Voces, palabras...

La rebelión ética de cien diputados franceses

23/04/2014

El señor Hollande, presidente de la República Francesa, promete que renunciará a la candidatura para la reelección en 2017 si no reduce el paro. Su Gobierno (lo preside el señor Valls) anuncia radicales medidas económicas que, claro, impactarán negativamente en los más desprotegidos sectores sociales. Y es que sobre una población activa de treinta millones de contribuyentes (en España, veintitrés millones), el paro vuelve a subir en Francia y afecta ya a tres millones de personas (cinco en España), casi el diez por ciento de los trabajadores (frente al veinticinco por ciento en España).
Él había prometido su reducción. En consecuencia, la subida se opone a la promesa electoral, compromiso que me suena de la campaña española anterior, la de 2011. Por tanto, dice el francés, «si el paro no baja, no veo ninguna razón de ser candidato».  Afirmación esta que nos diferencia de Francia en cuanto que en ningún momento le he escuchado al señor Rajoy  la mínima insinuación sobre su no continuidad en caso de que el flagrante paro que asola España no disminuya de aquí a dos años. Decisión harto improbable, sin embargo, pues la alta responsabilidad del hidalgo español le impide dar la espalda a los problemas, y continuará en el Gobierno mientras el pueblo le siga votando a pesar de los pesares. Incluso tras la aplicación de una política económica ajena al programa electoral: el señor Rajoy, recordemos, prometió bajadas de impuestos. Al mes y poco de su toma de posesión como presidente del Gobierno sube el correspondiente a bienes inmuebles. Y en 2012, otros. 
Como reacción inmediata ante la situación económica, el señor Valls, primer ministro francés, pretende ahorrar cincuenta mil millones de euros en tres años. Para conseguirlo debe aplicar drásticas medidas a la manera española (nueva coincidencia): congelación de sueldos de funcionarios y de pensiones (salvo las más modestas, gran diferencia con España); reducción en los gastos sanitarios y de prestaciones, aunque no se tocan las que afectan a personas sin recursos (otra disparidad); ajustes económicos en las corporaciones locales; retraso en la edad de jubilación; reestructuración en los seguros de desempleo… Por el contrario, subirá los impuestos a los más ricos, elemento también diferenciador respecto a España: en la tierra quijotesca se benefició a quienes habían ocultado fortunas que no pasaron por Hacienda, es decir, se legalizó el dinero negro, procedente de no se sabe –ingenuidad- qué actividades económicas.
Sin embargo en Francia, como en España, nada dicen sobre reducciones en los cargaditos sueldos de señorías, enchufados en organismos públicos, consejos de administración de empresas del Estado, políticos y gobernantes en general que tampoco se verán afectados por los vaivenes económicos. Y es que, en ambos países, la crisis solo afecta a los mortales. Por tanto, de ella están exentos parlamentarios nacionales, senadores electos en las urnas, senadores que no representan la voluntad popular, diputados autónomos, presidentes de cabildos y diputaciones, alcaldes, concejales con dedicación exclusiva, consejeros, gabinetes de apoyo…
Pero no todo son coincidencias o aproximaciones entre ambos países, por más que haya apuntado algunas divergencias. Hay un elemento absoluta y radicalmente diferenciador: la rebelión de un gran sector de diputados socialistas franceses porque no se cumple con su programa electoral, aquel que llevó al cincuenta y dos por ciento de los franceses a creer en su palabra y a darles el voto. La política económica que anuncia el primer ministro francés es considerada por los rebeldes como un atentado a las promesas electorales y, por tanto, ajena al pensamiento socialista por su clara vinculación con las corrientes neoliberales del más deshumanizado capitalismo. Así, la reducción de presupuestos para servicios sanitarios o ayudas sociales, por ejemplo, y que en España se llevó a cabo con inflexibilidad y sin miramientos hacia los más necesitados –los eternos parias de la sociedad- es rechazada de plano por tales diputados franceses. Todos ellos son conscientes de la realidad económica del país, de que no se puede hacer la vista gorda a lo que pasa en la calle, en los mercados, en la economía. Y saben que Francia necesita revolucionarias políticas que logren el equilibrio y reduzcan drásticamente el paro. Y como no están de acuerdo con las medidas que el señor Valls pretende imponer se rebelan contra la superioridad desde dentro mismo del sistema, desde las entrañas del mismo partido político, el socialista francés. Y ofrecen un plan de tres fases que, según ellos, será menos hiriente para los de siempre, la población anónima y silenciada. Por tanto, piden actuaciones inmediatas, pero cuyos efectos no impacten en sectores poblacionales ya bastante debilitados por la propia realidad económica.
Son, pues, fieles a su programa electoral, a las Ideas, a la palabra escrita para ser respetada y defendida. Y, como no están de acuerdo con la autoridad del partido, se rebelan públicamente contra él, osadía que en España –incluidos los psocialistas- traduciría la inmediata invitación a que se flagelaran bajo pena de ser borrados de las listas en las siguientes elecciones. O, incluso, serían confinados en pleno desierto antes de la condena a galeras por atentar contra el orden establecido. Porque sus señorías españolas saben de sus promesas electorales, conocen lo que está escrito en el Programa electoral, intervinieron incluso algunas en su redacción. Y entre todos se lo llevaron al pueblo, y le pidieron el voto para desplazar a los contrincantes.
Sin embargo, ante el radical giro y las impactantes diferencias entre palabras escritas y hechos reales de gobierno, nadie, absolutamente nadie de los elegidos (Senado, Congreso, parlamentos autónomos, cabildos, ayuntamientos) ha levantado la voz para pedir explicaciones y reclamar la vuelta a las promesas electorales. Muy al contrario, guardan silencio, el cómplice silencio de quienes intercambian sus promesas por asentamientos en los cargos.  
Frente a ellos, cien diputados franceses (es socialismo) son ejemplo de pudor y sentido deontológico de la política. Es, sin duda, la visión ética de una actividad.