Del director: El "temerario" fue el querellante

Lo reconozco: soy de los que esperaba con gran interés el fallo del juicio por la querella presentada por José Manuel Soria contra dos periodistas -Carlos Sosa y Francisco Javier Chavanel- en relación con lo publicado sobre su estancia en régimen de alquiler en un inmueble propiedad de Javier Esquível y el trato dispensado, en paralelo, por la Autoridad Portuaria a una empresa de éste en un negocio eólico. Esa espera acabó ayer y, tras la expectación, llegó el momento de la lectura con fruición de la sentencia.
¿Por qué tanto interés? Para empezar, porque sabiendo que el juez era Francisco Javier García García-Sotoca, estaba convencido de que me iba a encontrar con una densa, sesuda y bien armada resolución en la que probablemente se entraría en el fondo de la cuestión. En segundo lugar, porque conociendo como conozco a las partes en conflicto -a uno de los periodistas por convivencia profesional de varios años; al político, casi tanto por motivos igualmente profesionales, y al otro periodista, del que me reservo la valoración porque no ha lugar en este instante, menos que a los otros-, había un interés personal en ver cómo terminaba este asunto.
El juez dedica nada menos que 20 folios a fundamentar su resolución. Y es lógico tanto esfuerzo y tanta cita a la jurisprudencia porque lo que Soria había puesto sobre la mesa no era cualquier cosa: se consideraba injuriado y calumniado -delitos severamente castigados en el Código español- y, a partir de esa convicción personal, pidió pena de cárcel y elevadas cantidades en concepto de perjuicios morales (nada menos que 750.000 euros). García García-Sotoca, en lugar de despachar con una faena de aliño una querella de tanto calado, se puso el mono de trabajo, se armó de paciencia, escuchó a todas las partes y entró en el fondo de la cuestión: qué dijeron los periodistas, qué pruebas efectuaron antes de difundirlo, qué argumentó el Ministerio Fiscal y, además, cómo se pactó el alquiler de la vivienda y cómo trató la Autoridad Portuaria a la empresa de Javier Esquível. Lejos de utilizar la venda con que se representa a la Justicia para excusarse en una cómoda ceguera, o de dejarse deslumbrar por el brillo del cargo del querellante, el juez bajó al terreno: se leyó el contrato de alquiler, lo comparó con lo que es práctica normal en una relación arrendaticia, examinó las actas del Consejo de Administración de la Autoridad Portuaria... en fin, diseccionó milimétricamente todo el conflicto.
¿Y qué es lo que resulta después de ese análisis en profundidad? Que no sólo no había motivo para la querella, sino que mantenerla fue «temerario» y que, en todo caso, donde hay situaciones «irregulares» es en la relación entre el arrendador (Esquível) y el arrendatario (Soria y su esposa). En consecuencia, los querellados son absueltos y el querellante es condenado a pagar las costas.
Llegado a este punto, me gustaría pensar que las partes en conflicto han aprendido la lección. Pero, a fuerza de ser sinceros, sólo lo espero de uno de los tres protagonistas del juicio; en cuanto al querellante, no albergo mayores esperanzas de que entre en razones, pues, desde un primer momento, se ha guiado por las pasiones y ha multiplicado los errores, como en tantos otros casos judiciales que ha protagonizado en los últimos años; y respecto al tercero en discordia, tampoco espero que sepa anteponer la razón a la pasión.