Golpes a la Lapa. Kunkel

23/08/2007

El incremento extraordinario de población, nuevas urbanizaciones, el parcial abandono de la agricultura tradicional, construcciones en exceso y nuevas vías de comunicaciones, contaminación incontrolada de todo tipo, agotamiento de los recursos hidráulicos, etcétera, han causado (y siguen causando) un desarraigo de la población original y su vida acostumbrada. Ello lleva consigo nuevas formas de recepción y reacción que provocan una coexistencia frágil e inquieta, basada en valores artificiales o de poca persistencia».

Este diagnóstico del paisaje canario, de nuestra realidad económica y social, cargado de insolente actualidad, fue escrito por Günther Kunkel hace apenas 31 años.

Hoy, al acordarnos del amigo que se ha marchado, permanecen sus palabras, su pensamiento desarrollado en decenas de libros y centenares de artículos, en su deseo de transmitir ideas y saber, para conocer, entender y amar nuestro medio.

Llegaron los Kunkel a Canarias en aquellos años en los que creíamos haber encontrado el remedio definitivo para los cíclicos vaivenes de la economía isleña, con una industria turística en plena expansión, ciegos adoradores del becerro de oro del desarrollismo.

En la primavera de 1976, Kunkel seguía diciendo: «La ola del turismo que, con su brusco impacto, ha mostrado valores antes desconocidos, produjo lo suyo: una estampa cuyas influencias finales aún no están a la vista».

Para concluir su reflexión señalando: «La duda en los valores reales y permanentes representan solamente "una cara de esta medalla"; la pérdida de tales valores es la sombra (de aquella medalla) que ya nos alcanza, sombra cuya proyección supera la imagen original».

El pensamiento de Kunkel tiene la vigencia de los clásicos y es preciso acudir a sus ideas, como lo es también a ese trabajo, serio, metódico, rigurosamente científico, por más que algún mediocre intentara desacreditar su saber por el hecho de no sustentarse en títulos académicos.

Hoy, todo ese patrimonio, constituye parte de la herencia que nos ha legado Kunkel y que nos ayuda a entender, a querer en definitiva, la naturaleza que nos soporta y que nos sustenta. Porque allá donde fueron, los Kunkel fueron sembrando su conocimiento, basado en la paciente observación de la realidad y de su vinculación afectiva al medio donde vivían.

En uno de sus últimos trabajos, dedicado a las Hierbas infestantes de la comarca de los Vélez, localidad almeriense donde han residido desde octubre de 1992, defienden el papel que juegan las mal llamadas «malas hierbas». Con la sorna que le caracterizaba, afirmaba Kunkel: «(...) no hay "malas hierbas". Son elementos inoportunos, plantas no deseadas en ciertos lugares, vegetales sólo parcialmente entendidos y que, por regla general, aparecen únicamente en sitios de superficies modificadas. (...) Son rurivagos, en busca de oportunidades, oportunistas, como son los gorriones o hasta como cierta gente subvencionada».

A los Kunkel los echamos de Canarias, como se ha echado, se silencia o ningunea en esta tierra a cualquiera que, con sólidos argumentos, se atreva a cuestionar el rumbo que llevamos, por más que apenas vamos al pairo de la ganancia inmediata y de la mediocridad complaciente.

En esta tierra de homenajes póstumos, es de señalar que al menos hace unos pocos años, desde Agüimes, el Ayuntamiento y los centros educativos del municipio, fueron capaces de realizar un emotivo reconocimiento público, que se tradujo en la creación de un jardín de lleva el nombre de los Kunkel, así como en la posterior consecución del Premio César Manrique, venciendo incluso los inevitables resabios insularistas.

Sin embargo, ni Las Palmas de Gran Canaria, ni la isla de Gran Canaria, han sabido reconocer la trayectoria vital y profesional de Günther y Mary Anne Kunkel. Un reconocimiento que no debe basarse sólo en el otorgamiento de medallas o galardones, sino, por ejemplo, en la edición de sus obras aún pendientes, caso de la inigualable Flora de Gran Canaria, o de la creación de un espacio verde, siguiendo sus ideas sobre jardinería tantas veces defendidas, proyectadas e incluso felizmente desarrolladas. Y sobre todo, poniendo en práctica, divulgando, en una constante acción educadora, el pensamiento y la obra del amigo que siempre quedará entre nosotros.

Gracias Kunkel, te lo debemos.