Las acequias le ganan a las lavadoras

16/04/2017
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Todavía hoy algunas mujeres del municipio grancanario de Valleseco acuden con asiduidad a los lavaderos para allí, a mano, lavar la ropa con agua corriente. No son muchas, pero lo hacen porque les gusta y para mantener una tradición que viene de años más duros, de cuando no había lavadoras automáticas.

En Valleseco hay aún varias acequias disponibles y en uso para el lavado de la ropa. El Ayuntamiento se ha encargado de que estos lavaderos públicos se mantengan en perfectas condiciones y de que los dueños del agua que por allí pasa no corten el suministro. Estas acequias son utilizadas desde tiempos inmemoriales en el municipio de Valleseco. Es cierto que ya no hay en el pueblo quien necesite de su uso; las lavadoras automáticas y las secadoras son de uso común en las casas. Pero las mujeres que todavía hoy acuden por lo menos una vez en semana a las acequias aseguran que no es lo mismo. Los lavaderos, que van unidos a la compañía y la conversación, les dan vida.

Es el caso de Cándida Sánchez Santana que aunque en su casa no tiene una lavadora, sino dos, y una secadora, prefiere ir a la acequia de Lanzarote. Allí estaba el pasado lunes, con sus cestas, su bote con agua caliente por si le hacía falta y una docena de productos de lavado –polvos, jabón, lejía, desengrasante...–.  «O venga aquí o a Tierras Blancas», cuenta Cándida, que hay que reseñar que tiene 80 años. «Siempre me ha gustado más Tierras Blancas porque tiene dos lavaderos, pero este –Lanzarote– está más cerca de casa». Hasta allí la leva en coche el marido y luego la recoge, después de una mañana de restregar, mojar, torcer y vuelta a empezar. «En mi casa tengo dos lavadoras, dos piletas, una secadora, pero el día que no vengo aquí, lo paso mal. El día que lavo en casa, en la lavadora, no es lo mismo, lo paso peor».

Y es que aunque la tecnología ayuda, Cándida cree que no es lo mismo, nunca. «La macha en la lavadora sale tal cual. Si no la restriegas, ahí está». Sin embargo, en los lavaderos de Valleseco, el agua corriente, cuyo paso controlan Cándida y sus compañeras de faena, es limpia y cristalina, «y no está fría, no», y de ella sale la ropa, o los zapatos, «impecables». Ya en casa, «la centrifugo y la tiendo, depende de cómo esté el día», si hace más frío, si llueve o hace sol. En todo caso, dice Cándida que «la lavadora no se hizo para mí, no me gusta», aunque si hay usarla porque no queda más remedio, la usa.

Junto Cándida está  Enélida María Lantigua Pérez, de 69 años, vecina de Lanzarote. En realidad, tiene el lavadero a un paso de la casa. Hasta él acude con los barreños y cestas, en la cabeza en algunos casos, como se hacía antiguamente. «Desde los 10 años, cuando me enseñó mi tía María, lavo aquí, en la acequia. «Tengo lavadora, claro, pero me puede más esto. No me hallo si no vengo. Si tengo que poner una lavadora, la echo a andar». Y en el lavadero Cándida y Enélida hablan de las que no han  venido, de sus cosas, de la casa, del tiempo... No se quejan de dolores ni de enfermedades. «Estamos acostumbradas».