Dylan brilla en la noche de Gredos

18/07/2008

Los conciertos de Bob Dylan son para fans auténticos. Para aquellos que han seguido su obra desde siempre, para los que se encandilan con la liturgia de su peculiar y sobria puesta en escena, muy lejos de criticarla negativamente, para los que no les importa no poder grabar o sacar fotos. Para los que adivinar las versiones, a menudo casi irreconocibles, de las playlist es un juego placentero. Escuchar la música contundente, bien interpretada, y la voz cascada, pero todavía increíblemente dulce, del maestro, es para ellos lo mejor que les puede suceder en este valle de lágrimas.

Bob Dylan, al que le gusta comenzar sus conciertos al aire libre con la puesta de sol, apareció como siempre detrás de su banda, en el escenario de la finca Mesegosillo, situada a la entrada del Parque Regional de Gredos, en Hoyos del Espino (Ávila) el pasado 28 de junio. El tercer concierto, de su periplo español este año, tras los de Zaragoza y Vigo. Un virtuoso telonero, Pedro Javier Hermosilla, que graba los sonidos y coros de acompañamiento, justo antes de cada canción, y que antecede a Dylan en todos los conciertos españoles, amenizó la espera. El calor sofocante ya había pasado y las 13.000 personas (incluidas unas 2.000 fuera del recinto, en el pinar situado justo enfrente del escenario) empezaban a vibrar con la música. Los fans de Dylan y los fans del dúo aragonés Amaral. Estaba en marcha el III Festival Músicos en la Naturaleza, organizado por la Fundación Patrimonio Natural de Castilla y León.

Con los primeros compases de "Rainy Day Women #12 & 35? nos damos cuenta de que este concierto de Dylan va a seguir la línea de la que últimamente, en su interminable gira, no se separa ni un ápice: estricto rock and roll y algo de blues. La banda, la misma con la que disfrutamos hace dos años en Villalba (Madrid), ejecuta los temas con rigurosa eficiencia, subraya con fuerza las viejas canciones, como "Tangled up in blue", "Lay Lady Lay", "Just Like Tom Thumb's Blues" o "Highway 61 Revisited", y magnifica las nuevas como "The Levee's Gonna Break", de su último trabajo discográfico, o "Tweedle Dee & Tweedle Dum", del "Love a Theft". Tony Garnier (bajista), George Recile (batería), Stu Kimball (guitarra rítmica), Denny Freeman (guitarra principal) y Donnie Herron (violín, viola, banjo, mandolina eléctrica, pedal steel, lap steel) son la horma del zapato de Dylan. Desde el lateral, de perfil, ataviado con su sombrerito, tocando el teclado y la armónica, el viejo Bob parece disfrutar. A veces sonriendo, con amagos de movimientos pélvicos inclusive, nuestro amigo de Minnesotta va desarrollando su espectáculo, sin apenas iluminación, sin pausas, sin introducciones. Los Rolling Stones dijeron una vez: es solo Rock and Roll pero me gusta. En Hoyos del Espino, el día previo a que la selección española de fútbol se hiciera con su segunda Copa de Europa, nos volvimos a dar cuenta de que es solo Bob Dylan pero nos gusta. Con toda su sencillez y su magia, con toda la plenitud de una música y unas letras que no requieren de ninguna parafernalia adicional.

Termina "Ain't Talkin'" y la banda desaparece. Las estrellas que iluminan la noche de Gredos y el público que estamos en las primeras filas reclamamos más. Los futboleros cantan el "oe, oe, oe", soñando tal vez con que un nuevo Marcelino les dé una alegría en la lejana Viena. Y en eso, el grupo regresa al escenario. Tienen visión nocturna porque no se ve casi nada. Y Dylan, en un acto divino que alguna vez en el futuro se reconocerá como el causante de que el niño Torres llegase a ese balón imposible para batir al portero alemán al día siguiente, se puso a tocar al piano la melodía "oe, oe, oe". Enseguida "Thunder On The Mountain" y, a continuación, "Like a rolling stone", el clásico con el que se suele finalizar el concierto.

El idílico paisaje está repleto de gente en la noche dylanita. De repente, alguien grita y un ejercito de miembros de seguridad y guardias civiles irrumpen en la escena para llevarse literalmente en volandas a los alborotadores. Pero salvo algún incidente aislado, tanto el público como la organización y la seguridad estuvieron correctos. La noche fue lo que tenía que ser, un gran espectáculo de música.

Para nosotros, la liturgia finalizaba comprando una carísima camiseta y huyendo lo más lejos posible del pop meloso y facilón de Amaral. Ya estamos esperando que la ruta de Bob Dylan incluya estos lares el año que viene.