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El suicidio de San Bartolomé

Jueves, 6 de marzo 2008, 00:00

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San Bartolomé de Tirajana es un municipio gafado. No soy supersticioso pero la acumulación de evidencias me llega a concluir que el Ayuntamiento que se levanta sobre el gran emporio turístico de Gran Canaria, y de toda Canarias, está afectado por un extraño conjuro, un muñequito de esos de vudú o un simple mal de ojo. De otra forma no se explica la aparente imposibilidad para que las fuerzas políticas presentes en el pleno municipal aparquen sus diferencias y saquen adelante un Plan General sujeto a guerras intestinas, intereses contrapuestos y cesiones políticas indefendibles.

Si alguien llega de fuera y se le explica lo de San Bartolomé de Tirajana, es lógico que se tire manos a la cabeza. A saber: el municipio tiene un litoral de excepción, unas playas envidiables, una oferta hotelera y extrahotelera que está entre las mejores de España, una posibilidad de expansión ordenada envidiable... Y todo eso está empantanado porque los concejales no sólo no se ponen de acuerdo, sino que se pasan el día colocando la zancadilla ¡a sus compañeros de gobierno! A fecha de hoy, y de hace mucho tiempo, la oposición más férrea a quienes mandan en San Bartolomé no la ofrece el partido que perdió en la sesión de elección del alcalde -en este caso alcaldesa-, sino quienes hacen posible con sus votos esa designación. Le pasó a José Juan Santana, le sucedió a Marco Aurelio, lo sufrió Conchi Narváez y ahora va por el mismo camino María del Pino Torres.

Añádase a todo ello que la debilidad de los partidos es manifiesta en el desaguisado que es la política sureña. Los socialistas no controlan a Narváez; los nacionalistas de Nueva Canarias están divididos entre quienes disfrutan del poder municipal y quienes se sientan en los despachos del Cabildo; y Marco Aurelio disfruta de una aparente independencia política tras su salida del PP que él sabe mejor que nadie que es fugaz si quiere aspirar a algo más en el largo recorrido. Así las cosas, cada cierto tiempo Román Rodríguez y José Miguel Pérez bajan al sur en plan bombero a apagar el fuego municipal y, sobre la marcha, éste vuelve a prender por la falta de un retén permanente que se quede junto a los rescoldos.

Con este panorama, que nadie se extrañe si los inversores huyen espantados de San Bartolomé de Tirajana. Una cosa es arriesgar los cuartos, que es lo que hace todo empresario, y otra aventurarse en un terreno pantanoso donde la inseguridad política y la jurídica son compañeras de viaje. Si el Plan General no sale adelante y si la inestabilidad sigue atenazando al pleno municipal, el municipio sumará otra legislatura perdida. Y junto a esa suma, perderá la que quizás sea la última tabla de salvación en un horizonte de recesión. Hacerlo sería suicida pero está visto que en San Bartolomé de Tirajana a algunos les va eso de lanzarse al vacío.

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