La retirada de cadáveres de cabras del campo pone en riesgo al guirre canario

EFE

El guirre majorero, uno de los emblemas de la fauna endémica canaria, se ha topado con un nuevo e inesperado riesgo para su supervivencia: la normativa que prohíbe dejar en el campo los cadáveres de las cabras, la base de su sustento, y que los expertos ya empiezan a relacionar con el hecho de que su reproducción se redujera a la mitad en 2012.

Esta es la teoría que maneja un equipo de investigadores de la Estación Biológica de Doñana que, desde hace años, estudian en Fuerteventura a esta subespecie del alimoche, después de que en la década de los noventa las autoridades de la isla alertaran del peligro de desaparición de esta ave, tal y como había ocurrido 30 años antes en Gran Canaria y Tenerife.

El Ministerio de Medio Ambiente, Gobierno canario y Cabildo de Fuerteventura decidieron aliarse entonces en defensa de esta subespecie, diferenciada del alimoche en cuestiones genéticas y morfológicas, y comenzaron campañas de estudio y sensibilización que culminarían con el proyecto Life entre 2004 y 2008.

En estos días el equipo de Doñana, integrado por José Antonio Doñázar, Juan Ramírez, Julio Roldán y Manuel de la Riva, recorre la isla instalando un sistema de seguimiento automático del guirre mediante emisoras de radio, colocadas en una amplia zona de terreno, que permiten captar la señal de los aparatos de radio colocados en las patas del ave.

José Antonio Doñázar explica a Efe cómo estos aparatos, con GPS incorporados, permitirán localizar al guirre cada poco tiempo, lo que "aportará información valiosa, como si ha tenido un accidente o ha muerto y, sobre todo, cómo usa el territorio, de modo que los gestores, como el Cabildo, podrán planificar la utilización de la zona".

Al equipo de Doñana le preocupa, en estos momentos, los malos resultados que dejó la campaña de reproducción de 2012, cuando la cantidad de pollos se redujo a la mitad con respecto al año anterior.

Los técnicos señalan a la sequía que imperó el año pasado en la isla como posible causante y, sobre todo, a la falta de alimentos después de que el Gobierno canario pusiera en marcha una normativa que impide dejar los cadáveres de las cabras en las inmediaciones de las explotaciones ganaderas y obliga a llevarlas al vertedero.

Doñázar cree que la falta de comida, a la que se está enfrentando este animal en peligro de extinción, ha influido en "el bajo éxito reproductor, ya que solo llegaron a volar unas 16 pollos cuando lo normal son unos 25".

Mientras alerta del peligro al que se vería sometido la continuidad del guirre majorero por la falta de comida y recuerda que en Fuerteventura hay tres guirreras repartidas por la zona norte, sur y centro, el técnico defiende la idea de que cada explotación ganadera debería tener su propia guirrera.

"Las leyes europeas han abierto muchas posibilidades en este tema y hay una legislación que permite que cada ganadero tenga su guirrera. Lo que hay que hacer es implementar esa legislación y favorecer a los propietarios con ayudas", añade.

Para este investigador de la Estación Biológica de Doñana "ecológicamente es insostenible que cadáveres de cabras, que pueden ser eliminados por guirres a coste cero, se estén llevando a los vertederos con un importante coste ambiental y económico".

Después de más de veinte años trabajando en la conservación del guirre majorero, algunos de los peligros que, hasta hace unas décadas acechaban al animal, hoy parecen solventados y se ha conseguido pasar de 22 territorios en el año 2000 a unos 50 en estos momentos.

Gracias al proyecto de conservación del guirre y a las campañas de sensibilización, se ha podido solucionar el problema de los tendidos eléctricos en los que quedaban atrapados los animales y las muertes por envenenamiento.

Sin embargo, aún quedan metas que superar como concienciar a los cazadores de no dejar animales muertos con restos de plomo desperdigados por el campo a disposición del guirre.

Además, el guirre majorero tiene que luchar contra una baja variabilidad genética, una endogamia propia de las aves que viven en islas y que aumenta, entre otras cosas, las posibilidades de enfermar, aunque a eso aún no ha encontrado solución la comunidad científica.