La regla del 30 consumió a La Palma

08/08/2009

La Palma llevaba una semana fundida en una ola de calor, con vientos desecantes que habían conseguido que la vegetación perdiera toda la humedad. La Isla tenía esos días una humedad media de entre el 8% y el 12%, temperaturas de más de cuarenta grados -en Fuencaliente, a las dos de la mañana, los termómetros marcaban 38 grados- y vientos de 45 kilómetros por hora, con rachas de 70 kilómetros por hora. Como dice Miguel Ángel Morcuende, el director de extinción del Cabildo, «estaba todo preparado para arder».

Son estas circunstancias las que explican la virulencia y la velocidad. Las llamas, alimentadas por la meteorología, la abundante vegetación y la propia dinámica de vientos de la Isla, alcanzaron los 50 o 60 metros de altura. Para hacerse una idea, sería como si el fuego subiera hasta tres cuartas partes del hotel AC de la capital grancanaria. En su fase más intensa, las columnas de humo subieron cinco kilómetros y las temperaturas llegaron a los 1.000 o 1.200 grados.

Así las cosas, no resulta complicado imaginar la dificultad de sofocar un gran incendio forestal, máxime si se tiene en cuenta que nos encontramos ante un terreno escarpado, de difícil acceso. De hecho, los helicópteros que vertían el agua para apagarlo, no podían acercarse a menos de doscientos metros de las llamas en su fase más intensa.
Estaban, pues, todos los ingredientes sobre la mesa. Así, cuando salta la chispa -el origen del fuego sigue sin determinarse-, el viento que viene del noreste, desboca al fuego, que se echa a correr literalmente hacia el sur. En menos de dos horas, se come cien hectáreas. Y en menos de veinticuatro horas, se extendió casi por el 80% de toda la superficie afectada. El incendio avanzaba a una media de cinco kilómetros por hora, sobre todo en la zona de pinar, donde, por los vientos de convección o topográficos, van prendiendo las crestas de los pinos.

Se podría preguntar por el estado del monte, pero lo cierto es que, como dijo el presidente del Cabildo grancanario, José Miguel Pérez, es imposible limpiar todo el terreno al cien por cien. «Antes no había este tipo de incendios», explica un técnico a pie de monte, «esto es el resultado de haber cambiado la forma de vida». «Antes se cocinaba con leña y la gente limpiaba de madera todo lo que había a su alrededor, pero eso ha cambiado y ya no hace falta talar, con lo que tenemos todas las superficies forestales con un poco de carga», prosigue el analista, «esto es un problema que está ocurriendo a nivel global».

La orografía local también hizo de las suyas. Tigalate se encuentra a media altura, apoyada en la dorsal que viene desde el corazón de La Palma. Por el empuje del viento, el fuego comienza a bajar en paralelo a esta pared natural. Sin embargo, cuando se acaba esa barrera, en la zona de Los Canarios, el fuego ya no está constreñido y puede extenderse en todas direcciones. Por eso, gira hacia el norte y empieza su ascenso en dirección a Santa Cecilia. En su avance, las llamas van disparando pavesas que inutilizan cualquier cortafuego que hiciera hasta ese momento. «Hacíamos cortafuegos, pero se los saltaban», recuerdan las brigadas de extinción, «se saltaron los cortafuegos, las carreteras y hasta los pueblos».

No son simples brincos. En estas condiciones, las llamas pueden cubrir distancias considerables. «Saltaron varios kilómetros», prosiguieron los analistas. Eso explica algunas imágenes sorprendentes estos días, como las de Fuencaliente, donde la iglesia se quedó intacta y los árboles que están a su lado, más alejados del fuego, aparecen quemados. Las víctimas de estas llamas saltarinas fueron también Los Quemados y Las Indias, núcleos que padecieron esta «lluvia de fuego».

Con el día, las cosas no mejoran mucho. Empiezan a actuar los vientos de convección desde el mar a la tierra. Y eso reactiva los frentes, los empuja hacia el norte, de modo especial en la vertiente este, que se recrudece en dirección a Cumbre Vieja. «En cuanto sale el sol, todo tira para arriba», explica Morcuende, «tenemos entonces los dos frentes avanzando hacia el norte, amenazando con quemar prácticamente toda la Isla».

En Santa Cecilia, una colada impresionante de lava, se aprestan los equipos. El malpaís ya no se puede quemar más. Eso supone una barrera natural de la que se aprovechan los equipos para contener el fuego. Este frente está estabilizado. Pero la vertiente oriental sigue su camino imparable. Se salta dos barreras y continúa, empujado por el viento, alimentándose de pinos.

El Centro de Coordinación de la Operativa Insular (Cecopin) decide entonces cercar al fuego, destinando a la zona a las tres brigadas que presentan un grado de especialización mayor en el manejo de fuegos forestales en condiciones extremas: los bomberos de Medio Ambiente del Cabildo palmero, los presas de Gran Canaria y la Brifor de Tenerife. Los grancanarios se atrincheran en La Horqueta y mediante fuegos técnicos -una práctica muy complicada que consiste en estampar un incendio contra otro para extinguirlo- logran frenar el avance en el triángulo rectángulo que forman La Deseada, las lavas de la Malforada y la montaña de La Horqueta.

El fuego logra avanzar un poco más pero ya está prácticamente muerto. Además, han cambiado las condiciones meteorológicas: desciende la fuerza del viento, aumenta la humedad y las temperaturas se desploman. Como al principio, las circunstancias climatológicas resultan fundamentales: se va el calor y los termómetros registran un descenso de 10 grados en el centro del incendio, y de hasta 13 en el perímetro. «Eso fue vital, porque si no, no paramos el incendio», reconoce Morcuende.

«El hecho de que no se perdieran vidas humanas da fe de que se ha hecho un buen trabajo», añaden otros analistas consultados por este periódico, «parar el fuego en aquellas condiciones era poco menos que imposible, y que no haya muerto nadie es un logro muy importante».