La cocaína siempre acecha

MARISOL COLLADO

Durante años nos vimos mil veces en ruedas de prensa donde ella denunciaba el tráfico de drogas y los escasos medios con los que contaban los iniciados para superar la adicción. Era una de esas mujeres que sin gran formación estaba dotaba de una fuerza dialéctica que penetraba; sabía enviar su discurso rabioso de tal manera que cuándo llegabas a la redacción para recomponer la reunión informativa uno de los titulares más brillante siempre era el suyo. Fue una época en la que la droga en la isla hacía estragos en las capas bajas de la sociedad hasta que, poco a poco, fue ampliando su incondicional clientela. La mujer de la que hablo fue pionera en la actividad de la muy folclórica y ya extinta Plataforma Ciudadana Contra la Droga movimiento que a mediados de los años noventa nació en el barrio de San José liderado por vecinos cuya ignorancia en el asunto era tan elevada que una de sus actividades “estrellas” era salir a la calle armados con palos con el fin de cazar drogadictos y traficantes para que no molestaran. Matar moscas a cañonazos. De esa época a los lectores les debe sonar “El Guaca”, personaje vinculado entonces al submundo del tráfico y cuyo imperio en el mundo de la droga le llevó a la cárcel. San José fue pues un amargo laboratorio de experiencias relacionadas con una lucha vecinal que daba palos de ciegos con más indignación que acierto. Esa lacra social marcó aquellas calles; las leyendas subían y bajaban las laderas y rara era la semana que no había redada. Fueron años muy duros. Vuelvo a mi historia. Hace seis meses supe de nuevo de ella. Lleva varios años apartada de toda actividad social porque también cayó en las garras de la cocaína; está pensando escribir un libro descarnado relatando su experiencia teniendo en cuenta que de cara a la sociedad y los toxicómanos era una heroína, mujer querida y respetada, pero, como ven, guardaba un secreto. Era una toxicómana más. “Digamos que se me fue un poco de las manos”, escribe. No la he visto personalmente pero por lo que cuenta la suya fue una lucha sin cuartel en cuyas pequeñas batallas perdió casa, alteró su físico y perdió amigos y familia. “Todavía no logro entender cómo la dejé. Fue un milagro porque solo los que conocemos la capacidad de seducción de la cocaína valoramos la heroicidad de estar “limpio”. Lo pagó duro en ciertos niveles y no precisamente en lo económico. Todo comenzó con pequeñas cantidades. Entonces ganaba dinero así que lo económico no era un problema hasta que la dama blanca se le subió descarada a la chepa, estalló todo y la demanda de su cuerpo fue a más. “La cocaína me costó la exclusión familiar cosa de la cual hoy me alegro porque mala familia que huye “puente de plata”. Tiene 55 años, dos hijos, tres nietos y una vida destartalada con un entorno que se avergonzó de sus actos. Su salud es débil. Está a la espera de un trasplante y hace cuatro años que intenta recomponer sus amistades pero la vida le ha dado con la puerta en las narices. Nunca cometió un delito pero el estigma de la droga le cerró todas las puertas porque vincularla con el robo es una evidencia que nadie cuestiona. “¿Cómo empecé?, ¡como todo!. Con pequeñas cantidades los fines de semana aunque ocasionalmente también consumía días sueltos. El mío es el mismo rollo de todos los que me lo contaron cuando yo era una tía que prestaba oreja para ayudarles. Es la historia mil veces escuchada. Es curioso que me ocurriera a mí, que fui pionera en los medios de comunicación creando programas que hablaban de los efectos nocivos de la droga. La Fortaleza de Ansite sabe bien de mí labor con los toxicómanos y de mis posteriores andanzas con la droga, así que no hablo por hablar”. Los movimientos sociales que cita estaban formados por monitores que habían sido drogadictos los cuales prestaban su experiencia para intentar sacar del pozo a otros chicos. Lo que no sabían quiénes estaban cerca es que ella, tan valiente, tan capaz, tan dicharachera, tan luchadora y dispuesta estaba siendo vencida por la misma la enemiga a batir, la cocaína. Inmersa en su relato he recordado lo que hace unos meses dijo en Canarias Armando Fernández Steinko, investigador, ensayista y profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y que viene como anillo al dedo. Criticó la doble moral existente en la sociedad y advirtió que muchos de los que se horrorizan por el consumo de estupefacientes son asiduos del consumo de drogas. Remató así Fernández: “es ampliamente conocido el masivo consumo de drogas como la cocaína entre las élites de poder del mundo occidental”. No respeta clases sociales y se pasa la vida de cacería. La historia que cuento es una muestra más de sus apaños para llevarse vidas por delante.

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