Tejeda

Los pastores se quejan de las matanzas de cabras en Inagua

Ni siquiera el monte es un sitio seguro. Al menos no lo es para las cabras guaniles o salvajes ni tampoco para aquellas que tienen dueño reconocido. Los pastores se quejan de las últimas agresiones que están sufriendo los ganados en las estribaciones montañosas de Inagua y Pajonales.

No debe ser un espectáculo apto para menores de 18 años ni para personas muy sensibles. Pellejos todavía calientes arrancados de sus cuerpos, animales despiezados o cabezas cortadas son sólo algunos de los restos que suelen dejar los desconocidos después de matar a las cabras que se encuentran en las cumbres de la Isla, sean asilvestradas (las hay por centenares) o sean de ganado marcado y con propietario.

La inmensidad de los paisajes de Inagua y Pajonales garantiza el anonimato necesario a los cazadores, y la posterior colaboración de cuervos y otras especies carroñeras, que devoran los vestigios que dejan las matanzas, elimina las pistas para seguir el rastro a los culpables. Así las cosas, desde hace tiempo se están produciendo cazas furtivas de cabras en zonas de monte. Se están haciendo en suelo protegido y fuera de veda, lo que implica una doble infracción de la legislación vigente.

Machorras enfermas.

Según fuentes del Seprona, para disparar a un animal silvestre en una zona como Inagua, el tesoro medioambiental de Gran Canaria, habría que contar con una autorización expresa y nominada del Cabildo y un permiso de armas de la Delegación del Gobierno. Y si la cabra tiene dueño resulta evidente que se lesionan los derechos de su dueño.

Lo cierto es que el problema se hace cada vez más frecuente y sus efectos se están dejando sentir entre el ganado guanil que habita en parajes como Inagua. Los agresores matan a veces a los baifos y dejan a las cabras con las ubres llenas. Al tenerlas tan voluminosas, se las rozan y las dañan con los riscos y acaban enfermando de tetera negra, muriendo y contagiando los males al resto. Otras veces se llevan a las madres y lo que consiguen es que las crías mueran de hambre.

A Domingo le aniquilaron nueve rumiantes.

Domingo Medina las echó de menos el pasado domingo 20 de abril. Le faltaban seis cabras de un ganado de más de 200 que mantiene en el Cortijo de Pajonales. El lunes se pasó el día buscándolas junto a sus perros y dio con los restos de tres de ellas, escondidas entre matojos, en el Pico del Cofre. «Una estaba entera, aunque le habían quitado la numeración que lleva en la oreja, y de las otras dos sólo dejaron cabezas, pellejos y tripas». No las había matado un lobo, sino la mano armada de uno o varios desaprensivos. Las habían aniquilado a golpe de escopeta y eso que la época de caza hace meses que acabó. Las despiezaron y se llevaron la carne para comérsela. «Usted sabe lo que es esa carnita fresca, criada con pasto y sin piensos, eso está muy bueno, mano», dijo Domingo para explicar la motivación que incitó a los agresores.

El 22 de abril interpuso denuncia en la Guardia Civil y hasta la fecha. Sólo sabe que los agentes se están dando vueltas por los montes. Domingo, que vive en El Juncal de Tejeda, conoce además que estas matanzas suelen hacerlas con el ganado salvaje, pero asegura que no pueden haber confundido sus cabras con las silvestres porque «las mías llevan cencerro y se escuchan a kilómetros».