Fue la condena a un pueblo por parte de unos irresponsables públicos con aires de grandeza, por decirlo suavemente. Hace once años que la obra del centro comercial en Santa Brígida permanece enquistada. Lo que iba a ser el no va más, con cine incluido y que dinamizaría la economía, tornó enseguida en un mamotreto que ha condenado a las arcas públicas. Millones de euros pendientes por pagar (ocho en concreto en función de una sentencia firme) a la UTE que han hipotecado a todos los satauteños por varias generaciones. Un municipio que ni siquiera alcanza una población de 20.000 habitantes, tiene ahora que lidiar con semejante embrollo. Una operación ideada entonces por unos políticos que ahora se lavan las manos. La cantidad de cosas o servicios públicos se podría haber hecho con ese dinero en este tiempo.

El alcalde José Armengol junto al resto de grupos políticos que conforma el actual equipo de gobierno (Ando Sataute, Unidos por Gran Canaria, NC, PSOE y CCD) tiene decidido desatascar esta situación. Y, en ese caso, habrá valido como hazaña para toda la legislatura. Y es una lección sobre los excesos de la época de bonanza del ladrillo y de las grúas que no debería repetirse. Una vergüenza para el conjunto de la Isla. Y eso que por desgracia hay otros mamotretos en Canarias, testimonios todos ellos de una etapa a olvidar lo antes posible.

Otro debate será qué hacer con el espacio recuperado una vez se consiga. La memoria de los satauteños invoca el aparcamiento y el estadio de fútbol con un campo de tierra ubicados allí. Ojalá hubieran permanecido. Ahora tocará repensar cómo aprovechar al máximo el mejor enclave del casco urbano. Más vale que se utilice como parque o espacios colectivos al servicio de la ciudadanía. En función de cómo se resuelva, el futuro de Santa Brígida será por fin otro o más de lo mismo. Un municipio limítrofe a Las Palmas de Gran Canaria que debe preservar su singularidad y no tornarse en una especie de ciudad dormitorio. Idea esta última que en el fondo manejaban los que impulsaron el centro comercial que nunca se culminó. De hecho, aprovechen cualquier día del verano, que el clima es agradable en las medianías pasada la media tarde, para darse una vuelta y observar cómo una obra es capaz de enfangar el centro de un pueblo. Esperemos que se resuelva, de una vez, semejante conflicto. Y que Santa Brígida recupere la parcela más valiosa de un casco que reclama a gritos una esencia perdida. La que le pertenece, digna y sin ensoñaciones de nuevo rico, la que marca su estampa como municipio.