Eduardo Millares: la construcción de la mirada insular

26/02/2012
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Pocos artistas como Eduardo Millares Sall (Las Palmas de Gran Canaria, 1924-1992) para entender la construcción de la mirada insular.


Con apenas veinte años presentó su primera exposición de caricaturas en el Club P.A.L.A. de Las Canteras y dos años más tarde, en 1946, mostraba sus primeros lienzos en la Exposición Regional de Bellas Artes celebrada en el Gabinete Literario. En 1953 comienza su relación con el periódico Diario de Las Palmas con su viñeta diaria Humor Isleño. Colaboración que se mantendrá durante 34 años, hasta 1986. Junto con Manolo Padrón Noble y los tinerfeños Paco Martínez y Harry Beuster constituyeron a mediados de la década de 1950 la Agrupación Vanguardista Canaria de Caricaturistas Personales que llevará el humor gráfico isleño a ocupar un lugar de honor en los Salones del Humor que se celebraban cada año en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.  La renovación propuesta por este pequeño grupo de artistas, en lo que se llamará, en adelante, la nueva caricatura, les llevará a ocupar páginas en la prensa española de los años cincuenta y los sesenta. Un medio que se revela como el mejor aliado para las nuevas propuestas estéticas. En 1968 Eduardo pone en marcha El Conduto, el único semanario de humor permitido en Canarias durante la dictadura. Este suplemento humorístico se convertirá en referencia obligada para varias generaciones de lectores hasta su desaparición en mayo de 1980. El Conduto será refugio seguro para una nueva generación de escritores e intelectuales como Pepe Rivero o Pepe Alemán, así como un soporte impagable para artistas y humoristas como Galarza, Rafaely, Paco Martínez… sin olvidar las aportaciones de los Hermanos Millares o de caricaturistas de los felices veinte…

Exposiciones
Paralelamente a su trabajo en la prensa, Eduardo participa en un buen número de exposiciones tanto en su isla natal como en Lanzarote, isla en la que había pasado algunos de los mejores años de su niñez.  Allí expone en el Ayuntamiento de Arrecife (1954,1957 y 1958), en Los Fariones (1968) y en el Monumento al Campesino (1981). Intensa será también su relación con Santa Cruz de Tenerife, en cuyo Círculo de Amistad XII de enero expone cada año entre 1957 y 1965. Pero la obra de Eduardo trasciende Canarias. No sólo es un habitual en los prestigiosos Salones del Humor madrileño, sino que su obra formará parte de las exposiciones internacionales organizadas por la Agrupación Vanguardista Hispana de Caricaturistas Personales de Luis Lasa, viajando en 1962 a Manila, en Filipinas, a Tokio y a San Francisco, en los Estados Unidos. En 1969 publica su segundo libro y se inicia su relación con el grupo Los Gofiones. En 1976 abre una exposición individual en Caracas y es recibido en audiencia por el presidente venezolano, Carlos Andrés Pérez, en el Palacio de Miraflores. En 1974 recibe la Medalla de Honor del Círculo Mercantil, centro en el que inaugurará sus individuales más importantes en los años setenta. Participa –entre 1976 y 1983- en certámenes de primer nivel internacional como el de Montreal, en Canadá, o el de Bordighera, en Italia, y es seleccionado para el almanaque Agromán, considerado el óscar de la caricatura española. En 1979, Eduardo, un hombre que durante los últimos años de la  dictadura se había caracterizado por la defensa de los valores democráticos, se presenta a las primeras elecciones municipales de nuestra ciudad en la plancha del Partido Comunista. Como respuesta a este paso hacia adelante un grupo de fascistas pintaron dos cruces gamadas en el vestíbulo de su vivienda… A lo largo de los años ochenta Eduardo siguió trabajando en nuevos proyectos y exposiciones. En 1989 los problemas de salud comienzan a hacerse cada vez más presente. La muerte de su esposa, Otilia Ley Arocena, en septiembre de 1990, lo precipitará todo, falleciendo Eduardo apenas dos años después.


Veinte años más tarde, la muestra Eduardo Millares Sall. Más allá de Cho-Juaá -que inauguramos el pasado quince de diciembre-, pretende acercar al gran público una pequeña parte de este extraordinario currículo. Para ello, la catedrática de Historia del Arte de la ULPGC, María de los Reyes Hernández Socorro y yo hemos seleccionado 172 obras de la colección personal del autor en torno a ocho grandes ámbitos: Así, en la planta baja del CICCA el visitante podrá conocer los primeros pasos de Eduardo en el mundo del arte en la sección que hemos denominado Pre Cho-Juaá y que cronológicamente cubre los años que van desde 1940 a 1957. En estos primeros años firma como Eduardo y como Sall antes de adoptar su firma como Cho-Juáa –en homenaje a su padre– hacia 1953.

Su mirada hacia las féminas
Otra sección, esencial para entender el universo de Eduardo Millares es Oficio de mujer, en la que se recoge la mirada desplegada por el artista en torno a la mujer. Paralela a ésta presentamos Otras miradas a la Historia del Arte, sala en la que se pone de manifiesto el hondo conocimiento de la historia del arte que Millares refleja en un grupo de obras poco conocidas. Autoridad y Libertad es, junto con Los Finaos las dos secciones que completan la visita a la planta baja. Y si la primera recoge algunas de las obras del Eduardo más contestario y comprometido –incluyendo una caricatura del General Franco y de su esposa- , la segunda -Los Finaos- revelan a un artista que mantiene un tenso y fértil diálogo con la muerte a lo largo de toda su carrera artística.


