Funchal, sitiado por el fango

24/02/2010

Un sol radiante y un mar teñido de marrón recibe a los escasos trece pasajeros del vuelo Gran Canaria-Funchal. Aunque el cielo se ha abierto, en Madeira aún siguen sin cerrar las profundas heridas de la borrasca que en apenas diez horas arrasó el sábado la isla.

Debajo de los pilares que sostienen la ampliación de la pista del aeropuerto late en una nave la cara más terrible del temporal. Allí se ha instalado una morgue para los cuerpos que no han sido identificados.


La isla de Madeira celebra las primeros funerales en honor a las víctimas y sigue buscando más muertos. En una pequeña calle de una de las zonas cero del temporal, la parte baja de Funchal, un grupo de periodistas espera mientras los equipos de rescate, ayudados por una gran máquina de bombeo, trabajan a destajo en el parking del centro comercial Anadie. Se rumorea que entre los coches pueda haber algún cadáver. A pie de calle también se habla de otro aparcamiento y de otro centro comercial, el Dolce Vita, donde algunos dicen que pudieron quedar atrapadas más personas ante la impresionante tromba de agua, piedras y lodo. De momento, la cifra oficial habla de 42 fallecidos.


Funchal, la capital, es una de las zonas más golpeadas por la inesperada aguacera.Bancos, ferreterías, tiendas de ropa, zapaterías, el teatro municipal, la ribera, la antes hermosa Avenida del Mar pegada al puerto... Todo está impregnado de barro en el centro de la ciudad, cerrada entera al tráfico salvo para los camiones que sacan toneladas de piedras de las calles. Los afectados dicen que ya se nota el trabajo de limpieza, aunque muchas calles siguen patas arriba.


 Una de ellas es la de Fernandao do Orneles, teñida de marrón con los comercios destrozados. Varias personas llenas de barro de los pies a la cabeza limpian por dentro el Supermercado del Calzado. La montaña de zapatos ahogados crece y crece en la acera. «Lo he perdido todo, todo», dice Nino Aguiar durante un mínimo descanso. Lleva tres días sacando todo el material de su tienda y cuenta cómo nadie imaginó que la alerta por borrasca del sábado se iba a convertir en semejante tragedia. «Todos vinimos a trabajar ese día, esperábamos algo de lluvia, pero esto, nunca, es lo peor que he visto en mi vida, salimos vivos de milagro», dice con un tono cansado. En eso coiniciden todos los que vivieron la tromba y se les pregunta. «El sonido de la fuerza del agua era como un trueno, tardaré mucho en olvidarlo, nunca he pasado tanto miedo en mi vida”, afirma Margarita Monteiro mientras saca, fregona en mano, todo el lodo de Missny For Woman, una tienda de ropa femenina donde hasta los maniquíes están enfangados. Como una gran parte de los afectados, Margarita no tiene luz y no dispone de agua potable. Este tipo de relatos se suceden uno tras otro.

Turistas.  Cada persona con su historia particular y llorando por la isla entera, una tierra empinada y verde con apenas 260.000 habitantes. El turismo es su motor económico y se nota a pesar del desastre. Cientos de extranjeros pasean asombrados y muchos de ellos hasta han ayudado en la reconstrucción, cuenta Cidalia Andrade, una trabajadora del inundado Teatro Municipal. «Aquí ahora el trabajo de todos es limpiar», afirma.


 Un fugaz paseo por el centro de la capital de Madeira sirve para imaginar la magnitud de la catástrofe, aunque el pulso de la vida se abre paso. Es el paisaje después de la guerra. La gente pasea por la calle y se agolpa a mirar los destrozos desde el punto permitido por los policías, que controlan todos los accesos. Las portadas de los periódicos locales recogen fotos estremecedoras de cadáveres. Los camiones de militares y de empresas privadas no paran de sacar lodo y piedras, como de la ribera situada en la avenida de 5 de octubre, un cauce de 20 metros de altura que se le quedó chico a la tromba que lo devoró todo.


 Atardece y el sol se apaga. La isla se duerme y sueña con recuperar la normalidad para llorar en silencio a sus muertos.