El pinar bajó bailando

Los casi dos mil habitantes del Valle de Agaete, más unos mil visitantes que se acercaron hasta el lugar ayer, pese a no ser festivo, disfrutaron un año más de la tradicional Bajada de la Rama desde el Pinar de Tamadaba, un acontecimiento ancestral que se conserva de padres a hijos, con su esencia pura e intacta.

Los que gustan de cumplir con la tradición a rajatabla esperaron hasta las diez de la noche del pasado martes para iniciar el camino hacia el pinar, en busca de la rama de pino, poleo, brezo o eucaliptus con la que ofrendar a San Pedro al día siguiente. Fueron unos trescientos valientes que aguantaron la caminata y la relentada en Tamadaba.

Otros, por el contrario, por comodidad o por no querer perderse la retreta que la Banda de Agaete ofrecía esa misma noche, se fueron hacia el pinar durante el día y guardaron las ramas en sus casas para ayer bailarla y ofrecerla al santo patrono. Fuera como fuere, lo cierto es que a las diez de la mañana de ayer estaban todos en La Era del Molino, primero acompañados por la Banda de Guayedra, y después, por la de Agaete, esperando el momento de iniciar el lento desfile hacia el templo, donde todo el cargamento sería depositado como ofrenda y pago de las más variopintas promesas.

El desfile, encabezado por los populares papagüevos de la villa blanca, fue lento y divertido, impregnando de color la cuesta que conduce a la parte superior del pueblo. Los vallenses imprimen a su fiesta un aire peculiar, lleno de pureza ay compromiso. Se toman muy en serio lo suyo y es de admirar ver como padres y madres inician a sus críos en el rito, llegando incluso a llevarlos con ellos por el tortuoso camino que conduce a Tamabada desde El Valle. Los mayores, que no quieren renunciar, pese a los años y los achaques, a compartir un acto que llevan muchos años viviendo, alquilan una guagua y se llegan hasta Tamadaba a cortar la rama. Muchos, como Honorio Dámaso, vivirán la fiesta a medias, dado que, por enfermedad de su esposa, que está internada en un hospital capitalino, este año sólo se limita a llevar la rama y ofrendarla a San Pedro, pero no la baila, por respeto a su compañera. Los más jóvenes, en cuyos rostros se aprecia el cansancio y los estragos de la vigilia, aseguran que ellos continuarán con una fiesta a la que definen como «la auténtica, la mejor», sin referirse a la fiesta de la villa, pero pensando en ella. Bajo un solajero que atenuaba una suave brisa, El Valle bailó.

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