La justicia del cambullonero

R.R.

Santa Cruz fue escenario en el año 1720 del mayor motín que ha habido nunca en Canarias. El intento de la Corona por monopolizar el comercio de tabaco con América alzó a miles de cambulloneros que mataron al intendente Ceballos, enviado para acabar con el contrabando en el puerto.

El asesinato a puñaladas por una turba enfebrecida del intendente Juan Antonio Ceballos en 1720 fue el resultado, según explica el historiador Manuel Hernández en su último libro, Una rebelión contra la Intendencia, del miedo que la burguesía comercial de Tenerife tenía a perder el control del comercio de tabaco con América.

Ceballos llegó a la Isla para administrar las rentas de la Corona, toda vez que Felipe V había establecido en La Habana el Estanco del Tabaco, que obligaba a vender el producto al precio que marcaba el Estado. Esta medida provocó en Cuba la rebelión de Los Vegueros y en Canarias, a la llegada de Ceballos, la rebelión de los estibadores mulatos que acabaron con su vida.

La animadversión que desató su presencia entre las clases pudientes era entendida, pues llegó para poner en marcha la Casa de la Aduana y acabar con el contrabando de tabaco. Pero entre el populacho sólo se hizo patente el odio hacia su persona cuando en lugar de dar la libertad a su esclavo negro para que se casara con una mujer libre, como era costumbre, los ató a unas argollas y los ajustició a latigazos.

Animados por el silencio del capitán general, el único con potestad para aplicar justicia, y de los grandes comerciantes, los mulatos se rebelaron y «un zafarrancho de más de 1.000 personas», azuzados por el sonido de tambores y campanas, buscaron a Ceballos y lo mataron.

Luego, los mismos que los dejaron hacer «apresaron a 10 desgraciados y el capitán general los condenó a muerte a garrote vil para agradar a la Corona», dice Manuel Hernández. A los verdaderos instigadores del motín se les detuvo años después.