En la planta superior del Cicca presentamos otras tres secciones: Aires populares, Isa de la borrachera y Retrato y caricatura. Aires populares nos trae de vuelta al Millares más conocido por el gran público, aquel creador de arquetipos como Marsialito, Casildita, Fefa, Cho-Juaá o el loro Cloteo; parientes, por parte de padre, de los Pérez, Galindo, Camejo y Sosa de los tebeos de Juan Millares Carló; herederos al fin de una tradición que hunde sus raíces en las canariadas de los Hermanos Millares, las crónicas isleñas de Belarmino, Alonso Quesada, las Caídas del malogrado y brillante Félix Delgado y los cuentos del siempre adusto Pancho Guerra. Guerra, quien por cierto clausuró una exposición de Eduardo en el Club Pala en 1944. Acababa de presentar en sociedad a su Pepe Monagas -fue en el Teatro Pérez Galdós, como un personaje más de su comedia  Candilejas 1943- y aún faltaba más de una década para que Cho-Juaá hiciera su entrada en la bohemia insular. Estrechamente vinculadas a estas imágenes están las que componen  la sección Isa de la borrachera, en la que Eduardo, como Hogarth, nos lleva de la mano a lo más profundo de unos años marcados por la penuria económica. Al fin, la sección Retrato y caricatura recoge algunas de las más conocidas aportaciones de Millares a la caricatura, tanto desde la Agrupación Vanguardista Hispana de Caricaturistas Personales (AVHCP) como desde las páginas de El Conduto. La recepción de algunos postulados teóricos y formales que algunas de estas piezas evidencian ponen de manifiesto la singularidad del proceso abierto por la AVHCP en el marco de la historia del arte español. Su sintonía con su gran amigo, el extraordinario caricaturista tinerfeño Paco Martínez y con el presidente de la AVHCP, el filipino Luis Lasa, y, años después, su relación con Mingote, El Roto, Máximo o Forges revelan el extraordinario papel jugado por Eduardo en el humorismo gráfico español de la segunda mitad del siglo pasado.

Inéditas hasta hoy
Muchas de estas obras no habían sido expuestas al público hasta hoy. Son trabajos que nos permiten conocer la trayectoria de un pintor que, posiblemente, ha sido eclipsado por su más que popular faceta humorística. El trabajo de Eduardo navega, conscientemente, en el estrecho margen que se abre entre la alta y la baja cultura. Su aproximación a algunos de los logros del cubismo sintético, a la que debemos sumar su proximidad ideológica con Pablo Picasso –véase, por ejemplo, su interpretación del Guernica en la planta baja del CICCA- era mucho más que una opción estética en la España de posguerra. El trabajo de Eduardo, especialmente el que desarrolla desde mediados de los años cincuenta, se sitúa en las antípodas del arte oficial del momento. La incorporación de objetos cotidianos como guantes, toallas o puros –véase la caricatura de Fidel– responden igualmente a la recepción de propuestas estéticas de vanguardia.


Propuestas que le llegan a través de su hermano Manolo, con quien mantendrá una correspondencia entrañable. Manolo, que también dibujó viñetas e historietas para la prensa en los años cincuenta comprendía, mejor que nadie, el trabajo del más popular de la saga Millares. De hecho expusieron juntos en más  de una ocasión.
Eduardo conocía bien la historia del arte y  su interés por el estudio de los grandes maestros –Durero, Goya, Van Gogh– dibujan a un pintor que fue mucho más allá de lo que ha sido generalmente aceptado por la historia de la vanguardia insular. Eduardo siguió la brecha abierta por otros muchos antes y es, posiblemente el último gran representante de una corriente cultural que hunde sus raíces en el XIX y en la que ocupan un papel singular la Escuela Luján Pérez, Néstor y los Amigos del Arte Néstor de la Torre.

Visión europea
Un proceso de construcción de la mirada insular en el que alta y baja cultura iban de la mano. La nueva plástica regional, el realismo mágico, el tipismo, la música, el teatro y el cine de temática canaria –La Hija del Mestre–, la propia decoración del nuevo Teatro Pérez Galdós… levantaron un nuevo espejo con el que la burguesía insular quería dejar atrás las secuelas de la Gran Guerra que marcaron los años veinte en nuestra isla.


La síntesis propugnada por Felo Monzón entre vanguardia e isla, que daría sus frutos durante la República, volverá a ser planteada en los cincuenta por Eduardo Millares.


Pero el inicio del proceso de normalización lingüística que supuso la llegada de la Televisión Española en 1964; el arranque de europeización que trajo el turismo y, al fin, la radical terciarización de nuestra economía –agudizada por la pérdida del Sáhara y la consiguiente liquidación de la flota pesquera– a la que siguieron los nuevos patrones culturales que la Transición trajo consigo, supuso un cambio de paradigma de tal calibre que ya nadie quiso sentirse identificado con aquel mundo agrario que había sido la piedra sobre la que se había levantado la mirada insular en los años de la República.


Una mirada que queda congelada en la obra de Eduardo. Una mirada que, vista ahora, veinte años después de su muerte, se revela tal vez demasiado europea para la condición isleña de su tiempo.