Libros como goles de la UD Las Palmas

27/04/2013

En teoría, la literatura escrita en Canarias debiera estar saltando de regocijo, porque en la primera mitad de cada año hay tres celebraciones que tendrían que ponerla en el ojo del huracán y en los escaparates de las librerías. Cada 21 de febrero se celebra el Día de las Letras Canarias, un fecha que se puso ahí hace siete años porque es el aniversario de la muerte de Viera y Clavijo para hacer visible lo que se escribe en Canarias; el caso es que, siete años después, no hemos salido del propio Viera. Luego viene el 23 de abril, el Día del Libro, por aquello de aniversario de la muerte de Shakespeare y Cervantes, el día que debe relumbrar nuestra lengua y se entrega el premio máximo del español que lleva el nombre de don Miguel, y que en Canarias se limita a una firma apresurada de libros de algunos escritores.
Finalmente, casi siempre a caballo entre mayo y junio, se levanta la Feria del Libro (no sé cómo será este quinto año de la era de los recortes), y las casetas se llenan (o se llenaban) de bestsellers, premios rimbombantes, éxitos editoriales nacionales y alguna esquinita para algún libro isleño que puede que alguien vea entre tanto título de los que anuncian en televisión. Es decir, lo que debiera ser una verbena continuada de apoyo a nuestra literatura se ha convertido en una especie de exhibición a plazos de lo que parece que sea más una agonía que una fiesta.
Así, una fecha como el 23 de abril no sé si pasa con pena, pero sí estoy seguro de que transcurre sin gloria. En realidad no ocurre, no tiene lugar, no sucede, no se da, no acaece, no sobreviene... (no sigo porque me da pereza levantarme a mirar del diccionario de sinónimos). El Día del Libro, como el anterior de Las Letras Canarias y los que siguen de la Feria del Libro pasan sin existir, atravesando un bosque de indiferencia general de los responsables públicos (hay muchas clases de responsabilidad cultural), libreros empeñados en colocar torres de historias de vampiros o de conspiraciones masónicas y un sentir colectivo de mirar a quien escribe como un caradura mendicante que molesta.
Es lógico, ninguna de las personas que escriben en esta tierra ha marcado goles en el Mundial o en la Eurocopa, no canta en un grupo musical eurovisivo ni presenta un espantoso programa de telebasura. Es que la gente que escribe en Canarias ni siquiera se toma la molestia de apuntarse al casting de Gran Hermano, y así no hay manera.
Tal es la atonía y el desinterés, que en una pasada edición de la Feria del Libro este periódico pidió a siete libreros que exponían en el parque de San Telmo que recomendasen siete libros cada uno. Es evidente que hubo coincidencias en algunos títulos de moda, pero de las cuarenta y nueve posibles respuestas hubo ¡solo una! que recomendaba un libro escrito en Canarias, y era Faycán, de Víctor Doreste, un clásico, nada de un escritor vivo. A la conclusión que se puede llegar inmediatamente es que en Canarias no hay escritores vivos, que el último poeta que respiraba del que se tiene noticia es Andrés Sánchez Robayna, y que después de los narradores de los años setenta hay 33 años de silencio narrativo absoluto.
Por fortuna no es así. Después de que en los años 80 se condenara al silencio –así llamé a mi generación– a casi toda la literatura post-boom, del que casi por complicidad nos salvamos remando a cuatro manos la inolvidable Dolores Campos-Herrero y quien esto escribe, se destapó la hoya a presión de los que sí creaban pero no había forma de que publicaran. Esto sucedió al final de la década gracias a iniciativas como Nuevas Escritura Canarias y a algunos premios literarios que, a salto de mata, daban a conocer nuevos nombres. Y la cosecha siguió en los años noventa y ya en este siglo, por lo que podemos decir que la creación literaria en Canarias está probablemente en el mejor momento de su historia, aunque no se refleje así en la sociedad por razones que en cualquier otro lugar no se entenderían.
Por ceñirnos solo a la narrativa (la poesía siempre ha estado y sigue ahí como un tren imparable) y a los últimos meses, puedo hablar de una recolección magnífica de narrativa. Hay que hablar de las recientes publicaciones de María Jesús Alvarado (Sorimba), Santiago Gil (Yo debería estar muerto) o Elio Quiroga (El despertar), que son géneros distintos pero novelas con la garantía de la solvencia demostrada por sus autores. No hay que dejar atrás la incursión histórica de Carlos Álvarez en su magnífica visión de la figura y la época de doña Beatriz de Bobadilla, condesa-viuda de La Gomera, de autores de gran valor literario como Antolín Dávila, Eduardo González Ascanio, Angeles Jurado, Eduvigis Hernández o Berbel, poeta contrastada que hace su primera expedición a lo grande en la narrativa con un bello libro de relatos.
Anoche se presentó la última novela de Juan R. Tramunt, Piel de lefaa, una novela muy curiosa en la que lo detectivesco, lo político, lo humano y lo etnográfico se entremezclan en una narración que no se deja soltar una vez se entra en ella, en un recorrido que nace en Canarias y se mueve por Europa y el Magreb tan querido por el autor. Y luego José Luis Correa, que nos hace su sexta entrega del entrañable y a veces irritante detective Ricardo Blanco; me refiero a Blue Christmas, una novela que comparte título con una memorable canción de Elvis Presley, pero que respira en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, con un desparpajo encomiable y sin complejos universalistas (lo que la universaliza). O Alexis Ravelo –otro amigo, como los otros, qué quieren, soy de muy malas compañías–, que nos dio la última entrega de su detective Eladio Monroy en Morir despacio, y casi sin dejarnos respirar, La estrategia del pequinés, una novela negra-negrísima con la tinta aún fresca; en ella da descanso a su hasta ahora detective-bandera y nos lanza por un tobogán trepidante que ha recibido elogios hasta de Andreu Martín uno de los santones del género en España.
Ravelo y Correa se suman así al tren de la novela negra en el que viaja hace tiempo Antonio Lozano. Este género está ahora en un gran momento editorial, y se habla mucho de ello, aunque también es verdad que hace un cuarto de siglo ya se publicaron algunas novelas de este género, como Los días del paraíso, que su autor, León Barreto, ambientó en las corrupciones mafiosa del sur grancanario. Pero entonces no soplaba ese viento a favor del género. En cuanto es este asunto, siempre he repetido lo que un día dijo el inefable José Manuel Lara: «No conozco sino dos clases de novelas, las buenas y las malas». Y esto, que suena a boutade, no lo es, y en nuestros narradores se da la circunstancia de tienen la manía de escribir bien. Cuando se habla de géneros de novela, se pretende muchas veces aminorar la importancia de estos libros frente a las llamadas «novelas literarias», aunque yo no conozco ninguna novela que se precie que no lo sea. Y con esa estúpida vara de medir convertiríamos en autores de segunda fila a Ray Bradbury, Dassiel Hammet, George Orwell, G.H. Wells, Huxley, Chandler… Un disparate.
Por lo tanto, he descubierto que en Canarias hay narradores vivos y buenos, y si queremos crecer colectivamente todos debemos apostar por nuestra literatura, la clásica y la actual, porque es fundamental para el avance de Canarias como sociedad. Feliz semana cervantina y ojalá nos veamos en la Feria del Libro apoyando a nuestros autores con el mismo entusiasmo que se vitorea un gol de la UD Las Palmas. Como actúan en los países punteros de Europa, y así les va.