Del Director

La muerte de Bhutto y el precio que pagamos todos

Por si era poca la tensión en el extremo oriental del planeta, llega un descerebrado y acaba con la vida de la ex primera ministra paquistaní Benazir Bhutto. Algo debe tener aquella región que los políticos de gran valía son apartados de este mundo antes de lo que les correspondía. Ahora, con Bhutto fuera del tablero de la política paquistaní y del complejo juego de las relaciones internacionales, la paz en la zona y, sobre todo, la estabilidad, se ven mucho más lejanas.

Pakistán es uno de esos estados de los que sólo tenemos noticias cuando hay desgracias, cuando al gobernante de turno le da por violentar las reglas del juego democrático (si es que las hay) o cuando una hambruna se lleva por delante a miles de personas. Esta vez no fue nada de eso, si bien lo sucedido entra perfectamente en el capítulo de las desgracias, aunque en todo caso de aquellas que son parte de la naturaleza del país. El terrorista de turno puso el sello de quien no sólo desprecia la vida ajena, sino también la propia: primero disparó sobre la ex primera ministra y luego, por si había alguna duda, hizo estallar una bomba que se mató a más de una decena de personas y dejó heridas a otras muchas. Vuelve así el rastro inconfundible del terrorismo unido al integrismo religioso, una peligrosa combinación que pone en juego un arma de destrucción ciertamente masiva (desde luego, mucho más temible que las que le imputaban falsamente a Sadam): el terrorista que no sólo no tiene miedo a la muerte, sino que encuentra en ella un supuesto premio a su fidelidad religiosa. ¿Cómo se puede luchar contra ello? ¿Cómo amedrentar a quien no valora ni siquiera quitar una hoja en su calendario vital? Ésa es la pregunta que lleva medio mundo haciéndose desde hace años y todavía no hemos dado con la respuesta: en Pakistán algunos lo intentaron por la fuerza y no les ha servido de nada; Estados Unidos probó con la tortura en Guantánamo y tampoco; y España se sacó de la manga la Alianza de Civilizaciones y todavía tenemos que estar pidiendo perdón a unos cuantos porque Granada y Córdoba son españolas y no parte del califato que ahora se intenta recuperar.

Sangre, sudor y lágrimas es lo que Churchill prometió a su pueblo en plena Guerra Mundial a cambio de la defensa de los valores de la democracia. En Pakistán se ha derramado mucha sangre, se ha sudado mucho para sobrevivir y se ha llorado en exceso. La muerte de Bhutto no es un asunto exclusivo de quienes allí viven: por desgracia, Pakistán es uno de esos estados cuyo gobierno autoritario es un aliado de Occidente en esa guerra contra el integrismo religioso. Es el elevado, más bien costosísimo, precio que hay que pagar para dormir medianamente tranquilo por las noches. Ahora, con Bhutto fuera de juego, las probabilidad del retorno por la senda de la democracia menguan considerablemente. Son los paquistaníes, por tanto, quienes más pierden en primera instancia pero el resto vemos como esa pieza del tablero de gran valor que es el país asiático se sumerge en la violencia irracional, fratricida e indiscriminada del integrismo.

Y puestos a señalar culpables, lo de menos es si se trata de una venganza arraigada en el pasado; si es fruto de los odios tribales que se siguen dispensando las diferentes etnias paquistaníes; si detrás de todo está la mano negra de un Gobierno corrupto que nunca quiso que Bhutto regresara; si es una célula de Al Qaeda... Es, en todo caso, otra obra del terrorismo con mayúsculas, ese que agrieta la convivencia, siembra el odio, agita las bajas pasiones y recoge tempestades. Es el mal de este milenio y lo fue del pasado y ahora que finaliza el año llega un terrorista a recordarnos que más allá de nuestro mundo feliz, de nuestro Santa Claus y nuestros Reyes Magos, hay otra realidad, una cruda realidad, que nos saca los colores a la Humanidad.

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