Del Director. ¿Era evitable la catástrofe?

Es normal que el domingo por la noche un incendio se considere técnicamente bajo control y que apenas unas horas después las llamas superen los controles y no haya manera de detener su expansión? ¿Es lógico que a la hora de hacer aquella previsión no se echase mano de la opinión de los meteorólogos sobre la evolución del viento, así como del imparable aumento de las temperaturas, que actuaron como dinamizadores del fuego? ¿Es razonable que después de la experiencia de años anteriores, con otros incendios de relevancia, apenas se hayan establecido barreras para limitar que el fuego campe a sus anchas en unos barrancos de difícil acceso para el hombre y los medios aéreos de extinción?

¿Es revisable el elevado grado de protección que se ha aplicado a buena parte de los montes, laderas y valles de Gran Canaria, de manera que quienes durante décadas trabajaron en ellos ganándose el pan con el sudor de su frente lleven años quejándose de que así no se protege el medio ambiente y tan sólo se consigue que la superficie verde sea, como así ha ocurrido, pasto fácil para las llamas? ¿Es de recibo que quienes estuvieron al pie de las llamas en las primeras horas apenas tuviesen en cuenta la opinión sabia de la gente de campo que lleva toda su vida en la zona y que avisaba del riesgo de que se extendiera? ¿Es posible encontrar un punto de consenso entre el afán proteccionista y las demandas de unos cumbreros que están hartos de lo que consideran como una continua invitación a abandonar sus tierras?

Estas y otras muchas preguntas empiezan a asaltar cuando se ven las imágenes del volcán en que se ha convertido Gran Canaria y, sobre todo, cuando se escuchan los testimonios de los afectados, de esas gentes que ayer tuvieron que salir con lo puesto ante la insistencia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Habrá quien diga que todavía no ha llegado el momento de pedir responsabilidades ni pasar la factura a nadie, pero eternizar las preguntas tampoco sirve de nada. Como tampoco se puede centrar todo lo ocurrido en la responsabilidad de un desaprensivo al que, evidentemente, sólo hay que desearle que el peso de la ley le caiga encima con toda su contundencia. Él prendió la llama y por ello deberá de pagar el máximo que contemple el Código Penal, pero no fue él quien dejó laderas sin protección, quien se olvidó de la bondad de los cortafuegos preventivos o quien ayer daba órdenes a veces contradictorias a los operarios que intentaban apagar más fuegos de los que humanamente nadie puede abordar. Respecto a la entrega de esos equipos antiincendios, nada que objetar: se han dejado la piel en la lucha contra el fuego, y quizás por ello son también los primeros en desear que alguien explique si todo ha sido fruto de un día nefasto o de una nefasta organización.

Y por último, una pregunta: ¿fue normal que Televisión Canaria mantuviese en su franja nocturna el estreno de un concurso de cantantes afanados en parecerse a Pepe Benavente? ¿Hacía falta tal bochorno?

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