller infantil, con capacidad para 20 niños.

Además, se imparten talleres de dibujo y pintura, de grabado y calcografía, de serigrafía, de escultura y talla en madera, de dibujo al natural, de conceptos y procedimientos artísticos y de acuarela. En el caso de las clases de dibujo y pintura se ofrecen de lunes a jueves, en horario de 18.30 a 21.30 horas, y los precios de los talleres oscilan entre los 15 y los 20 euros al mes.

Además de estos talleres, que imparten un total de diez profesores, la Escuela organiza charlas abiertas al público, además de exposiciones y proyecciones monográficas sobre técnicas, estilos y autores.

La idea no es formar a creadores profesionales. «Un artista necesita muchos años de formación. Aquí pueden estar tres o cuatro años como máximo y conocer las herramientas primarias para emprender un camino artístico», relata Hernández.

Pero el trabajo que se realiza allí, por muy libre que sea, también requiere disciplina y rigor. «No es una escuela de ocio. Es una escuela práctica», comenta José Luis Vega, que recuerda cómo su maestro Cirilo Suárez le confesó un día que ya no tenía nada más que enseñarle.

La escuela sobrevive con un presupuesto muy escaso. El Ayuntamiento ofrece el edificio y 5.000 euros, mientras que el Cabildo de Gran Canaria aporta otros 9.000 euros. El Gobierno de Canarias, desde hace cuatro años, retiró su apoyo al centro. «Vamos muy justos. Los profesores cobran muy poco», lamenta el director.

Sin embargo, la Escuela Luján Pérez tiene un gran patrimonio. Las obras cedidas por los profesores y alumnos y, sobre todo, recuerdos imborrables como la visita del pintor, crítico, dramaturgo y cineasta Jean Cocteau en el año 1962, o el encuentro entre las creadoras canarias Pino Ojeda, Lola Massieu, Yolanda Graziani y Jane Millares con Nina Kandinsky, la viuda del genio ruso y encargada de custodiar su legado. Eso, por mucha crisis que haya, jamás se lo arrebatarán.