El ombú que resucitó entre escombros

16/06/2014

El solitario ombú enraizado junto al cauce del barranco de Guía, por debajo del colegio público Nicolás Aguiar, debería estar muerto. Lo talaron una mañana del mes de diciembre de 1961 de la Plaza Chica de la ciudad norteña, junto a otros cinco congéneres plantados en 1931, y un camión se lo llevó para tirarlo en el vertedero.
Una avería de motor, un vertido de escombros y una subacequia son los tres protagonistas del milagro del ombú de Guía. Camino del vertedero, al camión que lo trasladaba le falló el motor a la altura del viejo matadero municipal y para arreglar la avería fue necesario vaciar la bañera, cargada de restos de las obras de remodelación de la Plaza Chica iniciadas en 1961. Los escombros, entre ellos el árbol talado y se supone que muerto, se depositaron en el barranco cercano y allí se olvidaron.
Sin raíces pero aún vivo, el ombú sintió correr el agua en una subacequia oculta a la vista que pasa al lado y una de sus ramas se estiró y se agarró con tanta fuerza al suelo que hoy, más de 52 años después, el ombú de Guía es un gigante de madera con un tronco que tiene un perímetro de más de ocho metros y una copa que proyecta una sombra superior a 60 metros cuadrados de superficie.
Acostumbrado ya al maltrato humano, la rama más baja del ombú soporta todavía los restos de una soga que sirvió de columpio infantil y entre otras dos ramas continúa atada una tubería de plástico negro de uso desconocido. Bajo su fresca sombra crece sin fin una montaña de hojas secas, como árbol caducifolio que es, salpicada de basura de diverso género, incluyendo publicidad electoral. Frecuentado por un gato blanco de los alrededores, vecinos de las calles aledañas que pasean a sus perros y los escolares que van camino de ida o vuelta del colegio público Nicolás Aguiar, si los operarios del camión volvieran a buscar el árbol talado que abandonaron se llevarían una sorpresa verde con su  resurrección.
Como los adultos de su especie (phytolacca dioica), originaria de América del Sur (un área Brasil, Argentina, Uruguay y Perú), visto al revés el ombú es  una mano abierta con la palma hacia arriba. En la base del tronco ha desarrollado la peana que caracteriza a este árbol, un promontorio de su rugosa y cuarteada corteza del que nacen, a un metro de altura del suelo sus ramas principales. En medio de la peana queda una cama de madera con un lecho de hojarasca en la que un idiota ha apagado unas colillas.
Vigoroso y joven aún, el ombú luce su pellejo entre marrón y negro y su frondosa cabellera verde sobre un colchón de hojas canelas, al lado de una urbanización de dúplex pareados de color rosa chicle y del amarillo de la sede de la Agrupación Folclórica Estrella y Guía.
Para sus otros cinco congéneres arrancados también de la Plaza Chica –la única del mundo con dos bustos distintos dedicados a la misma persona, el imaginero guiense Luján Pérez– hace más de medio siglo el único color es el negro.