Delfina, la pasión epistolar por Miguel de Unamuno

05/05/2013

En el Puerto Cabras de 1924, la escritora argentina Delfina Molina cumplió su sueño de amor romántico: ver a Miguel de Unamuno, con el que mantuvo desde 1907 una relación, esencialmente escrita, no correspondida tanto en el terreno amoroso como en el epistolar. Fotografías y cartas atestiguan esa pasión.

Miguel de Unamuno inspiró al otro lado del Atlántico una pasión amorosa no correspondida y fundamentalmente escrita. Delfina Molina, escritora y profesora argentina, le envió cartas de amor y de literatura durante 30 años. Solo se vieron dos veces: en Puerto Cabras, durante el confinamiento del pensador vasco en 1924, y posteriormente en París.  


Del encuentro en el Puerto Cabras de 1924 quedan dos fotos y varias misivas inspiradoras. La escritora y su hija Laura Bastianini arriban el 2 de julio y se marchan el 5 de julio. El catedrático Jon Juaristi describe en su biografía sobre Unamuno (Taurus, 2012) la estancia de la mujer casada en la Isla así: «..consternado, se entera de que dos mujeres preguntan por él en la recepción del hotel Fuerteventura (...). La poetisa trae su propio plan de fuga. Quiere alquilar un barco para que Unamuno se escape con ella a Argentina. La perspectiva debió de espantar a Miguel, pero se comportó correctamente. Cedió su habitación a las visitantes y se las llevó de excursión en camello por la isla, con Soriano de carabina».


Ante las cartas de Delfina, una correspondencia iniciada por su petición de bibliografía para una tesis en 1907, don Miguel solo aprecia el deseo de promocionarse de la poetisa casada. Para que no quepa duda, zanjó el asunto en uno de sus libros Cómo se hace una novela donde la trata con dureza: «la pobre mujer de letras buscaba lo que busco, lo que busca todo escritor (...): vivir en la dura y permanente historia, no morir».


Esta relación la convierte en libro María de las Nieves Pinillos en Delfina, la enamorada de Unamuno (Laberinto, 1999). «A pesar de la indiferencia, de la crueldad y a veces del menosprecio del escritor, continuará manteniendo viva la llama del deseo hasta la muerte de Don Miguel, en 1937. Su última carta data de finales de 1936 y en ella le expresa de nuevo con apasionados acentos su total entrega».

El tono y la frecuencia  de las misivas de la argentina  dirigidas al escritor vasco es variable.


Por ejemplo, entre 1917 y 1922, Delfina no le manda nada, pero, cuando vuelve a tomar pluma y papel, recrimina a don Miguel su silencio y le envía su último poemario. Cuando él llega al confinamiento de Fuerteventura, su enamorada le escribe «cuídate alma mía». El pensador incluso le envía una foto suya que «ella colocó en su mesa de noche», según Jon Juaristi en la biografía publicada en Taurus en 2012. En 1925, la escritora incluso le envía dinero al exilio de París: un giro de unas 1.000 pesetas de entonces. Unos dicen que para el pasaje a Argentina, otros para ayudarle en sus estreches. Lo que está claro es que Unamuno que las rechaza. Ese mismo año se le ofrece para traducir una obra suya ¡al argentino!.


Años después de la muerte de Unamuno, contó en sus memorias lo que ese amor significó en su vida «y tendrá sinceros y desgarrados acentos para evocar la figura del amado: el hombre que por afinidad tan rara como profunda fue y sigue siendo después de muerto la luz de mis ojos, el mayor tesoro, que ser humano haya hallado en el mundo».

Lo que sí aclara Paloma Castañeda en Unamuno y las mujeres (Editorial Visión Libros, 2008), es que el pensador vasco recibió una muy numerosa correspondencia de féminas, tanto de admiradoras como de las escritoras de la Generación del 98 como Emilia Pardo Bazán, María de Maeztu, Carmen de Burgos o Sofía Casanova. Entre las seguidoras, se incluye a Delfina.  En cualquier caso, don Miguel siempre conservó las cartas de la escritora argentina casada, incluso las que nunca abrió, pero la propia Delfina o su familia rompió las escasas que él le dirigió. Si se conserva la que Unamuno le envía desde Puerto Cabras donde, desde la soledad y el desierto del confinamiento, le reconoce que su vida está amenazada.