FESTIVAL DE MÚSICA DE CANARIAS - CRÍTICA

Estafa inofensiva

04/02/2011

Auditorio, viernes 28 de enero de 2011. Festival de Música. Brahms: Concierto para piano nº 1. Beethoven: Sinfonía nº 7. Intérpretes: Yuja Wang, piano. Radio-Sinfonieorchester Stuttgart. Roger Norrington, director.

Como ya se sabe, la interpretación de la música con criterios historicistas es una forma de estafa como hay tantas. Cierto es que se trata de una estafa inofensiva, que sólo confunde al que saliera del concierto con la peregrina idea de que ya sabe cómo sonaba la música en los tiempos de Beethoven. Ni lo sabe, ni probablemente lo sabrá nunca, pues si ya es difícil saber lo que piensa tu propia perrita pequinesa cuando mira atravesada, imagínense lo que es intentar saber lo que quería Beethoven, que ni siquiera era pequinés.

Por eso, una vez que el público ha sido puesto en situación de escuchar, por fin, al "verdadero Beethoven", sir Roger, desde las alturas que le da el título nobiliario, tiene las manos libres para hacer lo que le venga en gana. Y tanto que lo hace: donde antes había tempos rápidos, ahora son lentos. Donde antes eran lentos, ahora son rápidos. Donde antes se escuchaba tachín-tachín, ahora se escucha tachón-tachón. ¿Qué sentido tiene todo esto? Pues la renovación del mercado discográfico. Cuando la trigesimoséptima grabación de la 'Séptima' resultó casi calcada de la trigesimosexta, llegó la hora o de abandonar la sinfonía o de convertirla en otra cosa. Y como la 'Séptima' de Beethoven tiene todavía buena prensa, lo mejor es seguir explotándola mientras el 'aura' aguante. La cosa, sin embargo, tuvo al final gusto de género, pues es la primera vez en que presencio que una obra se remata con un 'bravo' femenino. Hasta ahora la prerrogativa de tirarse el pisto de saber cuándo termina una obra era cosa de hombres.

Lo de Yuja Wang ya se dijo hace pocas semanas cuando estuvo en el Galdós. La chica es joven, rápida y virtuosa, pero la operación de cirugía estética que le hace a Brahms no tiene nada que envidiar a la que a Beethoven le hace el Sir. Total, que se va uno del concierto sin saber exactamente qué ha escuchado y a quién. Pero se ve que al público le gusta este anonimato del arte, y aplaude a unos y a otros pensando que detrás del invento están Brahms y Beethoven. No sospecha que quienes de verdad están son Wang y el Sir, y la obsoleta industria discográfica, o lo que la Ley Sinde permita que quede de ella.