La arista

En el recuerdo de Yéremi y Sara

19/09/2015

Que un niño desaparezca de la faz de la tierra en un mundo tan seguro como el nuestro es, teóricamente imposible, pero muy posible como demuestran los tozudos hechos y hay que asumirlo con todas las consecuencias. La capacidad policial en estos casos tiene un techo en la investigación que depende de muchos factores. En estos casos no se puede atribuir a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado falta de dedicación o eficacia, más bien hay que reconocerles la labor que durante estos años han realizado en torno al caso Yéremi Vargas o Sara Morales.
También es verdad que sus respectivas familias no han permitido que la sociedad, ni las fuerzas policiales olviden a los dos menores, con una presencia constante en los medios de comunicación, movilizando a amigos, familiares e instituciones. Sus fotos han prendido en la memoria de todos los canarios que no olvidan que siguen sin dormir en sus casas, que sus padres siguen esperando noticias suyas cada noche para abrazarlos o enterrarlos con los honores propios de los rituales que ayudan a superar el trance de la muerte y seguir viviendo.

En algún momento de estas dolorosas historias sí ha habido utilización política del asunto, hasta cierto punto perdonable por la relevancia social y el lugar que ocupan en nuestra memoria. Pero no ha habido alto cargo de la Delegación del Gobierno, de la Policía o de la Guardia Civil que en sus discursos hayan olvidado a Yéremi o a Sara, incluso prometiendo una mayor intensificación en las investigaciones. No ha habido aniversario de las desapariciones ajeno a las agendas policiales, que saben que será tema de conversación y de portada de periódicos. Hubo un episodio de doloroso recuerdo, un espectáculo público lamentable, el que ofreció la Policía en un pozo de Jinámar, una búsqueda retransmitida en directo por los medios de comunicación y en la que se informó del hallazgo de restos “humanos” que, tras su análisis, resultaron ser de paloma.

En el recuerdo quedan otros episodios, menos conocidos, pero igualmente lamentables, como las confesiones de presos poco fiables que obligaron a remover vertederos y tierras. Es otras de las imágenes que han quedado retenidas en la memoria de los canarios, los tractores del Ejército removiendo toneladas de tierra en busca de un indicio o una prueba. El recuerdo con el tiempo se va debilitando y la mesura también ha imperado en estas últimas etapas de la investigación, que me consta, sigue viva en ambos cuerpos siempre atentos a cualquier rastro que pueda relacionar un caso nuevo con los de Yéremi o Sara Morales.

Hay otros desaparecidos, como el matrimonio de ancianos de Guanarteme, que, a pesar de los esfuerzos de su familia, van quedando en el olvido al pasar de los años; y otros, muy anónimos, que nunca han utilizado los medios de comunicación, pero en cuyas familias el sufrimiento no es menor, sobre todo cada vez que aparece en un periódico o en la televisión anuncios de desapariciones o el hallazgo de restos humanos en cualquier parte de las Islas.
Las desapariciones suponen uno de los sufrimientos familiares más atroces y de más difícil encaje psicológico, más que la propia muerte, de la que sabemos que es el fin irremediable de la vida, pero controlado por la cultura tan occidental y el mandato bíblico de enterrar a los muertos. No alcanzo a imaginar el dolor que en estos días han pasado muchas familias, la primera la de Yéremi, por la cercanía del hallazgo de un cráneo a cinco kilómetros de su casa y que, aparentemente, era de un menor. Pero la misma tensión y el mismo dolor debió experimentar la madre de Sara Morales, agotada después de años de batalla, entristecida y apagada, pero sin renunciar a la idea de que algún día pueda encontrar a su hija, viva si es posible, o enterrar sus restos y cerrar, con la ayuda del tiempo, las graves heridas que ha dejado en su corazón.