Voces, palabras

Emputarse, una variante lingüística americana

04/10/2014

Vaya por delante, estimado lector, una verdad estética: en puritanos sectores de nuestra sociedad suenan muy mal voces y construcciones que se consideran vulgares («Se levantó a mear») frente a otras que dicen lo mismo, aunque son palabras más selectas (orinar) o refinadas (miccionar). Pero aquí, entre nosotros, lo que de verdad apetece tras un par de copones o tanques de espumosa birra es una relajante meada, aunque la palabra provenga del latín vulgar y, por ende, la acción propiamente dicha sea algo ordinaria e, incluso, grosera. Sin embargo, cuando uno está en urinarios colectivos carnavaleros se escuchan musicadas frases como «¡Chaaaacho, qué meadaaa!», frente al austero silencio  en los correspondientes de un hotel, donde la expulsión del pipí más parece sacrificio que desahogo vejigal.  Hay situaciones, pues, en las cuales uno tiende al uso de tales groserías lingüísticas en vez de a refinadas formas. Así, por ejemplo, talego (‘cárcel’); madero (‘policía’)… aunque algunos otros (canuto, por ejemplo, cuando se usa en lugar de porro) ya no figuran como vulgarismos y, además, forman parte del habla común.
Por tanto, son discutibles las condenas cual si tales voces fueran incorrecciones. Yo más bien consideraría muchas de ellas como simples variantes coloquiales, no como palabras o construcciones que deben rechazarse en estratos lingüísticos cultos pues, además, algunas son absolutamente normales en gente normal ajena a prejuicios sociales decimonónicos, ridículos las más de las veces. Así, parir, lo que se dice parir, solo lo hacen los animales no racionales. Porque las mujeres de bien y de principios dan a luz, cual si de plantas unelcoendesadas se tratara. Y para que el tal alumbramiento (vulgo, parto) se produjera, previamente fue necesario «hacer el amor», lo que en plenos éxtasis los ramplones llaman «echar un polvo», construcción esta considerada de uso vulgar por la Academia, que prefiere «coito» como algo más elegante, quizás menos brusco y gritón.
Pero cuando uno quiere mostrar enfados, irritaciones (mentales) e incluso encolerizaciones ante comportamientos ajenos, no valen en esos momentos más que supuestos vulgarismos, más contundentes e impactantes por cuanto traducen exactos estados de ánimo sin disimulos ni aparentes constricciones. De ahí que, estimado lector, haya usado la voz «emputarse» en el título de este artículo, pues emputados me han puesto venas, vidas, sensaciones y conclusiones, ritmos cardíacos y las propias razones de ser.
Porque  termina uno más que encochinado o irritado tras escuchar por la radio las pretendidas lecciones morales de la señora de Cospedal (secretaria general del PP) cuando se refiere al señor Pujol («Nadie puede estar por encima de la Ley ni sentirse impune»); de la presidenta del PP catalán, señora Sánchez-Camacho, quien exige una comisión de investigación en el Parlamento catalán para que se indague sobre los millones del exHonorable aparecidos en bancos extranjeros;  o al señor Montoro, ministro de Hacienda, cuando afirma que, en este caso, «se va a llegar hasta el final, como se llega con todos». Y termina uno emputado porque esta voz rezuma a la perfección la cólera que se experimenta ante la declarada obscenidad ética de los tales señores tan importantes, parece que absolutamente al margen de la descomposición que afecta a una parte del PP (que no a todos sus actuantes y simpatizantes, por supuesto, quienes tienen mis respetos).
Así pues, impregnado de encochinamiento (empute) y del aparente cólera agudo cuya bacteria diarreítica me han inyectado tales declaraciones, me veo en la necesidad de echar mano a la universalización geográfica de nuestra lengua y recalar en El Salvador y Honduras para hacer mía aquella forma verbal pronominal, «emputarse»,  por más que el Diccionario la considere vulgar. Pero como es la que mejor define mi estado y, además, es de uso muy frecuente en Canarias  la forma sustantivada «empute», hoy me convierto en mi otro yo, desajuste social por el que prometo solemnemente no reiniciar hasta noviembre la otoñal y tradicional lectura de El Quijote.
Porque es que me parece absolutamente indignante, propio de profesionales sin rigor y carentes del elemental respeto a la Política, a la razón y a la madurez intelectual de la ciudadanía, que tanto las señoras de Cospedal y Sánchez-Camacho como el señor Montoro hayan osado recrear la indignación de todos los contribuyentes frente al choricero comportamiento del señor Pujol, uno más en esta inmensa choricería que es España. Porque ninguno de los tres, ninguno, está llamado a ser la voz crítica contra tales inmoralidades y, mucho menos, a convertirse en portavoz que defienda purezas deontológicas, éticas o de buenas conductas. Ninguno. Ni por sí mismos ni, mucho menos, en nombre del PP, en el que miles y miles de honrados militantes y simpatizantes se sienten impactados en su integridad moral por todo lo que algunos miserables hacen.
Y me emputa también que el señor Leguina (expresidente psocialista de la Comunidad de Madrid, 1983 a 1995) ose declarar en una emisora de radio que el comportamiento del señor Pujol «descalifica a cualquier persona, dentro o fuera de la política, es el reconocimiento de un latrocinio permanente». Porque el señor Leguina estaba en el poder cuando se descompuso éticamente el PSOE del señor González: fondos reservados que se desviaron a cuentas corrientes privadas; financiación ilegal del PSOE a través de Filesa; multimillonarios beneficios de psocialistas;  organización terrorista desde las entrañas del Gobierno (GAL)…  Sin embargo, el señor Leguina siguió en nominilla política y fue diputado desde 1996 hasta 2008. ¿Cuál fue su actuación ante la corruptela de aquellos gobiernos gonzalistas?
Sí, estoy encochinado, cabreado, hastiado, emputado. Y me afecta que la Justicia española necesite todavía mil quinientos juzgados para ser un país europeo; y quizás cien más  que podrían dedicarse a investigaciones exhaustivas sobre políticos, partidos, gerentes, subrepticios sobres, nominillas ilegales… Que la mayor parte de los juzgados españoles soporte una sobrecarga del ciento cincuenta por ciento es, en resumen, una inmoralidad consentida. ¿Interesada?