La arista

La ley de Clavijo

11/04/2016

Con el anteproyecto de Ley del Suelo, Fernando Clavijo, deja en la cuneta muchos de los míticos argumentos sostenidos por los «conservacionistas», como el santo y seña de «ni un metro más de tierra urbanizada» «no más cemento en nuestra costa o «no a la especulación del suelo». La ley de Clavijo les impide seguir en la manifestación, y meterle el miedo en el cuerpo al personal con el monstruo de la construcción. Los empresarios, que igual que los políticos, están encantados con las grúas, están demasiado contentos, tanto que el Círculo de Empresarios de Las Palmas piensa en nombrar a Clavijo presidente de honor después de considerar que por fin ha llegado el profeta, el hombre que «conciliará los intereses públicos con los privados» .
Es demasiado agorero pensar en la especulación como motor de la ley. Los empresarios canarios quieren ganar dinero, sí,  pero también gastarlo y llevan años pidiendo que los dejen, que tienen fondos y medios para hacerlo, pero el suelo, el cielo y el mar canario han sido demasiado importantes para entregarlos a una supuesta y perversa avaricia. Una especie de mantra  instalado en el subconsciente colectivo de los canarios por los conservacionistas, naturistas o ecologistas, a lo que no les importa que millones de metros cuadrados de nuestras islas estén empaquetadas en plástico, mientras debajo crezca una flor, que una grúa «florezca» en la costa.

Lo digo en tono jocoso, pero hay formas más serias de explicarlo.  Hoy por hoy, Canarias necesita aumentar el grueso de las inversiones y agilizarlas para que la economía termine de despegar y consolidarse y esta ley puede ser clave, no para darle la vuelta al ciclo económico, como ambiciosamente sostiene el presidente del Gobierno, sino para relanzar lo que tenemos, la misma industria en el mismo mercado, la misma actividad interna y la misma agricultura, no hay más. La Ley servirá para acelerar nuestros patrones clásicos de desarrollo, aumentar la capacidad del mercado, hasta ahora atascado por las restricciones de la ley, y con ello crear empleo, especialmente en el sector de la construcción, del que fueron expulsados más de doscientos mil canarios que aún no han logrado resituarse en el mercado laboral.

En fin, que los partidarios del control del suelo podrán seguir creando plataformas, pero para matizar algunas cuestiones de la ley, no para sostener el mismo lema. Y es verdad que existen riesgos, la mayoría ya señalados por la oposición, pero de alguna manera hay que dar un paso adelante, en este caso por la derecha, para animar al mercado y aprovechar la bonanza del turismo y el deseo, casi irrefrenable, de los empresarios de sacar a pasear por la costa su dinero y crear puestos de trabajo. Todos sospechamos que dejar en manos de los alcaldes las decisiones sobre planeamiento y licencias  es un riego, que si antes había una «sola ventanilla» ahora se abren 88 para posibles corruptelas, que el poder fluye mucho más disperso y que podemos ver adefesios levantarse ante nuestras narices y que algún que otro pelotazo trate de cruzar la línea de gol.   

Pero el anteproyecto de la Ley del Suelo, tiene un significado político mayor que las propias inconveniencias de su articulado, el debate que pueda surgir en torno al mismo y hasta el cambio de rumbo o «volantazo» que experimenta la concepción de la explotación del suelo. Es, en sí misma, la prueba de la madurez política de un presidente del que no sabíamos nada de cómo se las gasta. La Ley del suelo complace a mucha gente a la que el presidente se ha metido en el bolsillo, sobre todo empresarios y políticos, que ven como regresan a casa las ventajas de manejar los hilos del planeamiento o la construcción, una aspiración que revuelve las entrañas de cualquier partido con sólidas convicciones medioambientales y con poder municipal para pedir el apoyo a tan magna gesta.

Es lo que puede ocurrir a Nueva Canarias, que tendrá que explicar muy bien a los grancanarios, sobre todo a los empresarios, -últimamente muy metidos en política-, que no aceptan una ley que les beneficia, y que además responde a viejas reivindicaciones de los gran canarios. Pero es más, la habilidosa maniobra de Clavijo con esta normativa es lavarse las manos en Gran Canaria, el mal sueño de su mandato, y dejar en manos de Román Rodríguez, de sus alcaldes y del presidente del Cabildo, la decisión de aplicar la ley o no, con lo que eso puede significar. La retranca es de renombre. Clavijo ha metido un troyano en Nueva canarias y quiere liarla desde dentro, obligarla a hincar la rodilla, a reconducir su política, renunciar, negociar y aunar voluntades. Pero una cosa son los deseos y otra la realidad, que en NC tiene nombre de tremenda resistencia y terquedad infinita.     

