Delitos tecnológicos

El ‘sexting’ se ceba con las adolescentes canarias

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El sexting es uno de los delitos tecnológicos más frecuentes, y consiste en el envío de contenidos de tipo sexual (principalmente fotografías o vídeos) producidos generalmente por el propio remitente, a otras personas por medio de teléfonos móviles. Las chicas jóvenes suelen ser las principales víctimas de este delito en auge en las Islas.

Todos los usuarios de las diversas aplicaciones de mensajería instantánea existentes, como WhatsApp o Telegram, han recibido alguna vez un vídeo o imágenes de contenido sexual que, en la inmensa mayoría de casos, se redifunden al instante a todos los contactos. Esta práctica habitual puede ser constitutiva de un delito de sexting, según afirman desde el Grupo de Delitos Tecnológicos del Cuerpo Nacional de Policía.

El hecho delictivo no está en la grabación del acto en sí, siempre y cuando se haya relacionado con conocimiento y consentimiento de ambas partes, sino en la difusión del mismo sin el consentimiento de uno de los implicados.

Es una práctica más extendida de lo que se cree entre los menores y con una incidencia cada vez mayor entre los adolescentes canarios. «Se difunde con intención de hacer el máximo daño con esa grabación o imagen. Siempre suelen ser chicas las víctimas, junto con descalificaciones o insultos hacia ellas, y ellos los que lo difunden», explica César Fernández, jefe del Grupo  de Delitos Tecnológicos de la Jefatura Superior de Policía de Canarias.

Factores. «Es uno de los delitos sexuales que investigamos. Intervienen tres factores para diferenciarlo de otros delitos. Primero, es un delito que se suele cometer por telefonía móvil, sobre todo por WhatsApp, ya sea a través de una imagen o un vídeo, en ambos formatos de archivo. Segundo, entre el autor y la víctima siempre hay o ha habido una relación sentimental en el tiempo y,  tercero, últimamente nos estamos dando cuenta de que  tanto víctimas como autores son, en un porcentaje muy alto, menores de edad. Ellas son principalmente las víctimas», subraya.

 Una vez se difunden, ya sea el vídeo o las imágenes, se pierde automáticamente el control sobre el mismo, llegando a los remitentes más insospechados.

«Los grupos de WhatsApp de menores de edad son disparatados en cuanto al número, no tienen nada que ver con los de los adultos. Los  menores tienen grupos que rondan un mínimo de 25 personas, ya sea la clase entera o los amigos del barrio. Esto significa que, a la hora de trabajar, no nos dificulta la labor, pero se pierde el control de la imagen mucho antes que con grupos más reducidos. No sabemos el alcance real de la difusión», remarca el jefe policial.