Tribuna libre

Juan Negrín, bibliófilo

20/10/2015
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Juan Negrín López (Las Palmas, 1892-París, 1956) aúna en su figura histórica haber sido un reconocido fisiólogo y el presidente del gobierno de la República (1937-1939) que se enfrentó a la rebelión franquista durante la guerra civil. Es uno de los personajes públicos más relevantes de los que han nacido en esta ciudad y, por otro lado, fue, durante mucho tiempo, una de los políticos más controvertidos en la historia contemporánea de España. Estar en el bando de los perdedores alimenta perversas y destructoras manipulaciones de los enemigos. El franquismo lo denostó hasta límites extremos e insospechados. El Ayuntamiento de su ciudad lo declaró (¡qué cosas!) «hijo expúreo». La maquinaria de propaganda de la dictadura sembró toda clase de dudas y acusaciones en la cuestión del oro de Moscú. Y las disensiones internas en su partido (había ingresado en el PSOE en 1929) le amargaron los años de la posguerra. Su gran carrera investigadora había quedado truncada. Hoy, su alta dimensión científica es justamente valorada. A  su vez, en los últimos veinte años su figura política ha sido reivindicada en los trabajos y publicaciones de Gabriel Jackson, Tuñón de Lara, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Ángel Viñas, Marta Graham, Paul Preston y otros tratadistas.

Junto a este perfil, Juan Negrín nos guardaba un profundo y delicado secreto: la biblioteca que fue formando a lo largo de su vida, desde sus tiempos universitarios en Leipzig. Esta gran colección se ha conservado durante más de medio siglo en la casa que habitó en París hasta su muerte, en la avenida que recuerda el nombre del historiador Henri Martin. Ahora, la Fundación que lleva su nombre presenta una ilustrativa muestra de los libros que leyó, estudió y disfrutó el gran científico, en una selección realizada por Salvador Albiñana y Juan Manuel Bonet, comisarios de la exposición. Son, aproximadamente, doscientos títulos que reflejan la sensibilidad y el amor al conocimiento de un bibliófilo de vocación. Como su propio titular, la Biblioteca Negrín tuvo una vida azarosa. Iniciada la guerra civil, fue trasladándose sucesivamente desde Madrid a Valencia y, un año después, a Barcelona. Entre las últimas llamaradas del conflicto, los libros fueron evacuados a Toulousse. Allí se dividió y una parte se depositó en París y la otra a Marsella. Ante la invasión alemana, un nuevo e inevitable traslado la situó en Andrésy, pequeña localidad cercana a la capital francesa. Finalmente, la biblioteca se reunió en París a mitad del siglo pasado, en donde ha sido guardada y cuidada por su nieta Carmen Negrín que, como ella dice, creció entre libros.

Así, la denominación de la exposición, La biblioteca errante. Juan Negrín y los libros, refleja significativamente la vida nómada que aquélla soportó en los tiempos aciagos de la guerra civil y de la segunda mundial. Hay que señalar que la exposición ha sido una iniciativa de la Fundación Juan Negrín. Pero los libros estaban y están en París. Entonces se contactó con la sede del Instituto Cervantes y su director, Juan Manuel Bonet, para verificar un reconocimiento inicial de la colección. Realizado éste y llevada a cabo una selección de los libros a exponer, la muestra se presentó en París en los pasados meses de mayo y junio. Ahora, se exhibe en la sede de la Fundación, en Las Palmas de Gran Canaria. En el catálogo, Bonet y Salvador Albiñana documentan y referencian detalladamente las obras expuestas, ediciones comprendidas entre los años 1896 y 1955. El visitante podrá encontrar joyas literarias como el extraordinario e inmenso poema de Pablo Neruda España en el corazón. Himno a las Glorias del Pueblo en la Guerra, en una edición de 1938, publicada por el Ejército del Este (la primera edición apareció en Santiago de Chile en 1937). También, poesía de Juan Ramón Jiménez (Sonetos espirituales, 1914) y García Lorca (Romancero gitano, 1937), libros científicos como El principio de relatividad, de Blas Cabrera Felipe, publicado por la Residencia de Estudiantes en 1923, y The Meaning of Relativity, de Albert Einstein (Princeton University Press, 1950), así como obras y testimonios características de los años de la guerra civil. Y no olvidemos la presencia poética de un paisano: Hogueras en la montaña, de Fernando González, 1924.  

 La exposición nos revela que Negrín fue un apasionado bibliófilo. No dejó de enriquecer su biblioteca en ningún momento de su vida. Cuando se exilió en Londres, la biblioteca no pudo acompañarle; sin embargo, compraba y compraba otros muchos libros que, después de su fallecimiento, acabarían siendo subastados en Sotheby’s. Su fe en la obra impresa como principal instrumento de pensamiento y de transmisión cultural se manifestó cuando, hacia 1927, se comprometió con la función editorial, junto con Araquistain y Álvarez del Vayo: la Editorial España ofreció un notable catálogo de publicaciones, entre ellos la primera novela de Alejo Carpentier o un interesante libro de Trotsky: Mis peripecias en España (1929), obra anterior a sus textos de La revolución española (1930-1940), publicados modernamente en Barcelona, 1977. En fin, la Biblioteca Negrín de París está a la espera de ser catalogada y esperamos que esta tarea pueda ser acometida en breve plazo. Junto a su herencia científica y a su legado patriótico como primer jefe de gobierno que se enfrentó a Hitler, Mussolini y Franco, es decir, a los demonios que destruyeron la Europa de su tiempo, redescubrimos ahora el legado de su biblioteca y su faceta como entusiasta amante de los libros, aspecto sustancial de su personalidad que, además, lo define como destacado intelectual de la Edad de Plata.