La ley complace también al PP y el PSOE ha pasado por ella sin mayores problemas que rebeldías ocasionales. Pero quién más contenta está con la nueva normativa es Coalición Canaria, sobre todo la periferia, reforzada con el poder infinito de las licencias, dispuestas a mover tierras y a que las grúas cuelguen del cielo en estos próximos tres años, expectantes, además, con el maná de los famosos recurso del IGTE. La Ley del Suelo está pensada y hecha para los alcaldes y presidentes de Cabildos, los auténticos recaudadores de votos, entusiastas sostenedores y secuestradores de un proyecto que ha perdido esencia, pero conserva el poder en la periferia.

 Son ellos los llamados a conservar intacto el poder y revitalizarlo en 2018 en las urnas. Clavijo tiene claro que conservar lo que queda de CC en las islas menores es vital para su partido, y que revitalizarlo es la misión principal de toda la acción de gobierno, aunque le lleve a meterse en algunos charcos como el de la triple paridad, creo que, sin necesidad alguna, sobre todo de ofender a los que creen que el sistema es, en sí mismo, injusto y escasamente democráticos.

Es este un asunto con el que el presidente debe tener cuidado y amarrar a los «bichos», ya dispuestos a inmolarse por la causa, como el electricista Jesús Machín, el alcalde de Tinajo, que ha elaborado un discurso de agravios de Gran Canaria y Tenerife contra Lanzarote. Un discurso víctimista, muy parecido al que sostenían hace 30 años los reyes de la corrupción en esa isla, algunos en la cárcel, para mantener sus chiringuitos, enriquecerse y enriquecer a otros. Quizás los conejeros no deberían olvidar que el expolio de estos últimos años ha estado en manos de gentuza que ha buscado más el interés personal, que el público y que el dinero que algunos se han llevado a manos llenas, en algunos casos a cambio de un bolso de Loewe, es el que falta para garantizar algunos servicios básicos que se echan de menos en una isla por la que ha corrido el dinero a raudales.

Coalición Canaria merece otra cosa, otro debate y otros protagonistas distintos a los «machines», gente que eleve el discurso político y su práctica cotidiana, como lo que representa, en la misma isla, Oswaldo Betancort, alcalde de Teguise, que, de forma constante, eficaz y discreta ha logrado arrebatar y dar la vuelta, precisamente al municipio,  símbolo, santo y seña, del Partido Independiente de Lanzarote (PIL), baluarte del insularismo trasnochado y de la corrupción. Desde abajo, pero con nivel, intentado elevar el discurso a la categoría política que merece el nacionalismo y la unidad de Canarias y no a la bronca de personajes sin escrúpulos que están viendo en el giro que el presidente ha dado a las políticas de CC una oportunidad para volver a medrar y a ser la «ventanilla» del partido.     

Diez meses después de iniciada la legislatura nadie puede decir ya que no sabe para dónde va Clavijo, qué quiere y a quién protege. Se mueve entre el pragmatismo, el centro y la derecha, entre Soria y el PSOE sin ningún complejo. Aparenta ser progre, pero incuba bastante liberalismo, el que despacha en muchas de sus iniciativas aunque le dé la vuelta al lenguaje y lo retuerza. Es un experto en robar argumentos, a la derecha y a la izquierda, para darles la vuelta y poner los a su favor. Parece que el nacionalismo como ideología no le mueve más de lo estrictamente necesario, y que CC necesita del insularismo para sobrevivir a corto plazo y está dispuesto a echar los restos en esa tarea. Ha demostrado que puede «morder» en política, y que tiene el «colmillo retorcido», que sus enemigos deben temerlo.  Pero  también le toca elevarse. Es la condición de quien aspira al liderazgo político, moral e ideológico, y remover los cimientos de su partido y de la sociedad para no recular en  lo que sus predecesores han conseguido, una visión única de Canarias.