Ir al teatro y ser «normales»

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El día a día se desarrolla entre una celda de siete metros cuadrados, un patio de cemento y almuerzos en completo silencio para no ser amonestados. En ese mundo entre rejas, órdenes y restricciones, una salida al teatro se convierte en un acceso a la «normalidad». De eso disfrutan varios reclusos del Salto del Negro.

Primero se tienen que «portar muy bien». Si superan la prueba y están libres de amonestaciones se les otorga un «permiso» para acudir al teatro Cuyás. Lo hacen en grupos de diez con dos monitores, pero no llevan distintivos. Por eso, aseguran, durante las dos horas que están en el recinto de Viera y Clavijo entre el espectáculo y el descanso, se sienten «normales».
La palabra «normal» resulta clave en el lenguaje de estos reos. Ellos son «presos», ex drogadictos –están en un módulo especial al que acceden tras comprometerse a desintonxicarse y a aprender nuevas reglas de convivencia–, con años de experiencia en una celda compartida de 2x3 más el retrete. La privacidad se entrega en la puerta del centro penitenciario, pero el ser humano es un animal de costumbres y se adapta hasta que de nuevo recuerdan cómo era vivir fuera.
El teatro es una catarsis, ya lo decían los clásicos, y eso parecen sentir los presos cuando van al Cuyás. Una bofetada de realidad alejada de la monotonía cotidiana y dirigida de la prisión.
«Te mezclas con la gente y nadie te mira raro. Estás como uno más», afirma con voz rasgada uno de ellos en un encuentro organizado por el Cuyás.

En un aula que lo mismo sirve para practicar peluquería que para charlar sobre artes escénicas se sientan en círculo Jonathan, Jordi, Bautista, Dailos, Santiago y Ángelo con el director artístico del Cuyás, Gonzalo Ubani, la responsable de la gestión de audiencias, Marta Saavedra, una estudiante de prácticas, Vaitiare Saavedra, los actores Toni Báez, Miguel Ángel Maciel y Sara Álvarez y el director de La república, Nacho Cabrera.

Es la primera vez que un encuentro se celebra con la compañía que ha hecho la función, en este caso Los impostores, y por el ambiente no se sabe quién está más emocionado, si los protagonistas de la función o estos peculiares espectadores.

Charlan sobre la obra, sus significado, la moraleja y posibles continuaciones de la trama. Reconocen que no fue fácil y que, en la butaca, se preguntaban unos a otros qué significaba esto o aquello.

PARÉNTESIS. La reunión es otra hora y media de paréntesis carcelario, hasta que recuerdan a Bárcenas, a Urdangarín y a «tantos que mira lo que hacen y tú, te equivocas en la vida porque tienes un bache y estás aquí  años». Aquí es azul y gris. Mesas de hierro fijas al suelo. Cubiertos de plástico, literas oxidadas y armarios de hormigón. Por fuera un cerrojo castellano, por dentro una mirilla.

Quieren hacer teatro. A veces han hecho alguna función, pero las tablas imponen. «A nosotros también», aseguran Nacho Cabrera y el elenco de Los impostores. Otra coincidencia con la gente «normal».