En la casa del guayre: un viaje a la Gran Canaria del siglo III

07/04/2014
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Donde hoy reina el silencio, colgado en la primavera e inmensidad de la caldera de Tejeda, hace 1.800 años bullía la actividad. A golpe de piedra de basalto, los primeros canarios ahuecaron la toba del roque rojizo para construir un poblado de cuevas vivienda y un amplio granero, invisible en lo alto para miradas profanas. Un ejemplo de camuflaje urbanista para proteger los cereales, el trigo, los higos.

Este yacimiento, Cuevas del Rey, forma parte del complejo arqueológico de la Sierra del Bentayga y la prueba del carbono 14 realizada a un trozo de madera ha sentenciado que ostenta la datación más antigua de  las realizadas –y contrastadas– a restos hallados en los enclaves prehistóricos de Gran Canaria, 135 en total. La Consejería de Patrimonio Histórico del Cabildo presentó la semana pasada el  mapa que reordena cronológicamente los espacios habitados por los primeros isleños en base a nuevas dataciones y calibraciones de otras anteriores. Cuevas del Rey, con su reloj en el siglo III –puede adelantarse al IV o V– le ha quitado el primer puesto del ranking de antigüedad a la necrópolis de Arteara, una vez descartada la fecha del siglo IV antes de Cristo que un poco fiable laboratorio japonés otorgó al cementerio aborigen.

Volvamos gracias a esa madera superviviente, quizás parte de una de las puertas que cerraban las moradas de Cuevas del Rey, al siglo III de la mano de Javier Velasco y José González, técnicos del área de Patrimonio Histórico. Lo primero a tener en cuenta: que el yacimiento tenga la datación más antigua no significa que sea el primer poblamiento de Gran Canaria. De hecho, la complejidad del espacio, su «urbanismo tan vertical y, sobre todo, el papel que tendría desde el punto de vista social y político hace que podamos remontar la primera ocupación de la isla unos siglos atrás», destaca Velasco. Porque Cuevas del Rey fue un núcleo urbano. «Hablamos de una ordenación intencionada del espacio habitado», añade José González. Hoy se sigue apreciando la jerarquización en tamaño y situación de las cuevas, su entramado de andenes y escaleras excavadas que las comunicaban y la localización de los casi inaccesibles silos, horadados en lo alto del roque en tres niveles diferentes y a los que se llega por una única entrada.

Cerca de ese camino que conduce al sagrado alimento, en un lugar privilegiado de la atalaya, se encuentra la Cueva del Guayre, la vivienda estrella del yacimiento y una de las más significadas en la historia de los primeros canarios.
Basta entrar en ella para sentir que allí vivió alguien con poder, y mucho. Su situación en el poblado, sus dimensiones –es, junto a la de Calasio, en Telde, la mayor cueva-habitación artificial de Gran Canaria–, su elaborada técnica de vaciado, diferente a la del resto del yacimiento –tuvieron que hacer falta años de trabajo para terminarla–, su decoración, su suelo lleno de cazoletas... «Sus características indican que quien la ocupó debió formar parte de una élite en la estructura jerárquica de los antiguos pobladores de Gran Canaria», destaca González.  Y coloca al yacimiento como un «centro geopolítico» de la comarca de la cuenca de Tejeda, allí donde hoy, 1.800 años después, reinan el silencio y la primavera.