Los ojos que todo lo ven

12/04/2005

En caso de guerra, el Awacs se convierte en uno de los objetivos prioritarios a derribar. La capacidad que tiene este avión para controlar todo el espacio aéreo se ha puesto de manifiesto estos días durante las maniobras de la OTAN en Canarias.

Cuando los ecos del mítico tema Eye in the sky (Ojos en el cielo) de Alan Parsons aún resuenan en los oídos de los seguidores del legendario músico británico tras su paso por el auditorio Alfredo Kraus hace una semana, los cielos del archipiélago canario están surcados por dos Airbone Warning and Control System (Awacs) de la OTAN, un ojo electrónico que desde el aire controla todo el espacio aéreo.

Este torpedo aéreo de alta tecnología permanecerá hasta el viernes en las Islas como parte primordial de las maniobras que la OTAN lleva a cabo en el archipiélago. Su visión del espectro aéreo insular es básico como apoyo para los cazas (F-16 españoles y F-18 holandeses) que toman parte en estos ejercicios sin fuego real.

Compartir casi ocho horas de maniobras durante la tarde del domingo con los 17 tripulantes del Awacs sorprende y deja exhausto. La actividad va por ciclos bien diferenciados, con largos periodos de espera y otros de intenso y frenético trabajo, con el inglés como idioma común en este cosmos de nacionalidades.

Una vez en el aire, los primeros 45 minutos son de espera. Se percibe en su interior un crujido que proviene de los giros del Rotodome, el enorme radar que lleva en la parte superior. Comienza lentamente a funcionar y hay que esperar a que se enfríe, ya que durante el despegue alcanza una temperatura muy elevada. Mientras tanto, los encargados del radar, los equipos de vigilancia, transmisión y guerra electrónica chequean sus equipos para la misión.

En este caso, se trata de controlar el espacio aéreo durante dos ejercicios de confrontación entre dos bandos ficticios, cada uno con sus respectivos cazas de combate. «Nosotros, por supuesto, vamos con los buenos», comenta con sorna José Antonio Pereira, segundo de a bordo, que ocupa el cargo de oficial de asignación de combate y que instruye a un controlador de la Marina norteamericana al que evalúa durante el ejercicio.

Una vez alcanzada la ubicación asignada, al sur de las Islas en una zona de exclusión aérea para vuelos comerciales, el Awacs comienza a dar vueltas con el piloto automático en funcionamiento a una reducida velocidad y a 30.000 pies de altitud. Entonces se inicia la batalla aérea ficticia. Un escuadrón de F18 y F16 se encuentran en la zona de exclusión aérea y, sin armamento de por medio, comienza el enfrentamiento.

Los controladores del Awacs mantienen una comunicación constante con los pilotos de su escuadrilla correspondiente. Les informan de la situación del enemigo y sobre qué tipo de avión tiene que destruir.

Los datos que capta en pleno vuelo el Awacs se transmiten a tierra en tiempo real. Así, lo que la tripulación del avión ve en sus monitores lo reciben con apenas unas décimas de segundo de retraso, tanto en el centro de control de la operación en el Aeropuerto de Gando (nombre en clave papayo) como en una base de la OTAN en Italia. Por seguridad, todos los datos que recibe y transmite el Awacs están encriptados mediante complejos y secretos códigos.

Tras casi hora y media, se da por finalizada la primera maniobra. Los cazas de combate regresan a Gando y la tripulación del Awacs se toma un respiro de casi dos horas. En la cola del avión se encuentra la zona de descanso. Disponen de literas, unas neveras para el mantenimiento de las pequeñas cajas de comida personalizadas de cada tripulante y máquinas de café y un pequeño horno. «La tensión es tal, que apenas consigues desconectar un poco», asegura Antonio García, técnico de comunicaciones español.

Con la oscura noche encima, comienza otra maniobra. La tensión y la rapidez de reflejos es primordial, aunque el cansancio ya hace mella. Dos horas después, chequeo de equipos y regreso a la Base Aérea de Gando.